A las ocho de la mañana, la sala del consejo estaba llena.
Directivos.
Jefes de servicio.
Abogados.
Mi padre seguía hospitalizado después de su último infarto, así que aquella reunión decidiría quién dirigiría el Hospital Salazar.
Mauricio entró con una seguridad que me resultó inquietante.
Ximena todavía permanecía en terapia intensiva.
Pero él ya estaba allí.
Sonriendo.
—Señores consejeros —dijo mientras colocaba una memoria USB sobre la mesa—. Antes de votar, todos deberían escuchar esto.
Las luces se apagaron.
Una grabación comenzó a reproducirse.
Era mi voz.
“No sé cuánto más voy a soportar…”
Después otra frase.
“A veces quisiera desaparecer…”
Varios consejeros comenzaron a mirarme con preocupación.
Mauricio cruzó los brazos.
—La doctora Salazar lleva meses emocionalmente inestable. Considero que no está en condiciones de dirigir este hospital.
Esperó que yo negara todo.
No lo hice.
Levanté lentamente la mano.
—Quisiera hacer una sola pregunta.
La presidenta del consejo asintió.
Miré directamente a Mauricio.
—¿Cuándo grabaste esa conversación?
Él sonrió.
—No importa.
—Sí importa.
Mi abogado, Diego Mendoza, se puso de pie.
—Porque esa conversación ocurrió dentro del despacho privado de la doctora Valeria Salazar.
Sacó un plano del hospital.
—Y en ese despacho no existen sistemas oficiales de grabación.
El silencio comenzó a extenderse por la sala.
Diego continuó.
—Así que solo hay dos posibilidades.
Miró fijamente a Mauricio.
—O usted instaló un dispositivo de espionaje ilegal…
Hizo una pausa.
—…o alguien lo hizo por usted.
La sonrisa de Mauricio desapareció.

Teresa, la jefa de enfermería, entró en ese momento con una pequeña bolsa transparente.
Dentro había un diminuto micrófono.
—Lo encontramos esta madrugada detrás del librero de la oficina de la doctora.
Todos los consejeros se inclinaron para observarlo.
Diego tomó nuevamente la palabra.
—Ya fue entregado a peritos.
También solicitamos el análisis de huellas y registros de compra.
Mauricio respiraba cada vez más rápido.
—Eso no demuestra nada.
—Todavía no.
Respondió Diego.
—Pero sí demuestra que la grabación que intenta utilizar fue obtenida mediante un posible delito.
La presidenta del consejo cerró lentamente la carpeta.
—Señor Cárdenas… ¿cómo llegó ese audio a sus manos?
Él no respondió.
En ese instante sonó mi teléfono.
Era la médica responsable de terapia intensiva.
Contesté en altavoz.
—Doctora Salazar… la paciente Ximena acaba de despertar.
Mauricio dio un paso hacia el teléfono.
—¡Quiero hablar con ella!
La doctora continuó.
—Dice que necesita declarar inmediatamente… porque ya no quiere seguir mintiendo.
El aire pareció desaparecer de la sala.
Mi abogado levantó la vista.
—¿Mentir sobre qué?
La respuesta llegó unos segundos después.
—Afirma que el accidente nunca fue un accidente… y que ella aceptó participar en un plan para provocar el divorcio de la doctora Salazar y ayudar al señor Cárdenas a quedarse con el control del hospital.
Mauricio dejó caer la memoria USB sobre la mesa.
Por primera vez comprendió que la grabación con la que pretendía destruirme acababa de convertirse en la prueba que abriría una investigación mucho más grande.
Porque si alguien había instalado un micrófono en mi despacho, también podía haber grabado todas las reuniones secretas donde se planeó el verdadero golpe contra el Hospital Salazar.