El silencio que siguió a las palabras de Mariana fue mucho más doloroso que cualquier grito.
Sebastián permaneció inmóvil junto a la cama de Renata.
Todavía tenía una mano apoyada sobre el hombro de ella.
No intentó apartarla.
No intentó negar lo que acababa de decir.
Mariana observó aquella escena durante apenas unos segundos más.
Diez años de matrimonio cabían perfectamente dentro de ese silencio.
Dejó la canasta de fruta sobre la mesa y colocó junto a ella la copia sellada de la demanda de divorcio.
—Léela cuando tengas tiempo, doctor Luján.
Sebastián bajó la vista.
Su expresión cambió por primera vez.
—Mariana…
—No hace falta que expliques nada.
—No es lo que parece.
Ella sonrió con una tranquilidad que ninguno de los dos esperaba.
—Acabo de escucharte decir que ella habría sido tu verdadera esposa. Difícilmente puede parecer otra cosa.
Renata cruzó los brazos con una sonrisa apenas disimulada.
—Creo que esto deberíamos hablarlo en privado.
Mariana la miró directamente.
—No te preocupes. Muy pronto tendrás toda la privacidad que quieras.
Giró sobre sus talones y salió de la habitación.
Detrás de ella escuchó la voz de Sebastián.
—¡Mariana, espera!
Pero no se detuvo.
Mientras caminaba por el pasillo del Hospital San Jerónimo, varios médicos la saludaron con respeto.
Ella respondió con una leve inclinación de cabeza.
Ninguno imaginaba que aquella mujer elegante, siempre discreta y sonriente, acababa de decidir terminar el matrimonio que había sostenido durante casi una década.
Antes de llegar al elevador, su teléfono sonó.
Era el licenciado Robles.
—Señora Alcázar, la demanda ya fue presentada.
—Perfecto.
—También encontré algo que debería conocer.
Mariana guardó silencio.
—Hace tres meses el doctor Luján solicitó modificar su régimen patrimonial.
Ella frunció el ceño.
—¿Con qué finalidad?
—Intentó registrar el penthouse como domicilio conyugal principal para dificultar una eventual división de bienes.
Mariana soltó una breve risa.
—¿Y lo consiguió?
—No.
Porque el inmueble continúa inscrito únicamente a su nombre desde seis años antes del matrimonio.
Ella respiró con calma.
Había imaginado muchas cosas.
Pero no que Sebastián ya estuviera preparando el terreno.
—Gracias, licenciado.
—También le recomiendo cambiar inmediatamente todos los accesos de la propiedad.
—Hágalo hoy mismo.
Colgó el teléfono y llamó a otra persona.
—Laura.
—Buenos días, licenciada.
—Quiero que el departamento quede completamente vacío antes de las siete de la noche.
—¿Incluyendo las pertenencias del doctor?
—Especialmente las del doctor.
Laura conocía perfectamente a Mariana.
No hizo preguntas.
Solo respondió:
—Quedará listo.
A las cinco de la tarde, Sebastián abandonó el hospital convencido de que todavía podía arreglar las cosas.
Durante el camino compró las orquídeas favoritas de Mariana.
Las mismas que le llevaba cada vez que discutían.
Pensó cuidadosamente lo que diría.
“Fue un momento de confusión.”
“Nunca dejé de quererte.”
“Renata solo necesitaba ayuda.”
Ensayó cada frase mientras el elevador subía hacia el penthouse.
Al llegar, el lector digital rechazó su huella.
Lo intentó otra vez.
Error.
Introdujo el código.
Error.
Frunció el ceño.
Marcó el número de Mariana.
Buzón.
Entonces apareció un guardia de seguridad.
—Buenas tardes, doctor.
—El sistema no funciona.
—Sí funciona.
Simplemente su acceso fue eliminado esta mañana.
Sebastián lo miró incrédulo.
—¿Cómo que eliminado?
—La propietaria del inmueble solicitó cancelar todos los permisos.
En ese instante comprendió algo que jamás había considerado.
