Parte 2: LA CAZA COMIENZA

El ascensor del hospital apenas había cerrado sus puertas cuando mi teléfono vibró por primera vez.

Un solo mensaje.

“Equipo Spectre parcialmente reunido. Tiempo estimado: cuarenta y siete minutos.”

Respiré hondo.

Hacía diecinueve años que había prometido no volver a utilizar aquella red.

Pero alguien había cometido el peor error imaginable.

Habían tocado a mi hija.

Regresé a la habitación.

Lily permanecía sedada.

Las máquinas marcaban un ritmo constante mientras el monitor iluminaba su rostro cubierto de hematomas.

Me incliné sobre ella.

—Te prometo que nadie volverá a hacerte daño.

Sus párpados temblaron ligeramente.

No sabía si podía escucharme.

Preferí creer que sí.

Cuando salí nuevamente al pasillo encontré a una enfermera esperando.

—Señor Walker… una estudiante dejó esto hace unos minutos.

Me entregó una pequeña memoria USB.

—No quiso dar su nombre.

Miré alrededor.

La joven ya había desaparecido.

Guardé la memoria en el bolsillo sin decir una palabra.

Cinco minutos después, una camioneta gris sin distintivos se detuvo frente a la entrada del hospital.

Del vehículo descendió un hombre de cabello canoso.

Caminaba con una ligera cojera.

Pero seguía teniendo la misma mirada que recordaba.

Mayor Miguel Reyes.

Nos observamos durante varios segundos.

No hubo abrazos.

Nunca los hubo.

Solo un firme apretón de manos.

—Es bueno volver a verlo, señor.

—Ojalá hubiera sido por otra razón.

Él asintió.

Entonces aparecieron otros dos vehículos.

Del primero descendió una mujer asiática con una mochila llena de equipos electrónicos.

Teniente Grace Chen.

La mejor especialista cibernética que había conocido.

Después apareció un hombre enorme con barba gris.

Sargento mayor Kane.

Experto en infiltración.

Seguía pareciendo capaz de derribar una puerta de acero con el hombro.

Los tres miraron hacia la ventana de la habitación donde descansaba Lily.

Ninguno preguntó nada.

No hacía falta.

Reyes rompió el silencio.

—Todos dejamos nuestras vidas cuando recibimos su llamada.

Chen abrió una tableta.

—Ya tenemos algo.

La pantalla mostró fotografías de Ethan Cole, Brandon Hale y Tyler Whitmore.

Los tres seguían asistiendo normalmente a clases.

Uno incluso aparecía sonriendo durante una fiesta celebrada apenas unas horas después del ataque.

Sentí cómo la sangre me hervía.

Chen amplió otra imagen.

—Aquí empieza lo interesante.

Mostró un mapa del campus.

Las cámaras cercanas al edificio de ciencias dejaron de funcionar exactamente durante quince minutos.

No fue una avería.

Alguien ingresó remotamente al sistema y borró toda la grabación.

—¿Puedes recuperarla?

Ella sonrió.

—Nunca aprendieron que borrar no significa destruir.

Mientras su portátil comenzaba a trabajar, Kane desplegó varios documentos.

—Yo seguí otro camino.

Había conseguido los registros del personal de seguridad.

Tres guardias habían cambiado misteriosamente su turno apenas una hora antes del ataque.

Uno recibió un depósito bancario de cincuenta mil dólares al día siguiente.

Reyes dejó otro expediente sobre la mesa.

—Y esto acaba de llegar.

Era el informe policial preliminar.

Solo tenía dos páginas.

La descripción del ataque ocupaba apenas seis líneas.

No mencionaba fracturas.

No hablaba de la mandíbula rota.

Solo decía:

“Lesiones leves producidas durante una pelea entre estudiantes.”

Apreté los puños.

—Intentan convertir una emboscada en una discusión.

—Exactamente —respondió Reyes.

Mi teléfono volvió a vibrar.

Número desconocido.

Contesté.

Una voz masculina habló con absoluta tranquilidad.

—Señor Walker.

—¿Quién habla?

—Un amigo.

Miré a Reyes.

Activó inmediatamente un rastreador de llamadas.

—Su hija tuvo mala suerte.

No respondí.

—Los chicos son jóvenes.

Cometen errores.

No destruya sus futuros por una simple pelea.

Sonreí por primera vez desde que había llegado al hospital.

No era una sonrisa agradable.

Era la misma expresión que mis enemigos habían aprendido a temer años atrás.

—Acaba de cometer usted otro error.

Silencio.

—¿Cuál?

—Ahora sé que tienen miedo.

Colgué.

Reyes observó la pantalla.

—Llamada enmascarada.

Pero cometió un fallo.

Tenemos la ubicación del repetidor.

Chen levantó la vista.

—Proviene del edificio administrativo de la universidad.

Nos miramos.

Eso significaba que alguien dentro de la propia institución estaba coordinando el encubrimiento.

En ese momento, la puerta de la habitación se abrió.

Lily comenzaba a despertar.

Corrí hacia ella.

Intentó hablar.

Los alambres se lo impidieron.

Tomó una libreta que la enfermera había dejado junto a la cama.

Con enorme esfuerzo escribió dos palabras.

“No terminaron.”

La observé.

—¿Qué significa eso?

Volvió a escribir.

Sus manos temblaban.

“Buscaban algo.”

Sentí un escalofrío.

Eso cambiaba completamente el caso.

—¿Qué buscaban?

Ella cerró los ojos intentando recordar.

Después escribió una sola letra.

“M…”

La mano se detuvo.

El monitor cardíaco aceleró su ritmo.

La enfermera intervino inmediatamente.

—Debe descansar.

No podía seguir escribiendo.

Nos obligaron a salir.

Permanecimos varios minutos en silencio.

Entonces Chen levantó de golpe la cabeza.

—¡Lo tengo!

Todos nos acercamos.

En la pantalla apareció una grabación parcialmente reconstruida.

Solo duraba treinta y dos segundos.

Era borrosa.

Pero suficiente.

Se veía a Lily caminando sola.

Tres hombres la rodeaban.

Reconocimos inmediatamente a Ethan, Brandon y Tyler.

Después apareció una cuarta silueta.

Alguien vestido con traje.

No era estudiante.

La imagen se congeló.

El rostro permanecía oculto.

Sin embargo, justo antes de desaparecer, levantó una mano.

En uno de sus dedos brillaba un enorme anillo dorado.

Reyes palideció.

—No puede ser…

—¿Lo conoces?

Él tragó saliva lentamente.

—Ese anillo…

Hizo una pausa.

—Solo lo usan los miembros del Consejo Atlas.

Nunca había escuchado ese nombre.

—¿Qué es el Consejo Atlas?

Los tres veteranos intercambiaron miradas.

Ninguno respondió de inmediato.

Finalmente Kane habló.

Con voz mucho más baja que antes.

—Señor…

No estamos frente a tres universitarios protegidos por sus familias.

Estamos frente a una organización que incluso el Pentágono evitó enfrentar durante años.

En ese mismo instante, todas las luces del hospital se apagaron.

El edificio entero quedó completamente a oscuras.

Y desde el pasillo comenzó a escucharse el inconfundible sonido de varias botas avanzando lentamente hacia la habitación de Lily.

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