Mateo permaneció inmóvil detrás del viejo anaquel mientras la pequeña luz roja de la grabadora seguía parpadeando dentro del bolsillo de su chamarra.
Cada segundo registraba una prueba más.
Cada palabra de Renata sonaba más fría que la anterior.
—No vas a resistir mucho más, Sebastián. El notario llegará después de medianoche. Firmas, o mañana todos llorarán frente a tu fotografía.
Sebastián levantó la cabeza con dificultad.
—Aunque me mates… jamás tendrás lo que mi padre construyó.
Renata soltó una carcajada.
—¿Todavía crees que todo depende de ti? Tu padre es un anciano pobre que vive de una pensión ridícula. Tú eres el único obstáculo.
Mateo sintió un dolor extraño.
No por el desprecio.
Sino porque comprendió que durante años aquella mujer había fingido querer a su hijo mientras planeaba destruirlo.
Renata volvió a pisar la rodilla lesionada.
Sebastián apretó los dientes para no gritar.
La música de arriba ocultó cualquier sonido.
Luego ella dejó sobre el suelo una carpeta negra.
—Aquí está el poder notarial.
Lo abrió lentamente.
—Tus acciones…
Pasaron las hojas.
—Las bodegas…
Otra hoja.
—Las cuentas…
Finalmente señaló la última página.
—Y la autorización para vender todo Grupo Camino Real.
Sebastián sonrió con esfuerzo.
—Ni siquiera sabes lo que estás firmando.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Que mi padre jamás puso toda la empresa a mi nombre.
Durante un instante apareció una sombra de duda en el rostro de Renata.
Pero desapareció enseguida.
—No importa.
Sacó un teléfono.
—Mi papá se encargó de verificarlo todo.
Mateo observó cómo marcaba un número.
—Baja.
Cinco minutos.
Solo eso.
Armando apareció poco después acompañado por un hombre de traje gris y maletín de cuero.
No era un notario.
Mateo lo reconoció.
Era Mauricio Rivas.
Había trabajado años atrás como contador externo de una empresa rival y había sido investigado por falsificación de documentos.
Jamás imaginó verlo allí.
—¿Ya aceptó? —preguntó Mauricio.
—Todavía no.
Mauricio se agachó frente a Sebastián.
—Escucha bien.
Sacó varias hojas oficiales.
—Estos documentos dicen que sufriste una recaída por consumo de drogas.
Otros papeles.
—Aquí aparece que intentaste agredir a tu esposa.
Después mostró una hoja médica.
—Y esto certifica que padeces alteraciones mentales provocadas por sustancias.
Sebastián escupió sangre a un lado.
—Son falsas.
Mauricio sonrió.
—Cuando una persona aparece muerta por sobredosis, nadie revisa demasiado los papeles.
Mateo sintió cómo los nudillos comenzaban a ponerse blancos.
Quería salir.
Golpear.
Acabar con todo.
Pero sabía que un movimiento impulsivo podía condenar a su hijo.
Necesitaba saber cuántos participaban.
Necesitaba pruebas.
Sobre todo necesitaba sacar vivo a Sebastián.
Armando cruzó los brazos.
—Ya perdimos demasiados días.
Volteó hacia su hija.
—Prepáralo.
Renata abrió un pequeño estuche metálico.
Dentro había varias jeringas.
Mateo alcanzó a distinguir una etiqueta parcialmente arrancada.
Un sedante potente.
Renata limpió el brazo de Sebastián.
—Con esto dormirás un rato.
Cuando despiertes, habrás firmado.
Y si no…
No terminó la frase.
No hacía falta.
Sebastián intentó apartarse.
La cadena apenas le permitió mover unos centímetros.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Mateo dejó caer deliberadamente un viejo frasco de pintura que estaba detrás del anaquel.
El recipiente golpeó el suelo.
Los tres voltearon inmediatamente.
—¿Quién anda ahí? —gritó Armando.
Mateo aprovechó el instante.
Salió por la puerta lateral antes de que pudieran rodear el estante.
Escuchó pasos detrás.
Subió las escaleras de servicio con rapidez.
Cuando abrió la puerta del jardín, la fiesta seguía en su punto más alto.
Nadie imaginaba lo que sucedía apenas unos metros más abajo.
Los invitados reían.
Brindaban.
Se abrazaban.

Los fuegos artificiales comenzaban a iluminar el cielo de Guadalajara.
Renata salió pocos segundos después.
Había recuperado por completo su sonrisa elegante.
Como si nunca hubiera estado torturando a su esposo.
—¡Don Mateo! —exclamó fingiendo sorpresa—. Pensé que no vendría.
Varios invitados giraron para saludarlo.
Ella caminó hasta abrazarlo.
Mateo sintió el perfume mezclado con el olor del desinfectante que aún traía impregnado en las manos.
—Sebastián salió un momento —mintió ella—. Se sintió un poco mal por el estrés del trabajo.
Mateo sostuvo su mirada.
—Ya veo.
—¿Quiere una copa?
—Prefiero un café.
Ella sonrió.
—Claro.
Mientras caminaba hacia la cocina, Mateo aprovechó para observar a todos los presentes.
Había empresarios.
Dos abogados.
Un médico.
Un comandante retirado de policía.
Y varios socios menores de Sebastián.
Demasiadas personas importantes.
Entonces comprendió el verdadero plan.
No habían organizado una fiesta para celebrar el Año Nuevo.
Habían reunido a todos los futuros testigos de una historia falsa.
Al día siguiente todos declararían exactamente lo mismo.
Que Sebastián estaba deprimido.
Que había bebido demasiado.
Que desapareció durante la celebración.
Que nadie volvió a verlo con vida.
Era una coartada perfecta.
Mateo caminó lentamente hasta el baño de visitas.
Cerró la puerta.
Sacó otro teléfono que casi nadie conocía.
Uno antiguo.
Sin aplicaciones.
Sin contactos visibles.
Marcó un número que llevaba más de quince años sin utilizar.
Sonó una vez.
Dos veces.
Tres.
Finalmente una voz grave respondió.
—Pensé que este teléfono nunca volvería a sonar.
Mateo respiró profundamente.
—Soy Navarro.
Hubo unos segundos de absoluto silencio.
Después la voz cambió por completo.
—¿Qué ocurrió?
Mateo habló despacio.
—Mi hijo está secuestrado.
Quieren asesinarlo esta noche.
Necesito al equipo completo.
Del otro lado no hicieron preguntas.
Solo respondieron cuatro palabras.
—Llegamos en veinte minutos.
Mateo guardó el teléfono.
Al salir del baño encontró a Renata esperándolo frente a la puerta.
Ella sonreía.
Pero esta vez sus ojos ya no sonreían.
—Don Mateo…
Hizo una breve pausa.
—¿Con quién acaba de hablar?
Mateo respondió con absoluta tranquilidad.
—Con un viejo amigo.
Renata inclinó ligeramente la cabeza.
—Qué curioso.
Porque nuestros inhibidores bloquean todas las llamadas desde esta casa.
Entonces levantó lentamente el teléfono que llevaba escondido detrás de la espalda.
En la pantalla aparecía una transmisión en vivo de la cámara instalada en el sótano.
Y, justo en ese instante, Sebastián levantaba la vista hacia el techo mientras varias personas entraban con una camilla… y una bolsa negra para cadáveres.