El automóvil apenas había avanzado tres cuadras cuando el teléfono de Valeria comenzó a vibrar sin descanso.
Primero llamó Sebastián.
Luego su asistente.
Después, tres miembros del consejo.
Ella no respondió a ninguno.
Quince minutos más tarde entró al antiguo despacho de su padre, en Polanco.
El abogado del fideicomiso ya la esperaba de pie junto a una mesa de nogal.
—Señora Alcázar, la orden fue ejecutada hace exactamente ocho minutos.
Valeria dejó el bolso sobre la mesa.
—¿Todo quedó suspendido?
—Absolutamente todo.
El abogado abrió una carpeta.
—Las líneas de crédito del Grupo Horizonte quedaron congeladas. Las garantías bancarias fueron suspendidas y las transferencias internacionales están bloqueadas hasta que la administradora del fideicomiso autorice lo contrario.
Valeria asintió sin cambiar el gesto.
En ese mismo instante, al otro lado de la ciudad, Sebastián terminaba su discurso entre aplausos.
Levantó la copa.
—Este es el comienzo de una nueva etapa para nuestra empresa…
No alcanzó a terminar la frase.
Su director financiero subió apresuradamente al escenario.
Tenía el rostro completamente pálido.
—Sebastián… necesitamos hablar ahora mismo.
Él intentó sonreír.
—Después del brindis.
—No puede esperar.
El hombre le mostró la pantalla de una tableta.
Sebastián leyó dos líneas.
La sonrisa desapareció.
—Eso es imposible.
Volvió a leer.
FIDEICOMISO DEL VALLE: OPERACIONES SUSPENDIDAS POR ORDEN DE LA ADMINISTRADORA.
Sintió un vacío en el estómago.

—Debe ser un error del banco.
Sacó su teléfono.
Marcó al gerente financiero.
No contestó.
Llamó al banco principal.
La respuesta fue la misma.
—Señor Del Valle, todas las operaciones quedaron bloqueadas por instrucciones de la titular del fideicomiso.
Sebastián frunció el ceño.
—Yo soy el director general.
—Sí, señor. Pero usted nunca fue el propietario del fideicomiso.
Las copas comenzaron a bajar lentamente.
Los invitados observaban el escenario.
Los periodistas dejaron de fotografiar a la mujer del vestido rojo.
Ahora todas las cámaras apuntaban hacia Sebastián.
El presidente del consejo se acercó.
—¿Qué está pasando?
Sebastián apenas podía hablar.
—Hay un problema técnico.
En ese momento apareció otro ejecutivo corriendo.
—Acaban de cancelar la firma con los inversionistas extranjeros.
—¿Qué?
—Los bancos rechazaron las garantías hace cinco minutos.
Un silencio pesado cayó sobre el salón.
La mujer del vestido rojo tomó a Sebastián del brazo.
—¿Esto tiene que ver con tu esposa?
Él no respondió.
Porque acababa de recordar algo que siempre había considerado una simple formalidad.
Seis años atrás, durante su boda, el padre de Valeria le había dicho una sola frase.
“El dinero nunca seguirá el apellido… siempre seguirá la firma correcta.”
Y por primera vez comprendió que jamás había sido esa firma.
En ese instante, el celular de Sebastián recibió un mensaje de un número privado.
Solo contenía una línea.
“La administradora del fideicomiso solicita una reunión… y no irá sola.”
Continuará…