Mi madre y Daniela subieron corriendo las escaleras.
Escuchaba cómo abrían cajones, cerraban maletas y gritaban que yo estaba destruyendo a la familia.
No las seguí.
Me arrodillé frente a Mariana.
Por primera vez en mucho tiempo, ella no podía sostenerme la mirada.
—¿Qué quisiste decir con que esto no empezó hoy?
Sus labios comenzaron a temblar.
—Javier… hay cosas que nunca te conté.
Mateo seguía abrazado a mi cuello.
No dejaba de llorar.
Lo llevé a su habitación y esperé a que se calmara.
Cuando regresé, Mariana sostenía una pequeña caja de madera.
La dejó sobre la mesa.
—Ábrela.
Dentro encontré fotografías.
Había imágenes de moretones en sus brazos, en la espalda y en las piernas.
Cada una tenía fecha.
Dos años.
Un año y medio.
Once meses.
Seis meses.
La más reciente era de apenas cuatro días antes.
Sentí que me faltaba el aire.
Debajo apareció una libreta.
En cada página Mariana había anotado lo ocurrido.
“Doña Elena me empujó contra la pared. Javier estaba en Monterrey.”
“Daniela escondió la medicina de Mateo y dijo que era para que aprendiera a obedecer.”
“Hoy me quitaron el teléfono durante ocho horas.”
Las páginas continuaban.

Una tras otra.
Todas terminaban igual.
“No se lo dije a Javier. No quiero que pierda a su familia por mi culpa.”
Cerré la libreta lentamente.
No sabía qué dolía más.
La violencia.
O el hecho de que ella hubiera soportado todo para protegerme.
En ese momento mi teléfono vibró.
Era una alerta automática de las cámaras.
Movimiento en el despacho.
Abrí la aplicación.
Mi madre no estaba haciendo maletas.
Había entrado directamente a mi oficina.
Daniela vigilaba la puerta.
Las vi abrir el cajón donde guardaba documentos.
Después sacar una carpeta azul.
Fruncí el ceño.
—¿Qué buscan?
Mariana palideció al ver la pantalla.
—La carpeta de las acciones…
Subí las escaleras sin hacer ruido.
Las encontré rebuscando desesperadamente.
Mi madre tenía varios documentos en la mano.
Al verme, intentó sonreír.
—Solo estaba acomodando.
Le arrebaté la carpeta.
Dentro faltaban varias hojas.
Entre ellas, los títulos de participación de mi empresa y un poder notarial que yo jamás recordaba haber firmado.
Miré a Daniela.
—¿Quién les dijo que buscaran aquí?
Ninguna respondió.
Entonces sonó el teléfono de mi hermana.
La pantalla se iluminó.
“Lic. Serrano”.
El mismo abogado que había preparado la compra de mi empresa semanas atrás.
Contestó por accidente al intentar ocultarlo.
La llamada quedó en altavoz.
—¿Ya encontraron el poder? —preguntó una voz masculina—. Sin esa hoja no podremos registrar el cambio de administrador antes de que Javier regrese de España.
Nadie habló.
El abogado volvió a insistir.
—¿Daniela? ¿Me escuchas?
Le quité lentamente el teléfono de las manos.
—Sí.
Respondí con absoluta calma.
—Javier ya regresó.
Del otro lado se hizo un silencio total.
Entonces comprendí que la humillación contra Mariana nunca había sido el verdadero objetivo.
Solo necesitaban mantenerme distraído el tiempo suficiente para quedarse legalmente con la empresa que ella y yo habíamos construido juntos.