Parte 2: LA SÉPTIMA VÍCTIMA

Seis meses después, Alejandro Salazar estaba comprometido con Rebeca Alcántara.

La mujer que fingió lesionarse frente a su camioneta había entrado en su vida con una precisión casi perfecta.

Primero aceptó únicamente el dinero para reemplazar sus zapatos.

Después lo llamó para devolverle una parte, diciendo que no se sentía cómoda recibiendo tanto.

Alejandro interpretó aquel gesto como honestidad.

No sabía que Rebeca había calculado la cantidad exacta que debía regresar para parecer diferente de las mujeres interesadas que él había conocido.

Durante las semanas siguientes, ella aprendió todo sobre él.

Qué vino prefería.

Qué recuerdos lo hacían vulnerable.

Qué empleados le inspiraban confianza.

Qué contraseña utilizaba para sus dispositivos.

Incluso fingió adorar a Barón, aunque el gato se escondía debajo del sofá cada vez que la veía.

Alejandro confundió aquella actuación con amor.

Lucía, en cambio, desapareció de su vida sin reclamar nada.

Él intentó escribirle semanas después para disculparse por la cena.

Ella respondió una sola vez:

—No te preocupes. Aprendí que las acciones de una persona explican mucho mejor sus prioridades que sus excusas.

Alejandro sintió vergüenza.

Pero Rebeca apareció esa misma noche con una cena casera y una historia triste sobre cómo su último novio la había abandonado.

La culpa desapareció.


Una semana antes de la boda, Alejandro recibió un sobre sin remitente.

Dentro había seis fotografías.

Seis hombres distintos.

Todos adinerados.

Todos aparecían junto a Rebeca.

En la última hoja había una frase:

“Pregúntale qué ocurrió con los otros seis prometidos.”

Alejandro pensó que se trataba de una venganza.

Cuando enfrentó a Rebeca, ella rompió a llorar.

—Son antiguos clientes de una empresa para la que trabajé.

—Alguien quiere arruinar nuestra boda.

Se encerró en el baño durante una hora.

Al salir, tenía los ojos rojos y una maleta preparada.

—Sabía que nunca confiarías en una mujer como yo.

Alejandro terminó arrodillado, pidiéndole que no se marchara.

Aquella noche decidió demostrarle que confiaba en ella.

A la mañana siguiente le transfirió la propiedad de la casa donde vivirían después de casarse.

Rebeca sonrió mientras firmaba.

Pero Barón volvió a esconderse.


Alejandro no olvidó completamente las fotografías.

Contrató a una investigadora privada sin informarle a nadie.

El informe llegó tres días antes de la ceremonia.

Los seis hombres existían.

Cinco habían perdido grandes cantidades de dinero después de mantener una relación con Rebeca.

El sexto había muerto al caer desde el balcón de un hotel en Puerto Vallarta.

La policía clasificó el caso como accidente.

Sin embargo, una cámara mostraba a Rebeca abandonando el hotel treinta minutos antes de que encontraran el cuerpo.

Aquella noche Alejandro permaneció despierto hasta el amanecer.

Recordó a Lucía pagando una botella de agua sin esperar nada.

Después pensó en Rebeca, entrando en su vida mediante una caída preparada.

Por primera vez comprendió que quizá había elegido a una mujer basándose exactamente en la mentira que quería escuchar.

Pero todavía necesitaba pruebas.

Por eso decidió probarla.


A la mañana siguiente se vistió con ropa vieja comprada en un mercado.

Ensució sus zapatos.

Se dejó crecer la barba varios días y cubrió parcialmente el rostro con una gorra.

Después se dirigió a la casa que había transferido a nombre de Rebeca.

Ella organizaba una reunión benéfica para alimentar a familias necesitadas.

Las redes sociales estaban llenas de fotografías suyas entregando despensas.

Alejandro llamó a la puerta trasera.

Rebeca apareció acompañada por su asistente.

—Señora —dijo él, alterando la voz—, no he comido desde ayer.

Ella lo observó con asco.

—La entrega terminó.

—Solo necesito un poco de pan.

—Aquí no damos comida a gente como tú.

Alejandro bajó la cabeza.

—Pero vi las cajas.

Rebeca miró alrededor para asegurarse de que no hubiera cámaras.

Después se acercó.

—Esas cajas son para las fotografías. Si regaláramos todo, no quedaría nada para vender.

Su asistente soltó una risa.

—Además, ensucias la entrada.

Rebeca cerró la puerta.

