PARTE 2 – LA CASA NUNCA FUE MÍA

Sentí que la sangre me abandonaba el rostro.

Me quedé inmóvil detrás de la puerta.

Maya seguía hablando con aquel tal Ethan sin imaginar que podía escucharla.

—Todavía no —dijo entre risas—. Quiero esperar un poco más.

Hizo una pausa.

—No, no me da miedo. Solo quiero que Noah se adapte primero.

Mi corazón empezó a latir con fuerza.

¿Adaptarse a qué?

Después escuché otra frase.

—Cuando todo esté listo, nos iremos.

No esperé más.

Empujé la puerta.

Maya levantó la vista, sorprendida.

No parecía culpable.

Solo tranquila.

—Te llamo después, Ethan.

Colgó con calma y dejó el teléfono sobre la mesa.

—¿Quién es Ethan?

Ella me sostuvo la mirada.

—Un amigo.

Solté una carcajada.

—¿De verdad esperas que crea eso?

—No necesito que creas nada.

—Acabo de escucharte decir que la casa ya no es mía.

Maya respiró hondo.

—Porque nunca lo fue del todo.

Me crucé de brazos.

—La compré yo.

Ella negó lentamente.

—No.

—La compramos cuando estábamos casados.

—La hipoteca salió de una cuenta conjunta.

—Y durante doce años las mensualidades se pagaron principalmente con mi salario.

Sentí una punzada de irritación.

—Yo pagaba muchas otras cosas.

Maya sonrió con tristeza.

—¿Como cuáles?

Abrí la boca.

No encontré una respuesta inmediata.

Ella continuó.

—Aquí tengo todos los estados de cuenta.

Abrió una carpeta azul.

Reconocí inmediatamente aquellos documentos.

Nunca imaginé que los hubiera conservado.

Sacó una hoja tras otra.

—Hipoteca.

—Predial.

—Seguro de la vivienda.

—Reparaciones.

—Mantenimiento.

Todo aparecía pagado desde su cuenta.

—Eso no demuestra nada.

Maya levantó otra carpeta.

—También están tus movimientos bancarios.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo los conseguiste?

—Porque durante nuestro matrimonio eran cuentas compartidas.

Pasó varias páginas.

Aparecieron restaurantes.

Viajes.

Relojes.

Bares.

Compras que apenas recordaba.

Luego una transferencia mensual.

Siempre al mismo nombre.

Andrea Collins.

Mi estómago se tensó.

—Eso no es asunto tuyo.

—Lo fue durante años.

Guardó silencio unos segundos.

—¿Quién era Andrea?

—Una clienta.

—Durante cinco años.

No respondí.

Ella tampoco insistió.

Solo dejó los papeles sobre la mesa.

—No necesito saber quién fue.

—Ya no cambia nada.

Aquella indiferencia me molestó más que cualquier escena de celos.

—¿Y Ethan?

Ella levantó el teléfono.

—Es arquitecto.

—¿Arquitecto?

—Sí.

—Está remodelando una casa.

—¿Qué casa?

Maya sonrió por primera vez.

Una sonrisa serena.

—La nuestra.

Sentí un vuelco.

—¿Qué significa eso?

—Significa que Noah y yo nos mudaremos dentro de unas semanas.

Me reí.

—No puedes llevarte a mi hijo.

—No voy a llevármelo.

—Seguiremos compartiendo la custodia.

—Pero tú tendrás que vivir en otro lugar.

Aquello ya era demasiado.

—Esta es mi casa.

Maya abrió un sobre.

Sacó una copia del convenio de divorcio.

Señaló una cláusula.

La misma que yo jamás leí completa.

“La vivienda familiar permanecerá bajo uso exclusivo del progenitor custodio mientras el menor resida habitualmente con él.”

Recordé perfectamente aquella audiencia.

Mi abogado había resumido el documento.

“No te preocupes, es un trámite.”

Nunca imaginé las consecuencias.

—Noah vive aquí.

—Por ahora.

—Exactamente.

—Pero el juez también autorizó el cambio de domicilio si mejora sus condiciones de vida.

Mi seguridad comenzó a desmoronarse.

—¿Qué condiciones?

Maya sacó otra carpeta.

Era un contrato.

—Compré una casa hace dos meses.

La miré incrédulo.

—¿Con qué dinero?

—Con el mío.

—No tienes ese dinero.

Ella volvió a sonreír.

—Eso creías.

Saqué el contrato de sus manos.

La dirección pertenecía a una urbanización privada donde las propiedades costaban varios millones.

—Esto es imposible.

—No.

—Solo dejé de gastar mi salario sosteniendo a alguien que nunca valoró nada.

Sentí un vacío en el estómago.

Durante años di por hecho que Maya apenas sobrevivía con lo que ganaba.

Jamás imaginé que hubiera seguido trabajando como consultora financiera desde casa.

Ni que hubiera invertido silenciosamente parte de sus ingresos.

Mi teléfono vibró.

Era mi madre.

Contesté inmediatamente.

—Mamá…

Ella ni siquiera saludó.

—¿Qué hiciste?

—¿De qué hablas?

—Maya vino esta tarde.

Fruncí el ceño.

—¿A qué?

—A despedirse.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué significa eso?

Mi madre comenzó a llorar.

—Nos dijo que ya encontró otra casa.

—Que Noah irá a un colegio más cerca.

—Y que, si queremos ver a nuestro nieto, siempre seremos bienvenidos.

Miré a Maya.

Ella permanecía completamente tranquila.

Mi madre siguió hablando.

—Andrés…

—¿Es verdad que tú nunca pagaste la hipoteca?

Cerré los ojos.

No respondí.

Porque por primera vez en muchos años…

No sabía qué responder.

Cuando colgué, levanté lentamente la vista.

—¿Quién es realmente Ethan?

Maya tomó una fotografía que estaba sobre su escritorio.

En ella aparecía junto a Noah y un hombre de unos cuarenta años.

Los tres reían durante una obra en construcción.

Me entregó la imagen.

—Es el hombre que diseñó la casa donde mi hijo va a crecer.

Respiré con alivio.

Entonces añadió:

—Y también…

Hizo una breve pausa.

—…es el hombre con quien Noah me pidió que saliera.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

—¿Qué?

—Hace tres meses.

—Después de escucharte decirles a tus amigos que seguir viviendo conmigo era “comodidad”.

Bajé lentamente la fotografía.

Recordé perfectamente aquella cena.

No imaginé que Noah estuviera despierto cuando llegué esa noche.

Maya abrió la puerta de la habitación.

—Es tarde.

—Mañana tengo que madrugar.

Comencé a salir.

Pero antes de cerrar la puerta dijo la frase que terminó de destruir la tranquilidad con la que había vivido desde el divorcio.

—Hay algo más que deberías saber.

Me detuve.

—¿Qué?

Ella me miró con una serenidad que jamás le había conocido.

—No fui yo quien pidió el cambio de domicilio de Noah.

Sentí un nudo en la garganta.

—Entonces… ¿quién?

Maya bajó la voz.

—Fue nuestro hijo.

—Y le dijo al juez que quería vivir en un lugar donde su mamá dejara de trabajar para un hombre que ya no la amaba.

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