La primera sirena hizo que todos voltearan hacia los enormes ventanales de la mansión.
El aplauso de Teresa murió en el aire.
Sebastián dejó de mirarme a mí para mirar hacia la entrada principal.
Tres camionetas negras y dos patrullas se detuvieron frente al portón al mismo tiempo.
Los invitados comenzaron a murmurar.
—¿Qué está pasando? —preguntó alguien.
Yo seguía en el suelo, abrazando mi vientre mientras el dolor me recorría la espalda.
Mateo volvió a moverse.
Eso fue suficiente para mantenerme consciente.
La puerta principal se abrió de golpe.
Entraron agentes de la Fiscalía Anticorrupción acompañados por auditores federales.
Detrás de ellos caminaba una mujer de traje gris con un portafolio negro.
Sebastián palideció apenas la reconoció.
—¿Licenciada Herrera?
Ella ni siquiera respondió.
Simplemente levantó un documento.
—Grupo Aldama.
—Traemos una orden de cateo y el aseguramiento inmediato de documentos financieros, servidores y equipos electrónicos.
Don Ramiro dio un paso al frente.
—Debe haber un error.
La mujer lo miró con absoluta tranquilidad.
—Durante catorce meses recibimos información interna sobre contratos inflados, empresas fantasma, sobornos y desvío de recursos públicos.
Toda la sala quedó en silencio.
Teresa me señaló desde el otro extremo.
—¡Fue ella!
La licenciada giró lentamente hacia mí.

—Sí.
—Fue la señora Mariana Robles quien decidió colaborar con la investigación.
Las caras de todos cambiaron al mismo tiempo.
Sebastián volvió a mirarme como si jamás hubiera sabido quién era realmente.
—¿Tú…?
Respiré con dificultad.
—Mientras ustedes me humillaban, yo organizaba los archivos que dejaban abiertos.
—Mientras hablaban delante de mí creyendo que era invisible, yo registraba fechas, cuentas y nombres.
La fiscal tomó otro sobre.
—Toda esa información fue verificada.
—Y gracias a ella obtuvimos las autorizaciones judiciales que hoy estamos ejecutando.
Camila dio dos pasos hacia atrás.
Su seguridad desapareció de inmediato.
Uno de los agentes se acercó a Sebastián.
—Señor Aldama, entregue su teléfono.
Él retrocedió.
—Esto es una locura.
—Mi esposa está mintiendo.
Yo sonreí por primera vez desde que había comenzado aquella pesadilla.
—No.
—Lo único que hice fue decir la verdad.
En ese instante sentí una punzada insoportable en el abdomen.
Un líquido tibio recorrió mis piernas.
La doctora invitada al baby shower abrió los ojos de par en par.
—¡Nadie se mueva!
—¡Está entrando en trabajo de parto!