Alejandro permaneció inmóvil.

No sintió dolor.

Sintió claridad.

La mujer que había conquistado a miles de seguidores fingiendo ayudar a los necesitados acababa de rechazar un pedazo de pan frente a una cocina llena de comida donada.

Se dirigió hacia el costado de la casa.

Una ventana del despacho estaba abierta.

Desde allí escuchó voces.

Sacó el teléfono y comenzó a grabar.


—¿Ya modificó el testamento? —preguntó la asistente.

—Mañana firmará la última página —respondió Rebeca—. Después de la boda, todo será más sencillo.

—¿Y si descubre lo de Puerto Vallarta?

—No lo descubrirá.

—Los otros tampoco descubrieron nada hasta que fue demasiado tarde.

Alejandro dejó de respirar.

La asistente bajó la voz.

—Con cinco funcionó. Pero con Esteban casi terminamos en prisión.

—Esteban se puso nervioso.

—No debió amenazarme.

—¿Lo empujaste?

Hubo un silencio.

Después Rebeca rio suavemente.

—Digamos que perdió el equilibrio.

Alejandro apretó el teléfono.

La grabación continuaba.

—Alejandro no es como los demás —dijo la asistente—. Tiene seguridad privada y conoce gente poderosa.

—También está enamorado.

Rebeca abrió una botella.

—Los hombres enamorados siempre creen que están tomando sus propias decisiones.

—¿Y cuándo planeas hacerlo?

—Durante la luna de miel.

—Una caída en las montañas. Un viudo rico, una esposa devastada y una empresa que queda temporalmente bajo mi control.

La asistente guardó silencio.

—¿Y luego?

Rebeca respondió con una tranquilidad que le heló la sangre:

—Luego buscaremos al octavo.

Alejandro detuvo la grabación.

Ya no necesitaba escuchar más.

Pero antes de marcharse, la asistente hizo una última pregunta.

—¿Qué harás con Lucía Moreno?

Alejandro se quedó inmóvil.

—¿Qué tiene que ver ella?

—Fue la primera mujer que lo conoció.

—Y lleva semanas investigando el accidente de Esteban.

Rebeca dejó la copa sobre el escritorio.

—Por eso será la séptima víctima.

El aire desapareció de los pulmones de Alejandro.

Las seis fotografías del sobre no representaban únicamente a hombres seducidos.

Lucía estaba en peligro.


Alejandro regresó a su camioneta y llamó a su jefa de seguridad.

—Cancela todos los accesos de Rebeca.

—Señor, la propiedad está a su nombre.

—Entonces congela las cuentas relacionadas y envía la grabación a la Fiscalía.

Después marcó el número de Lucía.

La llamada entró directamente al buzón.

Volvió a intentarlo.

Nada.

Condujo hasta el museo.

La recepcionista le informó que Lucía no se había presentado a trabajar.

—¿Avisó que faltaría?

—No.

—Eso nunca ocurre.

Alejandro sintió cómo el miedo le cerraba la garganta.

Fue al departamento donde ella vivía.

La puerta estaba entreabierta.

Canela maullaba desde el interior.

Había un plato roto en el suelo y la bolsa de Lucía seguía sobre una silla.

Su teléfono estaba junto a la ventana.

La pantalla mostraba un mensaje recibido una hora antes:

“Tenemos información sobre los otros seis hombres. Ven sola.”

Alejandro corrió hacia el pasillo.

En ese instante recibió una videollamada de Rebeca.

Contestó.

Ella ya no fingía dulzura.

Detrás de su rostro se veía una habitación oscura.

Y en una silla, con las manos atadas, estaba Lucía.

—Te dije que no confiaras en desconocidos —susurró Rebeca.

Alejandro apretó el teléfono.

—Déjala ir.

Rebeca sonrió.

—Entrega la grabación y firma el testamento.

—Después hablaremos.

La cámara se movió.

Durante un segundo mostró una pared cubierta con fotografías de los seis hombres.

Debajo de cada retrato había una fecha.

El último espacio estaba vacío.

Excepto por un nombre escrito en rojo:

Alejandro Salazar.

Entonces Lucía levantó la cabeza y gritó:

—¡No vengas! ¡La casa tiene explosivos!

La transmisión se cortó.

Alejandro miró la última ubicación enviada por el teléfono.

Era una antigua finca a las afueras de Guadalajara.

La misma propiedad donde, años atrás, había muerto el sexto prometido.

Y donde Rebeca esperaba convertirlo en el séptimo.

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