Alejandro no tomó el vaso.
Lo sostuvo durante varios segundos sin apartar la vista de Lucía.
La joven respiraba con dificultad.
Sabía que una sola palabra equivocada podía costarle el trabajo.
Regina fue la primera en romper el silencio.
—¿De verdad vas a creerle a una empleada que lleva tres semanas aquí?
Alejandro no respondió.
Acercó lentamente el vaso a su nariz.
Al principio solo percibió el olor dulce del atole.
Después llegó otro aroma.
Amargo.
Metálico.
Completamente fuera de lugar.
Frunció el ceño.
—¿Qué es esto?
Regina cruzó los brazos.
—Tal vez algún medicamento.
Lucía negó inmediatamente.
—No, señor.
La vi sacar una botellita del bolsillo de su bata.
Contó exactamente cinco gotas.
Después escondió el frasco en el bote de basura.
Alejandro tomó el frasco que Lucía había encontrado.
La etiqueta estaba rota.
Pero aún podían distinguirse varias letras.
“…HALOPER…”
Su corazón comenzó a acelerarse.
Conocía ese nombre.
No porque fuera médico.
Sino porque su hermano menor había recibido ese medicamento años atrás durante una crisis psiquiátrica.
Miró a Regina.
—¿Por qué había esto en la cocina?
Ella mantuvo la calma.
—No tengo idea.
Quizá Lucía lo puso ahí.
Lucía dio un paso atrás.
—¡Yo jamás haría daño al niño!
Emiliano seguía abrazándose el estómago.
—Papá…
Por favor…
No me lleves a esa clínica.
Alejandro bajó lentamente la orden de internamiento.
Por primera vez dudó.
Veinte minutos después llegó el doctor Esteban Salgado.
No era el pediatra habitual.
Era toxicólogo.
Había trabajado con Alejandro en un proyecto benéfico para hospitales infantiles.
Observó el vaso.
Después el frasco.
Y finalmente al niño.
—Necesito una muestra del contenido.
Regina intentó intervenir.
—Doctor, creo que todo esto es una exageración…
Él levantó una mano.
—Permítame trabajar.
Tomó unas gotas del atole.
Las colocó en un pequeño reactivo portátil.
Esperaron menos de un minuto.
El color cambió inmediatamente.
El médico levantó la vista.
Su expresión ya no dejaba lugar a dudas.
—Aquí hay un medicamento antipsicótico.
En una concentración que jamás debería administrarse sin supervisión médica.
El silencio cayó como una losa.
Alejandro sintió que las piernas le temblaban.
Volvió lentamente la cabeza hacia Regina.
Ella seguía inmóvil.
Pero el color había desaparecido de su rostro.
—Eso no prueba que yo…
No alcanzó a terminar.
El doctor continuó hablando.
—Este medicamento puede provocar somnolencia, confusión, alteraciones sensoriales y la sensación de movimientos internos en algunos pacientes.
Alejandro miró inmediatamente a Emiliano.
“¡Se está moviendo dentro de mi estómago!”
Recordó exactamente aquellas palabras.
No era imaginación.
El niño realmente estaba sintiendo algo.
Solo que alguien había provocado esos síntomas.
Alejandro rompió la orden de internamiento en cuatro pedazos.
Después en ocho.

Los dejó caer sobre el piso.
Emiliano comenzó a llorar.
Esta vez de alivio.
Corrió como pudo hacia su padre.
Alejandro lo abrazó con cuidado para no lastimarlo.
—Perdóname…
Debí escucharte desde el principio.
El niño escondió el rostro contra su pecho.
—Te dije la verdad.
—Lo sé.
Lo sé, hijo.
Regina retrocedió lentamente.
—Alejandro…
Escúchame.
Todo tiene una explicación.
Él la miró como nunca antes.
Sin amor.
Sin confianza.
Solo con una pregunta.
—¿Cuántas veces?
Ella parpadeó.
—¿Qué?
—¿Cuántas veces le diste esas gotas?
No respondió.
El silencio fue suficiente.
Alejandro tomó el teléfono.
Marcó un número.
—Comandante Ruiz.
Necesito que venga inmediatamente a mi casa.
Creo que intentaron envenenar a mi hijo.
Regina abrió los ojos.
—¡¿Llamaste a la policía?!
—Sí.
Ella dio un paso hacia la puerta.
Pero dos guardias de seguridad de la propiedad ya habían entrado después de escuchar la discusión.
Alejandro habló sin levantar la voz.
—Nadie sale de esta casa.
Mientras esperaban a la policía, Lucía recordó algo.
—Señor…
Hay más.
Todos la miraron.
—Hace tres días escuché a la señora Regina hablando por teléfono.
Dijo que “cuando el niño estuviera oficialmente diagnosticado, todo sería mucho más fácil”.
Alejandro sintió un escalofrío.
—¿Diagnóstico?
Lucía asintió.
—También dijo que después usted ya no discutiría la administración del patrimonio.
Emiliano era el único heredero biológico de toda la fortuna Arriaga.
Si era declarado incapaz por una enfermedad mental grave…
Todo cambiaría.
Alejandro comprendió de golpe que aquello jamás había sido un problema médico.
Era un plan.
Una hora después la policía llegó junto con peritos especializados.
Fotografiaron el vaso.
El frasco.
La cocina.
El bote de basura.
Revisaron las cámaras de seguridad.
Uno de los agentes llamó a Alejandro.
—Señor Arriaga…
Debe ver esto.
En la grabación aparecía Regina preparando el atole exactamente como Lucía había descrito.
Después miraba varias veces hacia el pasillo.
Sacaba el pequeño frasco.
Contaba lentamente.
Una.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco gotas.
Volvía a guardar el frasco.
Y sonreía antes de subir la bebida a la habitación de Emiliano.
La evidencia era irrefutable.
El comandante Ruiz se acercó a Regina.
—Señora…
Necesitamos que nos acompañe.
Ella dejó escapar una sonrisa extrañamente tranquila.
No era la reacción de alguien descubierto.
Era la de alguien que todavía confiaba en un último secreto.
Antes de que los agentes pudieran colocarle las esposas, levantó la cabeza y miró fijamente a Alejandro.
—¿De verdad crees que yo empecé todo esto?
Alejandro frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Regina soltó una risa baja.
Después pronunció una frase que hizo que incluso los policías se quedaran inmóviles.
—Pregúntale quién me entregó ese frasco… porque la persona que quería deshacerse de Emiliano estaba mucho más cerca de ti de lo que jamás imaginaste.