PARTE 2 – EL VENENO DENTRO DE MI PROPIA CASA

El doctor Reed bajó la voz, pero cada palabra atravesó la puerta con una claridad aterradora.

—La sustancia apareció en tres análisis diferentes. No puede tratarse de un error.

Al otro lado del teléfono, Adrian tardó varios segundos en responder.

—¿Qué sustancia?

—Un compuesto que altera las hormonas y dificulta que el embarazo se mantenga. En dosis pequeñas puede pasar desapercibido durante semanas.

Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.

Apoyé una mano contra la pared.

Alguien no solo había ocultado la fortuna de mi esposo. Alguien estaba intentando hacerme perder a mi bebé.

—¿Estás diciendo que Nora tomó algo por accidente? —preguntó Adrian.

—No.

La respuesta del médico fue inmediata.

—Estoy diciendo que probablemente se lo administraron de manera constante.

Un silencio oscuro llenó el consultorio.

Después Adrian habló con una frialdad que me heló aún más.

—No le digas nada todavía.

El doctor golpeó la mesa.

—¿Has perdido la cabeza? ¡Su vida también podría estar en riesgo!

—Necesito saber quién lo hizo antes de que ella empiece a acusar a todo el mundo.

—Tu esposa acaba de descubrir que puede perder a su hijo.

—Precisamente por eso no está en condiciones de pensar con claridad.

Apreté el informe entre los dedos hasta arrugarlo.

Incluso después de saber que alguien me envenenaba, Adrian seguía preocupado por controlar lo que yo sabía.

No por mí.

No por nuestro bebé.

Por el escándalo.

Por su familia.

Por Whitmore Group.

Retrocedí antes de que el doctor saliera y me descubriera.

Caminé por el pasillo con pasos lentos, fingiendo leer los papeles mientras el corazón me golpeaba contra las costillas.

Dentro del ascensor, me miré en el espejo.

Mi rostro estaba pálido.

Mis labios temblaban.

Durante seis años había compartido cama, comida y vida con un hombre que me despreciaba por una decisión que yo nunca había tomado.

Y ahora existía la posibilidad de que alguien de su entorno hubiera usado mi propio cuerpo para castigarme.

Cuando las puertas se abrieron, no salí de inmediato.

Tenía dos opciones.

Enfrentar a Adrian.

O fingir que no sabía nada.

Recordé su voz diciendo:

—Entonces que lo pierda.

La decisión se volvió sencilla.

Guardé el informe dentro del bolso y llamé al doctor desde un teléfono público del vestíbulo.

—Doctor Reed, soy Nora.

Hubo una pausa.

—Nora, ¿dónde está?

—Escuché toda la conversación.

Él dejó escapar el aire lentamente.

—Lo siento.

—Necesito que no le diga a Adrian que lo sé.

—Su situación es grave. Debe ingresar hoy mismo.

—Lo haré, pero necesito copias de todos mis análisis y una prueba independiente.

—¿Por qué?

Miré hacia la entrada del hospital.

Un automóvil negro acababa de detenerse frente a las puertas.

Nunca había visto aquel coche.

Pero el conductor descendió y abrió la puerta trasera.

Adrian salió vestido con un traje oscuro que costaba más que todos nuestros ahorros juntos.

No era el empleado común que fingía ser.

Era exactamente el hombre que acababa de escuchar al otro lado del teléfono.

Poderoso.

Elegante.

Inalcanzable.

—Porque ya no sé en quién confiar —respondí.

Corté la llamada antes de que pudiera verme.

Me escondí detrás de una columna mientras Adrian cruzaba el vestíbulo.

Todos los empleados parecían reconocerlo.

El director del hospital salió personalmente a recibirlo.

—Señor Whitmore, el doctor Reed lo está esperando.

Adrian asintió sin mirar alrededor.

Ni siquiera había venido por mí. Había venido para controlar las consecuencias.

Salí por una puerta lateral.

Durante el camino a casa, repasé mentalmente todo lo que había consumido desde que descubrí el embarazo.

Yo preparaba la mayoría de nuestras comidas.

Pero cada mañana Adrian insistía en servirme un vaso de leche.

Decía que necesitaba calcio.

