Camila permaneció inmóvil frente a la pantalla durante casi un minuto.
Los $136,000 pesos no habían desaparecido de una sola vez.
Habían salido poco a poco.
Cinco mil.
Ocho mil.
Doce mil.
Cantidades lo bastante pequeñas para que nadie levantara sospechas, pero suficientes para vaciar lentamente el fondo que ambos habían creado para la boda.
Abrió el historial completo.
Todos los depósitos iban dirigidos a la misma empresa.
Consultoría BRS Capital S.A. de C.V.
Nunca había escuchado ese nombre.
Hizo una captura de pantalla, descargó los comprobantes y los guardó en una memoria USB que llevaba años utilizando para documentos del trabajo.
Después cerró todo exactamente como lo había encontrado.
No quería que Rodrigo sospechara.
No todavía.
Aquella tarde llamó discretamente al banco.
La ejecutiva confirmó que la cuenta era mancomunada y que ambos podían retirar dinero sin autorización del otro.
Camila sintió un vacío en el estómago.
—¿Puede decirme quién recibió esos depósitos?
—Lo siento, señora. Solo podemos proporcionarle esa información mediante una solicitud formal.
Colgó sin insistir.
Sabía perfectamente a quién acudir.
Patricia Beaumont respondió al segundo timbrazo.
—Ya encontraste algo, ¿verdad?
—Desaparecieron ciento treinta y seis mil pesos.
Hubo unos segundos de silencio.
—No los reclames todavía.
—¿Por qué?
—Porque si sabe que descubriste el dinero, esconderá todo lo demás.
Aquella frase la dejó pensando durante horas.
Todo lo demás.
¿Y si realmente existía algo más?
Esa noche Rodrigo llegó con flores.
Un enorme ramo de lirios blancos.
—Perdón por salir tan temprano hoy.
La besó en la frente con una naturalidad que, por primera vez, le produjo rechazo.
—Quería sorprenderte.
Camila sonrió.
—Lo lograste.
Mientras él hablaba sobre clientes, inversiones y reuniones interminables, ella no podía dejar de mirar sus manos.
Las mismas manos que la abrazaban.
Las mismas que firmaban transferencias sacando dinero de la boda.
Las mismas que, apenas veinticuatro horas antes, habían asegurado que ella ya no tenía adónde ir.
—¿Qué pasa? Estás muy callada.
—Solo estoy cansada.
Él le acarició la mejilla.
—Cuando nos casemos ya no tendrás que preocuparte por nada.
Aquella frase le provocó un escalofrío.
Porque por primera vez entendió su verdadero significado.
No era una promesa.
Era un plan.
El jueves siguiente decidió seguirlo.
Pidió el día libre en la oficina y estacionó su automóvil frente al edificio donde Rodrigo trabajaba.
A las once con cincuenta y cinco lo vio salir.
No iba solo.
Vestía un traje gris que Camila nunca le había visto.
Subió a su camioneta y condujo hasta un restaurante elegante de Polanco.
Cinco minutos después apareció una mujer.
Cabello oscuro.
Tacones color vino.
Aproximadamente treinta años.
Rodrigo sonrió apenas la vio.
No era una sonrisa profesional.
Era demasiado cómoda.
Demasiado íntima.
Camila sintió un nudo en la garganta.
La mujer debía ser Brenda.
No entró al restaurante.
Esperó dentro del coche.
Una hora más tarde ambos salieron riendo.
Rodrigo tomó suavemente la espalda de Brenda para ayudarla a bajar un escalón.
Ese pequeño gesto le dolió mucho más que cualquier beso.
Porque era un movimiento automático.
De costumbre.
Como el que antes tenía con ella.
Tomó varias fotografías desde lejos.
No bastaban para demostrar una infidelidad.
Pero sí para confirmar que Rodrigo le había mentido.
Él siempre decía que los jueves almorzaba con inversionistas.
Nunca mencionó a Brenda.
Aquella misma tarde Patricia observó las imágenes.
—No te precipites.
—¿Todavía crees que puede haber una explicación?
Patricia negó lentamente.
—No.
Creo que todavía falta descubrir quién es ella.
Camila respiró hondo.
—¿Cómo?
La mujer sonrió.
Después de treinta años trabajando entre expedientes judiciales había aprendido que casi todas las personas escondían demasiado poco.
—Déjame hacer unas llamadas.
Dos días después Patricia apareció en el departamento de Camila con una carpeta amarilla.
La dejó sobre la mesa.
—Encontré algo curioso.
Dentro había varias impresiones del Registro Público de Comercio.
La empresa que recibía el dinero seguía existiendo.
Pero apenas facturaba.
Tenía solo dos socios.
El primero era un hombre llamado Víctor Barrera.

El segundo…
Camila sintió que la sangre abandonaba su rostro.
Brenda Salgado.
La misma Brenda del calendario.
La misma mujer del restaurante.
—Eso no prueba nada.
—No.
Pero mira esto.
Patricia deslizó otro documento.
La dirección fiscal de la empresa coincidía exactamente con un edificio de departamentos adquirido hacía ocho meses.
—¿Sabes quién firmó el crédito hipotecario?
Camila ya intuía la respuesta.
Patricia señaló el nombre con el dedo.
Rodrigo Salazar.
No como propietario.
Como aval solidario.
Camila levantó lentamente la vista.
—¿Mi dinero…?
Patricia asintió.
—Es posible que haya salido de la cuenta de tu boda para financiar ese departamento.
El mundo comenzó a girar demasiado despacio.
Mientras ella pagaba el vestido.
Las invitaciones.
El anticipo del salón.
Las flores.
Rodrigo ayudaba a otra mujer a comprar un departamento.
No sabía qué dolía más.
El dinero.
La mentira.
O descubrir que probablemente llevaba meses financiando la vida de alguien que ocupaba su lugar.
Aquella noche Rodrigo llegó especialmente cariñoso.
Preparó café.
Pidió comida japonesa.
Incluso comenzó a hablar de los hijos que quería tener después de la boda.
—Creo que dos estaría bien.
Camila sonrió con una serenidad que ya no sentía.
—¿Y si cambiamos la fecha de la boda?
Él dejó los palillos sobre la mesa.
—¿Por qué?
—Solo es una idea.
Rodrigo frunció el ceño.
—No podemos.
Todo está apartado.
Los invitados.
El salón.
La iglesia.
Su reacción fue inmediata.
Demasiado inmediata.
Como si cancelar aquella fecha significara perder algo mucho más importante que una ceremonia.
Camila comprendió entonces que Rodrigo necesitaba casarse exactamente ese día.
La pregunta era…
¿Por qué?
A la mañana siguiente sonó el teléfono.
Era Patricia.
Su voz sonaba distinta.
Más seria.
—Camila…
—¿Qué pasó?
—Anoche seguí investigando a Brenda.
Hubo un largo silencio.
—Encontré algo que cambia completamente esta historia.
Camila apretó el teléfono.
—¿Qué encontraste?
Patricia respiró profundamente antes de responder.
—Brenda no solo aparece como socia de la empresa. También figura desde hace nueve meses como beneficiaria principal de un seguro de vida millonario contratado por Rodrigo… un seguro que debía activarse apenas él se convirtiera en tu esposo.