Elena mantuvo la sonrisa durante apenas un segundo más.
Después desapareció.
—¿Qué estás insinuando? —preguntó.
Mateo no apartó la mirada.
—Que la arena no cayó sola.
Los vecinos comenzaron a murmurar.
El anciano del fondo del callejón bajó la cabeza, pero sus manos temblaban.
Elena soltó una carcajada breve.
—Siempre has sido un inútil, Mateo. Ahora también eres mentiroso.
—Entonces no tendrás ningún problema en dejar que revise el saco.
La expresión de Elena se endureció.
—No toques mis cosas.
Aquella respuesta fue demasiado rápida.
Mateo sintió que su sospecha se convertía en certeza.
Durante semanas había visto a su hermana guardar los sacos de judías en una habitación cerrada con llave. Decía que esperaba conseguir un precio mejor antes de venderlos, pero nadie almacenaba una cosecha tan pequeña con tanta vigilancia.
Además, aquella mañana había llegado un camión desconocido antes del amanecer.
Mateo lo había visto desde la ventana.
Dos hombres descargaron cajas de madera y entraron por la puerta trasera.
Cuando preguntó qué contenían, Elena respondió que eran fertilizantes.
Pero las cajas no olían a productos agrícolas.
Olían a metal y humedad.
—Aparta —ordenó Mateo.
Elena se interpuso delante de la mesa.
—Esta propiedad me pertenece.
—También pertenecía a nuestro padre.
El nombre del difunto hizo que el ambiente cambiara.
Elena apretó la mandíbula.
—Nuestro padre me dejó la granja.
—Eso dijiste tú.
Los vecinos guardaron silencio.
Todos recordaban la muerte de don Julián, ocurrida apenas seis meses atrás.
El hombre había enfermado de repente.
En menos de una semana pasó de trabajar en el campo a no poder levantarse de la cama.
Después Elena anunció que su padre había dejado un testamento entregándole todas las tierras.
Mateo recibió únicamente una pequeña casa deteriorada al final de la finca.
Nunca había visto el documento original.
Solo una copia.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Elena con voz baja.
Mateo señaló las judías cubiertas de arena.
—Que esto no se trata de una cosecha arruinada. Querías acusarme delante de todos para echarme de la propiedad.
Ella abrió los ojos con fingida incredulidad.
—¡Escuchadlo! Ahora cree que todo gira alrededor de él.
—Ayer escuché tu conversación con el abogado.
El rostro de Elena se quedó inmóvil.
Mateo continuó:
—Dijiste que necesitabas dos testigos que confirmaran que yo había destruido intencionadamente productos de la granja.
Los murmullos aumentaron.
Elena miró hacia las ventanas.
—Está inventándolo.
—También dijiste que, con esa denuncia, podrías cancelar mi derecho de residencia.
El anciano del callejón levantó finalmente la cabeza.
Era don Rafael, antiguo socio de su padre.
—Eso es posible —dijo—. El contrato de Mateo establece que puede vivir en la finca mientras no cause daños deliberados.
Elena lo fulminó con la mirada.
—Nadie le ha pedido que hable.
Don Rafael dio un paso adelante.
—Pero debí haber hablado hace mucho tiempo.
La seguridad de Elena comenzó a resquebrajarse.
—Váyase a su casa.
—Vi quién arrojó la arena.
Todos se volvieron hacia él.
Mateo contuvo la respiración.
—Fue un joven con una chaqueta gris —continuó don Rafael—. Salió del pasillo cuando Elena le hizo una señal.
Elena avanzó hacia el anciano.
—Está confundido.
—No lo estoy.
—Tiene setenta y ocho años.
—Y todavía veo mejor que quienes prefieren cerrar los ojos.
Un murmullo de aprobación recorrió la calle.
Elena comprendió que estaba perdiendo el control.
Agarró el saco y trató de llevárselo.
Mateo sujetó el otro extremo.
—Déjalo.
—¡Suéltalo!
La tela se rasgó.
Las judías mongo cayeron al suelo formando una montaña verde.
Pero no estaban solas.
Entre los granos apareció un pequeño paquete envuelto en plástico negro.
