PARTE 2 – EL FANTASMA QUE REGRESÓ POR SU HIJA

Reyes no perdió un solo segundo.

—Tiempo estimado: cuarenta minutos.

Colgué.

Guardé la moneda nuevamente en mi billetera y regresé junto a Lily.

Ella abrió apenas los ojos.

Intentó hablar.

Los alambres en su mandíbula solo permitieron un gemido ahogado.

—No hagas esfuerzo.

Le acaricié el cabello con cuidado.

—Yo me encargo.

Una lágrima descendió lentamente por su mejilla.


Treinta y ocho minutos después, cinco vehículos sin distintivos se detuvieron frente al hospital.

Hombres y mujeres de distintas edades entraron por accesos diferentes.

Ninguno llevaba uniforme.

Pero todos caminaban exactamente igual.

Reyes fue el primero en llegar.

Había envejecido.

Su cabello mostraba más canas.

Su saludo seguía siendo perfecto.

—Coronel.

Negué lentamente con la cabeza.

—Solo Daniel.

Él miró a través del cristal hacia la habitación.

Después observó las radiografías sujetas en la pared.

Su mandíbula se tensó.

—¿Quién hizo esto?

Le entregué el papel con los tres nombres.

No necesitó leerlos dos veces.

—Chen ya está dentro de los servidores de la universidad.

—Brooks revisa movimientos bancarios.

—Kane busca las grabaciones eliminadas.

Asentí.

—Nadie actúa fuera de la ley.

Todos me miraron.

Conocían esa orden.

Era la misma que repetía antes de cada misión.

—La verdad primero.


Dos horas después, Chen apareció con una computadora portátil.

—Encontré las cámaras.

El detective del campus había asegurado que estaban dañadas.

Era mentira.

Las grabaciones fueron borradas exactamente nueve minutos después del ataque.

—¿Quién las eliminó?

Chen amplió la pantalla.

Apareció un usuario con permisos especiales.

No pertenecía a ningún técnico.

Pertenecía al jefe de seguridad de la universidad.

Brooks dejó otra carpeta sobre la mesa.

—Hace seis meses recibió doscientos cincuenta mil dólares de una empresa vinculada a la familia Whitmore.

El rompecabezas comenzaba a tomar forma.


Kane llegó poco antes del amanecer.

Traía una memoria USB.

—No pudieron borrar todo.

Conectó el dispositivo.

La cámara de un estacionamiento cercano había captado parcialmente la agresión.

No mostraba los golpes con claridad.

Pero sí mostraba quiénes estaban allí.

Ethan Cole.

Brandon Hale.

Tyler Whitmore.

Y otros cuatro estudiantes observando sin intervenir.

Después aparecía un guardia de seguridad.

No ayudaba a Lily.

Primero recogía los teléfonos de los agresores.

Luego alejaba a los testigos.

Finalmente llamaba a alguien antes de pedir una ambulancia.

Reyes respiró lentamente.

—Esto ya no es solo una agresión.

—Es un encubrimiento.


A las nueve de la mañana, los tres jóvenes llegaron al campus como si nada hubiera ocurrido.

Rieron.

Entraron en clase.

Incluso saludaron al rector.

Pensaban que todo había terminado.

No sabían que, a esa misma hora, una copia de cada video, transferencia bancaria y registro telefónico ya estaba almacenada en doce servidores distintos.

Si alguien destruía uno…

Once más seguirían existiendo.


Mi teléfono vibró.

Era un mensaje de un número desconocido.

“Deje de investigar.”

Cinco segundos después llegó otro.

“Su hija sobrevivió.”

“Considérelo un regalo.”

Reyes leyó la pantalla.

—Acaban de cometer un error.

—¿Cuál?

Guardó el teléfono en una bolsa para evidencia.

—Ahora también tenemos amenazas.


Antes del mediodía, el detective del campus regresó al hospital.

Su actitud había cambiado.

—Señor Walker…

—Creo que encontramos nuevos elementos.

Lo observé sin responder.

Sabía perfectamente por qué había vuelto.

Todavía ignoraba que ya conocíamos toda la verdad.

Comenzó a hablar sobre “nuevas líneas de investigación”.

Sobre “errores administrativos”.

Sobre “posibles sospechosos”.

Entonces lo interrumpí.

Le deslicé lentamente una carpeta sobre la mesa.

Él la abrió.

Dentro estaban las transferencias.

Los videos.

Las llamadas.

Y una fotografía donde aparecía él estrechando la mano del padre de Ethan Cole la noche anterior al ataque.

El color abandonó inmediatamente su rostro.

—¿De dónde consiguió esto?

No respondí.

Solo pronuncié una frase.

—Mi hija pasó once horas sin poder hablar.

—Ahora le toca a usted empezar a hacerlo.

En ese instante, el teléfono de Reyes sonó.

Escuchó durante unos segundos.

Después levantó lentamente la vista hacia mí.

—Coronel…

Su voz sonó más grave que nunca.

—Acabamos de descubrir algo mucho peor.

—Lily no era el objetivo principal.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

—¿Qué quieres decir?

Reyes colocó una fotografía sobre la mesa.

Era una lista de estudiantes.

El nombre de mi hija aparecía tachado.

Justo debajo había otro nombre.

Y al lado de ese nombre figuraba una recompensa de cinco millones de dólares por mantener el verdadero objetivo en silencio.

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