El acuerdo de divorcio permanecía sobre la mesa mientras escuchaba las risas provenientes de la sala.
Cinco años.
Cinco años intentando convertirme en la esposa que Adrian esperaba.
Cinco años creyendo que el amor podía nacer de la paciencia.
Cinco años bastaron para comprender que había sacrificado mi identidad por un hombre que nunca dejó de mirar hacia el pasado.
Respiré lentamente.
Después tomé la carpeta con los documentos, bajé las escaleras y la coloqué frente a él.
—¿Qué es esto? —preguntó sin apenas levantar la vista.
—Léelo.
Adrian abrió la primera página.
Su expresión permaneció indiferente durante unos segundos.
Después frunció el ceño.
—¿Divorcio?
Serena levantó la cabeza con evidente sorpresa.
—¿Hablan en serio?
—Completamente.
Adrian cerró la carpeta con un golpe seco.
—¿Qué clase de capricho es este?
Sonreí con serenidad.
—No es un capricho. Es una decisión.
Él dejó escapar una risa incrédula.
—¿Porque Serena se quedará unos días?
—No.
—Entonces explícamelo.
Lo miré fijamente.
—Porque por fin entendí que nunca fui la mujer que querías.
El silencio llenó la habitación.
Adrian evitó responder directamente.
—No hagas un drama innecesario.
—No lo estoy haciendo.
Empujé la carpeta un poco más hacia él.
—Solo firma.
Él ni siquiera volvió a mirarla.
—Cuando Serena se marche hablaremos con calma.
Negué despacio.
—Ya no habrá otra conversación.
Subí a mi habitación.
En menos de veinte minutos había terminado de guardar mis pocas pertenencias.
La mayoría de las cosas caras permanecieron donde estaban.
Joyas.
Bolsos.
Ropa.
Nada de eso me pertenecía realmente.
Solo tomé una pequeña caja metálica.
Dentro descansaban mi antigua placa militar, un reloj táctico desgastado y una insignia negra con una espada atravesando una sombra.
BLACK BLADE.
Cinco años atrás había prometido no volver a usarla.
La sostuve unos segundos.
Después la guardé en el bolsillo.
Cuando bajé nuevamente con una sola maleta, Adrian seguía sentado en el mismo lugar.
—¿Adónde vas?
—A casa.
Él frunció el ceño.
—Esta es tu casa.
—No.
Miré alrededor por última vez.
—Solo era el lugar donde dejé de ser yo.
Salí sin esperar respuesta.
Una semana después.
La Base de Operaciones Especiales del Este permanecía completamente cerrada al público.
Tres controles de seguridad.
Dos anillos de francotiradores.
Vehículos blindados patrullando constantemente.
Un helicóptero aterrizó lentamente sobre la plataforma principal.
En cuanto descendí, decenas de soldados se cuadraron al mismo tiempo.
Nadie habló.
Hasta que Ryan dio un paso al frente.
Su voz resonó por toda la base.
—¡Atención!
Más de trescientos militares levantaron el saludo.
—¡Bienvenida a casa, comandante Espectro!
El eco pareció recorrer toda la instalación.
Observé aquellos rostros.
Muchos habían envejecido.
Otros eran completamente nuevos.
Pero todos mantenían la misma mirada.
Confianza absoluta.
Ryan sonrió emocionado.
—Pensé que este día nunca llegaría.
—Yo también.
Me condujo hacia la sala táctica.
Sobre la mesa aparecieron decenas de fotografías.
Mapas.
Informes.
Satélites.
Y una carpeta marcada con tinta roja.
OBJETIVO PRIORITARIO.
Ryan la abrió.

—La inteligencia confirma que la organización extranjera mantiene la recompensa sobre el general Adrian Cross.
Asentí sin alterar mi expresión.
—Continúa.
—Interceptamos varias comunicaciones. Creemos que intentarán asesinarlo durante la Conferencia Conjunta de Defensa dentro de cuatro días.
Observé el plano del edificio.
La conferencia…
La misma donde Adrian debía recibir oficialmente a la comandante de Operaciones Especiales.
A mí.
Ryan continuó.
—Hay otro problema.
Colocó una fotografía sobre la mesa.
Reconocí inmediatamente a Serena.
—Ella fue asignada recientemente al equipo de seguridad del general.
—Lo sé.
—No aparece comprometida con la organización, pero su presencia complicará cualquier intervención.
Permanecí unos segundos en silencio.
Después señalé el plano.
—Modificaremos completamente el dispositivo de protección.
Los oficiales comenzaron a tomar notas.
—Quiero equipos encubiertos en cada acceso.
Francotiradores en los edificios vecinos.
Control total de comunicaciones.
Y un grupo de extracción preparado durante las veinticuatro horas.
Todos respondieron al unísono.
—¡Sí, comandante!
Ryan esperó a que los demás abandonaran la sala.
Solo entonces habló en voz baja.
—¿Él sabe quién eres?
Negué con la cabeza.
—Todavía no.
—¿Y cuando te vea?
Miré por la ventana hacia el patio de entrenamiento.
—Ese será su problema.
Cuatro días después.
La conferencia militar reunía a comandantes de todo el país.
Adrian revisaba por quinta vez el protocolo de bienvenida.
Serena sonreía con evidente emoción.
—No puedo creer que hoy conoceremos a Espectro.
Él ajustó los guantes.
—Dicen que nunca muestra emociones.
—También dicen que derrotó sola a un escuadrón enemigo.
—Hay muchas historias sobre ella.
Los vehículos oficiales comenzaron a entrar al recinto.
Un convoy negro se detuvo frente a la alfombra de recepción.
Todos los oficiales presentes adoptaron posición de firme.
Las puertas se abrieron lentamente.
Descendí del vehículo con el uniforme negro de comandante.
Las insignias plateadas brillaban bajo el sol.
El silencio fue absoluto.
Di varios pasos hacia la entrada.
Adrian levantó la vista.
Primero apareció la confusión.
Después la incredulidad.
Finalmente, el color desapareció por completo de su rostro.
Serena quedó inmóvil.
Miraba alternativamente mi uniforme y mi rostro, incapaz de comprender lo que estaba viendo.
Me detuve exactamente frente a ellos.
Extendí la mano con absoluta calma.
—General Adrian Cross.
Su respiración se volvió irregular.
—Elena…
Lo interrumpí antes de que terminara la frase.
—Comandante Elena Shaw.
Código operativo: Espectro.
En ese mismo instante, un disparo seco rompió el silencio desde un edificio cercano.
Y antes de que nadie pudiera reaccionar, levanté la vista hacia el origen del ataque mientras gritaba con voz firme:
—¡Francotirador! ¡Protejan al objetivo!