Todos quedaron paralizados.
Elena se lanzó hacia él.
Mateo fue más rápido.
Tomó el paquete y retrocedió.
Era pesado.
Tenía el tamaño de un libro y estaba sellado con cinta adhesiva.
—Dámelo —ordenó Elena.
—¿Qué hay dentro?
—Documentos privados.
—Entonces los abriremos delante de todos.
Elena intentó arrebatárselo.
Mateo apartó el brazo.
Dos vecinos se colocaron entre ambos.
Por primera vez, la mujer que había dominado aquella comunidad mediante amenazas se encontró rodeada por personas que ya no parecían temerle.
Don Rafael habló:
—Ábrelo, muchacho.
Mateo rompió la cinta.
Dentro había un cuaderno de cuentas, varias fotografías y una memoria USB.
El primer nombre escrito en el cuaderno era el de su padre.
Julián Herrera.
Junto a él aparecía una cantidad enorme.
Más dinero del que la granja podía producir en diez años.
En las páginas siguientes figuraban fechas, matrículas de vehículos y pagos entregados a funcionarios locales.
Mateo pasó las hojas con las manos temblorosas.
—¿Qué significa esto?
Elena dejó de fingir.
—No entiendes nada.
—Explícamelo.
—Tu padre tenía deudas.
—Mi padre nunca pidió préstamos.
—Eso es lo que tú creías.
Don Rafael se acercó al cuaderno.
Al leer una de las fechas, su rostro se volvió gris.
—Julián no debía ese dinero.
Miró a Elena.
—Ese día estaba conmigo negociando la venta del terreno del norte.
Mateo encontró una fotografía.

En ella aparecía su padre firmando un documento.
A su lado estaban Elena y un hombre desconocido.
Pero algo no encajaba.
Don Julián sostenía el bolígrafo con la mano derecha.
Su padre era zurdo.
—Esta firma es falsa —dijo Mateo.
Elena retrocedió.
—Cuidado con lo que dices.
—Falsificaste documentos para poner las tierras como garantía.
—No sabes lo que tuve que hacer para salvar esta familia.
—¿Salvarla de qué?
Ella miró alrededor.
Ya no había arrogancia en sus ojos.
Había miedo.
—De hombres a los que no debimos conocer.
Antes de que Mateo pudiera preguntar, se escuchó un motor al final de la calle.
El mismo camión que había visto aquella mañana apareció lentamente.
Se detuvo frente a la casa.
Dos hombres descendieron.
Uno de ellos llevaba la chaqueta gris descrita por don Rafael.
El otro mostró una pistola bajo el abrigo.
Los vecinos comenzaron a retroceder.
Elena cerró los ojos, como si hubiera esperado aquel momento.
—Te dije que me dieras el paquete —susurró.
Mateo guardó la memoria USB en el bolsillo.
—¿Quiénes son?
—Las personas que pagaron para quedarse con las tierras de nuestro padre.
El hombre armado avanzó hacia la terraza.
—Señora Herrera, teníamos un acuerdo.
Elena señaló a Mateo.
—Él encontró los documentos.
El desconocido lo observó con frialdad.
—Entonces tendremos que resolver dos problemas esta noche.
Don Rafael se colocó delante de Mateo.
—Toda la calle ha visto sus rostros.
El hombre sonrió.
—Por eso ninguno debería seguir aquí.
El pánico se extendió entre los vecinos.
Pero antes de que alguien pudiera escapar, se escucharon sirenas a lo lejos.
Elena giró hacia Mateo.
—¿Llamaste a la policía?
Él negó lentamente.
Entonces una voz surgió desde el interior de la casa.
—Yo llamé.
Una mujer salió del pasillo oscuro.
Llevaba en las manos una carpeta amarilla y un viejo teléfono móvil.
Mateo la reconoció de inmediato.
Era la enfermera que había cuidado a su padre durante sus últimos días.
—Don Julián no murió por una enfermedad —dijo ella—. Y en este teléfono está la grabación de la persona que le dio el veneno.
Elena perdió por completo el color.
Porque la enfermera no estaba mirando a los hombres armados.
Estaba mirándola directamente a ella.