Aquel penthouse nunca había sido suyo.
Laura apareció acompañada por dos empleados de mudanza.
—Doctor Luján.
Sus pertenencias ya fueron inventariadas.
Aquí tiene la lista.
Le entregó varias cajas perfectamente etiquetadas.
Ropa.
Libros.
Objetos personales.
Todo estaba cuidadosamente embalado.
—¿Dónde está Mariana?
—No autorizó revelar su ubicación.
Sebastián comenzó a perder la paciencia.
—Soy su esposo.
Laura negó suavemente con la cabeza.
—Según el documento recibido esta mañana… usted es un cónyuge en proceso de divorcio.
En ese momento las puertas del elevador volvieron a abrirse.
Renata salió sonriendo.
Llevaba un bolso nuevo y varias bolsas de compras.
—¿Qué está pasando?
Laura se volvió hacia ella.
—Señorita Ferrer.
Tiene exactamente treinta minutos para retirar sus pertenencias.
Renata soltó una carcajada.

—Qué chistoso.
No pienso moverme.
Laura extendió una carpeta.
—Aquí está la escritura del inmueble.
La única propietaria es la señora Mariana Alcázar.
Y existe una orden expresa para impedir el acceso de cualquier persona que ella no autorice.
La sonrisa desapareció del rostro de Renata.
—Eso lo decidirá Sebastián.
Laura la observó con absoluta serenidad.
—Legalmente, el doctor no puede decidir absolutamente nada sobre esta propiedad.
Los empleados comenzaron a sacar las maletas de Renata hacia el pasillo.
Ella intentó impedirlo.
El personal de seguridad intervino inmediatamente.
Sebastián observaba la escena completamente paralizado.
Era la primera vez que comprendía cuánto desconocía de la vida de su esposa.
Mientras tanto, Mariana se encontraba en la sala de juntas del edificio corporativo de Grupo Alcázar.
Frente a ella había ocho directivos.
En la pantalla aparecía el logotipo del Hospital San Jerónimo.
Uno de los ejecutivos rompió el silencio.
—Licenciada, el convenio anual vence dentro de cuarenta y ocho horas.
Ella asintió.
—¿Cuál es el monto total de nuestras aportaciones?
—Doscientos ochenta millones de pesos entre equipo médico, becas, investigación y mantenimiento.
Otro consejero agregó:
—Sin ese convenio, el hospital perdería casi todo su presupuesto para neurocirugía.
Mariana permaneció unos segundos observando la pantalla.
Durante nueve años había firmado aquellos convenios sin aparecer en ninguna fotografía.
Nunca quiso que Sebastián sintiera que su carrera dependía de ella.
Ahora todo era diferente.
—No renovaremos automáticamente.
Los ocho consejeros intercambiaron miradas.
—¿Desea renegociar?
—No.
Primero quiero una auditoría completa.
Cada contrato.
Cada factura.
Cada peso.
Y suspendan cualquier transferencia pendiente.
El director financiero tomó nota.
—Se hará inmediatamente.
En ese mismo instante, el teléfono personal de Mariana vibró.
Era el director general del Hospital San Jerónimo.
Ella respondió con tranquilidad.
—Buenas noches, doctor.
—Licenciada Alcázar… acabamos de recibir la notificación de suspensión temporal del convenio.
¿Ocurrió algo?
Mariana observó por la ventana las luces de Polanco.
—Sí.
Acabo de descubrir que durante años financié el prestigio de un hombre que jamás supo valorar quién caminaba a su lado.
Del otro lado de la línea hubo un largo silencio.
Finalmente, el director preguntó con evidente preocupación:
—¿El doctor Sebastián Luján está relacionado con esta decisión?
Mariana cerró lentamente la carpeta del convenio.
—Mañana por la mañana lo estará todo el hospital.
Porque todavía hay una verdad que nadie conoce.
Y cuando descubran quién ha sostenido realmente al Hospital San Jerónimo durante la última década, la carrera impecable del neurocirujano más famoso de la institución comenzará a derrumbarse delante de todos.