También había comenzado a comprarme vitaminas de una farmacia exclusiva.

—Son más completas —me había explicado—. No uses otras.

Sentí náuseas.

No quería creer que fuera él.

Pero tampoco podía olvidar la facilidad con que había dicho que nuestro bebé nunca debió existir.

Al llegar al apartamento, encontré una bolsa nueva de vitaminas sobre la mesa.

El envase estaba abierto.

Tomé una cápsula.

Parecía normal.

La guardé en una bolsa pequeña junto con una muestra de la leche en polvo que Adrian había comprado la semana anterior.

Después abrí el armario donde conservábamos los documentos.

Durante seis años, Adrian había guardado sus cosas en una caja metálica que siempre permanecía cerrada.

Aquella tarde, por primera vez, la cerradura no estaba completamente ajustada.

Introduje la punta de unas tijeras.

La tapa cedió.

Dentro había varios pasaportes, tarjetas bancarias negras y documentos de Whitmore Group.

También encontré una fotografía.

Adrian aparecía junto a una mujer rubia frente a una mansión.

Ella estaba abrazada a su brazo.

En el reverso había una frase escrita a mano:

“Para Adrian. Cuando recuperes la vida que te robaron, volveremos a estar juntos. Vanessa.”

Debajo de la fotografía había una carpeta médica.

Mi nombre estaba escrito en la portada.

La abrí.

Contenía informes de mis consultas ginecológicas de los últimos seis meses.

Informes que yo nunca había visto.

Había anotaciones sobre mi ciclo menstrual, mis análisis y hasta la fecha probable de concepción.

Al final encontré una hoja firmada por un médico privado.

“Se recomienda evitar el embarazo hasta completar el tratamiento hormonal. El paciente responsable ha sido informado.”

Paciente responsable.

Adrian Whitmore.

La fecha era de ocho meses antes.

Mucho antes de que yo quedara embarazada.

Mucho antes de que Adrian comenzara a entregarme aquellas vitaminas.

Oí una llave girando en la puerta principal.

No tuve tiempo de guardar todo correctamente.

Cerré la caja y me puse de pie.

Adrian entró.

Todavía llevaba el traje oscuro.

Al verme junto al armario, se detuvo.

Sus ojos bajaron hacia mis manos.

—¿Qué estás haciendo?

—Buscaba nuestros documentos bancarios.

Se quitó lentamente el reloj.

—El doctor me llamó.

—¿Ah, sí?

—Dijo que tu embarazo necesita tratamiento.

Su expresión era tranquila.

Demasiado tranquila.

—He decidido pagarlo.

Lo miré fijamente.

Horas antes había dicho que prefería perder al bebé.

Ahora estaba ofreciendo una fortuna sin explicar de dónde saldría.

—¿Con qué dinero?

—La empresa ofrece un préstamo médico.

Mentía con la misma facilidad con que respiraba.

Se acercó y me tomó de los hombros.

—Mañana ingresaremos al hospital. No debes preocuparte por nada.

Por primera vez en seis años, aparté sus manos.

—¿Y las vitaminas?

Sus pupilas se contrajeron apenas un instante.

—¿Qué pasa con ellas?

—El doctor dijo que debo dejar de tomarlas.

Adrian guardó silencio.

Después sonrió.

—Thomas exagera. Son completamente seguras.

En ese momento comprendí que había formulado la pregunta correcta.

Porque yo nunca le había dicho que el doctor sospechaba de las vitaminas.

Y, sin embargo, Adrian sabía exactamente de qué estaba hablando.

Mi teléfono vibró dentro del bolso.

Era un mensaje del doctor Reed.

“Los primeros resultados de la muestra llegaron antes de lo previsto. Nora, no consuma nada que haya en su casa. La sustancia encontrada coincide con un producto registrado a nombre de Vanessa Sinclair.”

Levanté lentamente la vista.

Adrian seguía observándome.

Entonces alguien llamó a la puerta.

Tres golpes suaves.

Él abrió.

Vanessa estaba al otro lado, sosteniendo una caja idéntica a la de mis vitaminas.

Y al verme, sonrió.

—Nora, qué suerte que estés aquí. Tenemos que hablar sobre el bebé que llevas dentro.

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