Parte 2: LA MUJER QUE NUNCA MURIÓ

El silencio dentro de la pequeña casa duró varios segundos.

Mateo volvió a leer el acta de defunción.

Algo no cuadraba.

El sello oficial estaba ligeramente inclinado.

La firma parecía una copia.

Y el número de expediente tenía un formato distinto al de otros documentos emitidos ese mismo año.

—¿Quién hizo todos estos trámites? —preguntó.

Doña Carmen respiró hondo.

—Rogelio.

—Él llegó diciendo que Lucía había muerto en un accidente.

—Traía el acta, las cenizas… y dijo que el ataúd no podía abrirse porque el cuerpo había quedado irreconocible.

Mateo sintió un escalofrío.

—¿Y nadie confirmó nada?

La anciana negó lentamente.

—Confiábamos en él.

Emiliano bajó la mirada.

—Papá lloraba…

—Pero una noche pensé que estaba hablando con mamá por teléfono.

Los dos adultos giraron hacia el niño.

—¿Qué dijiste?

—Lo escuché.

—Decía: “Todo saldrá bien si nadie descubre dónde estás”.

Doña Carmen comenzó a temblar.

—¿Por qué nunca me lo contaste?

Emiliano apretó los labios.

—Porque después papá me vio despierto.

—Y me dijo que si repetía una sola palabra… tú desaparecerías igual que mamá.

Mateo ya no tenía dudas.

Aquello nunca había sido un accidente.

Sacó inmediatamente su teléfono.

—Voy a llamar a la policía.

Doña Carmen lo detuvo.

—Ya fui muchas veces.

—Nunca hicieron nada.

Mateo negó con firmeza.

—Entonces iremos a otra unidad.

Una hora después estaban en la Fiscalía Especializada de Querétaro.

El agente de guardia escuchó toda la historia sin interrumpir.

Cuando Mateo puso sobre el escritorio el acta de defunción y la respuesta de la policía carretera, el hombre frunció el ceño.

—Espérenme un momento.

Entró en otra oficina.

Regresó diez minutos después acompañado por una comandante.

La mujer tomó los documentos.

Observó especialmente la fecha del supuesto accidente.

Luego abrió la base de datos nacional.

Tecleó durante varios minutos.

Su expresión cambió por completo.

—Aquí hay algo muy extraño.

Giró la pantalla hacia ellos.

—Ese número de certificado de defunción…

Hizo una pausa.

—Pertenece a otra mujer.

Doña Carmen sintió que las piernas dejaban de responderle.

Mateo la sostuvo antes de que cayera.

—¿Qué significa eso?

La comandante respiró profundamente.

—Significa que alguien utilizó un documento oficial para declarar muerta a una persona que probablemente nunca falleció.

El despacho quedó en silencio.

La comandante llamó inmediatamente a un investigador de delitos especiales.

En menos de veinte minutos ya estaban revisando todo el expediente.

Uno de ellos encontró otro detalle.

—No existe registro del funeral.

Otro añadió:

—La funeraria que aparece en el acta cerró hace cinco años.

La dirección tampoco coincide.

Mateo sintió que la investigación acababa de cambiar por completo.

Ya no buscaban un error administrativo.

Buscaban a una mujer desaparecida.

Y al principal sospechoso.

Rogelio.


Esa misma tarde, la policía obtuvo la última ubicación conocida del teléfono del hombre.

Había abandonado Querétaro casi tres años atrás.

Desde entonces utilizaba distintos nombres.

También descubrieron algo más.

Rogelio había cobrado durante todo ese tiempo un importante seguro de vida a nombre de Lucía.

Además había vendido la casa donde vivían como matrimonio.

Todo legalmente.

Porque para el Estado…

Lucía estaba muerta.

La comandante cerró la carpeta.

—Esto ya no es solo una desaparición.

—Hay fraude.

—Falsificación de documentos.

—Y posiblemente secuestro.

Doña Carmen rompió a llorar por primera vez.

—Entonces…

—¿Mi hija puede seguir viva?

La comandante no quiso crear falsas esperanzas.

—No lo sabemos.

—Pero sí sabemos que nunca debieron cerrar este caso.

En ese momento sonó el teléfono de uno de los investigadores.

Escuchó apenas unos segundos.

Después levantó lentamente la vista.

—Acaban de localizar la camioneta que Rogelio utilizaba hace tres años.

Todos contuvieron la respiración.

—¿Dónde estaba?

El investigador tragó saliva.

—Abandonada dentro de una vieja bodega.

—Pero eso no es lo importante.

Miró directamente a Doña Carmen.

—En el asiento trasero encontraron una pulsera infantil.

Emiliano abrió los ojos.

—¿Una pulsera?

El policía sacó una fotografía.

El niño apenas la vio comenzó a llorar.

—Es mía…

—Mamá me la puso el día antes de desaparecer.

La comandante tomó inmediatamente la imagen.

Entonces señaló algo que nadie había notado.

Junto a la pulsera había una pequeña fotografía parcialmente quemada.

Solo se alcanzaba a distinguir el rostro de una mujer.

Doña Carmen acercó las manos temblando a la pantalla.

Y susurró con la voz completamente rota:

Es Lucía…

Y esa fotografía fue tomada mucho después del día en que todos dijeron que había muerto.

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