PARTE 2: LA ESCRITURA ESCONDIDA.

No dormí aquella noche.

Esperé a que Arturo y doña Ofelia se acostaran.

Después abrí nuevamente la carpeta.

Los correos con Lorena ya eran suficientes para pedir el divorcio.

Pero los estados de cuenta escondían algo mucho más grave.

Durante casi dos años habían salido transferencias mensuales hacia una inmobiliaria de Zapopan.

El concepto siempre era el mismo.

“Apartado de vivienda”.

Nunca habíamos comprado otra casa.

Seguí revisando.

Entonces encontré un contrato.

El comprador era Arturo.

La beneficiaria en caso de fallecimiento…

Lorena.

Respiré hondo.

Mientras yo trabajaba horas extras para pagar medicamentos, despensa y las necesidades de ambas madres, mi esposo utilizaba nuestro dinero para construir una vida nueva.

Sin mí.

A la mañana siguiente preparé el desayuno como siempre.

Doña Ofelia apenas levantó la vista.

—El café está frío.

Arturo dobló el periódico.

—Y dile a tu mamá que hoy limpie las ventanas del patio. Están llenas de polvo.

Miré a mi madre.

Intentaba levantarse de la silla pese a que las manos todavía le temblaban.

Me acerqué.

—Mamá, vuelve a tu cuarto.

Arturo dejó la taza sobre la mesa.

—Primero que termine lo que le pedí.

Lo miré fijamente.

Por primera vez en treinta y un años.

—No volverás a darle una sola orden.

Él soltó una risa breve.

—¿Y ahora qué te pasa?

No respondí.

Saqué un sobre del bolso.

Lo dejé sobre la mesa.

—¿Sabes qué es esto?

Arturo lo abrió con desgano.

Su expresión cambió al instante.

Era la oferta formal de compra del terreno que mi padre me había heredado.

—¿Cuatro millones ochocientos mil pesos?

Levantó la vista.

—¿Desde cuándo tienes este terreno?

—Desde hace once años.

Doña Ofelia casi dejó caer la cuchara.

—¿Y nunca dijiste nada?

Sonreí con tranquilidad.

—Porque mi padre me enseñó que algunas cosas deben permanecer lejos de quienes solo saben aprovecharse de los demás.

Arturo intentó recuperar la calma.

—Ese dinero nos vendría muy bien para arreglar nuestras finanzas.

Negué lentamente.

—No existen “nuestras” finanzas desde hace mucho tiempo.

Entonces puse otra carpeta frente a él.

Esta vez era más gruesa.

Dentro estaban las copias de sus transferencias, los pagos de hoteles, las fotografías con Lorena y el contrato de la casa que llevaba dos años comprando en secreto.

El silencio fue absoluto.

Doña Ofelia comenzó a ponerse nerviosa.

—Arturo… ¿qué significa todo eso?

Él intentó cerrar la carpeta.

—No tienes derecho a revisar mis cosas.

—Tampoco tú tenías derecho a usar el dinero del matrimonio para preparar mi reemplazo.

Mi teléfono sonó.

Era la abogada.

Contesté en altavoz.

—Teresa, el juez acaba de autorizar las medidas precautorias. También logramos congelar las cuentas conjuntas hasta que termine el procedimiento.

Arturo se levantó de golpe.

—¡¿Qué hiciste?!

Mi abogada continuó.

—Y ya inscribimos la solicitud para impedir que el señor venda, hipoteque o transfiera cualquier bien durante el divorcio.

Arturo quedó inmóvil.

Por primera vez parecía asustado.

Pero aún no sabía lo peor.

Porque mientras él miraba desesperado los documentos sobre la mesa, mi madre salió lentamente de su habitación con una pequeña caja de madera entre las manos.

La colocó delante de mí.

—Hija… ya es momento.

La abrí con cuidado.

Dentro había una carta escrita por mi padre pocos días antes de morir… y el documento original que demostraba que la casa donde Arturo llevaba treinta y un años sintiéndose dueño jamás había estado únicamente a nuestro nombre.

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