Esa noche no discutí más.
Subí al cuarto, recogí la ropa que todavía podía salvarse y la doblé en silencio.
Renata seguía sentada en mi cama.
Ni siquiera intentó esconder la sonrisa.
—¿Ya ves? Siempre haces un escándalo por todo.
La ignoré.
Mi papá apareció en la puerta.
—Mañana quiero que le pidas perdón a tu hermana.
Levanté la vista.
—¿También tengo que pedirle perdón por romper mi ropa?
—No la rompió a propósito.
Señalé el vestido azul.
—¿Y el cierre arrancado?
Silencio.
—¿La blusa llena de maquillaje?
Silencio otra vez.
—¿La falda cortada?
Mi papá suspiró con fastidio.
—Son cosas materiales.
Sentí un nudo en la garganta.
—La abuela me regaló ese vestido antes de morir.
Por un instante pensé que iba a reaccionar.
No lo hizo.
—Ya basta, Mariana.
Cerró la puerta y se fue.
Aquella fue la primera vez que entendí que ya no estaba peleando por una habitación.
Estaba peleando por un padre que había dejado de verme.
Dormí otra vez en el colchón inflable.
A las tres de la mañana me despertó la risa de Renata.
Hablaba por videollamada.
—Sí, ya es mío.
Miré hacia la cama.
Ella estaba enseñando el cuarto.
—Hasta el clóset me lo dejó.
Sentí rabia.
Pero seguí en silencio.
A la mañana siguiente fui a la escuela sin desayunar.
Cuando regresé encontré algo todavía peor.
La cerradura de mi habitación había sido cambiada.
Renata abrió la puerta desde adentro.
Llevaba puesta mi sudadera favorita.
—Ahora necesito privacidad.
—Ese sigue siendo mi cuarto.
Ella levantó un juego de llaves.
—Papá me las dio.
Sentí que el pecho me ardía.
Bajé corriendo las escaleras.
—¿Le diste llaves de mi habitación?
Mi papá estaba leyendo el periódico.
Ni siquiera levantó la vista.
—Ahora ella vive ahí.
—También vivo yo.
—Tú puedes guardar tus cosas en el cuarto de visitas.
—¡Pero ese cuarto está lleno de cajas!
Él dejó el periódico sobre la mesa.
—Ya estoy cansado de tus celos.
En ese momento sonó el timbre.
Era don Ernesto.
El vecino de al lado.
Un señor de setenta años que conocía a mi familia desde antes de que yo naciera.
Traía una caja de cartón.
—Disculpen que moleste.
Mi papá sonrió.
—Pase, don Ernesto.
El anciano dejó la caja sobre la mesa.
—Encontré esto en mi jardín.
Renata palideció.
Dentro de la caja estaban mis vestidos.
La blusa blanca.
La falda negra.
Y el vestido azul.
Todos tenían tierra y hojas secas.
Don Ernesto los miró confundido.
—Anoche vi a alguien aventándolos por encima de la barda.
Pensé que se los habían robado.
Mi papá giró lentamente hacia Renata.
—¿Qué significa esto?
Ella tardó varios segundos en responder.
—No… no sé cómo llegaron ahí.

Don Ernesto negó con la cabeza.
—Sí lo sabe.
Saqué mi teléfono.
—Porque la cámara de la casa del vecino también apunta hacia esa barda.
Renata dejó de respirar.
Yo levanté el celular.
—Camila vive enfrente.
Cuando le conté lo que pasó, le pidió a su papá que guardara la grabación.
Mi papá me miró sorprendido.
—¿Qué grabación?
Abrí el video.
La imagen mostraba claramente a Renata saliendo al patio a las once y cuarenta y siete de la noche.
Llevaba una bolsa negra.
La abrió.
Sacó uno por uno mis vestidos.
Y los lanzó por encima de la barda antes de regresar a la casa como si nada hubiera ocurrido.
La sonrisa desapareció de su rostro.
—Yo…
Mi papá seguía mirando la pantalla.
No hablaba.
No podía.
Porque por primera vez tenía una prueba que no podía justificar.
Pero el video todavía no terminaba.
En los últimos segundos aparecía él mismo.
Entraba al patio.
Veía la bolsa vacía.
Miraba los vestidos tirados del otro lado de la barda.
Y, en lugar de recogerlos, apagaba la luz y volvía a entrar a la casa.
Sentí que el aire desaparecía.
Él lo había visto.
Lo supo desde la noche anterior.
Y decidió no decirme nada.
Mi papá dejó caer lentamente el teléfono sobre la mesa.
No encontró ninguna explicación.
Entonces el celular de Renata vibró.
Un mensaje apareció iluminando la pantalla.
Yo solo alcancé a leer las primeras palabras antes de que intentara esconderlo.
“¿Ya lograste que tu papá la saque de la casa?”
Y debajo del mensaje había una respuesta escrita por ella apenas unos minutos antes.
“Casi. Solo falta que firme unos papeles.”