PARTE 2 – LA LLAMADA QUE NUNCA LE PERMITIERON RECIBIR

Rodrigo permaneció inmóvil frente a la pantalla.

El nombre de Camila seguía apareciendo al pie de la autorización.

Camila Arriaga.

La mujer con la que pensaba casarse.

La misma que un año atrás le había jurado entre lágrimas que Isabel lo engañaba.

Hugo volvió a hablar.

—Eso no es lo peor.

Rodrigo apenas pudo responder.

—¿Qué más encontraste?

El investigador respiró profundamente.

—Las cuatro llamadas del hospital fueron desviadas el mismo día.

—Alguien cambió tu número de contacto por uno temporal.

—Ese número estuvo activo solo cuarenta y ocho horas.

Rodrigo sintió un nudo en la garganta.

—¿Quién lo contrató?

—Todavía no lo sabemos.

—Pero el pago salió de una cuenta vinculada a una fundación.

—¿Cuál?

Hugo respondió sin rodeos.

—La fundación presidida por Camila.

El silencio llenó la oficina.


Esa misma noche, Rodrigo condujo hasta la pequeña colonia donde vivía Isabel.

La encontró en un cuarto construido con láminas y bloques sin pintar.

La puerta permanecía abierta.

Dentro solo había dos cunas usadas.

Una mesa de plástico.

Una estufa vieja.

Y una fotografía de su boda.

Rodrigo sintió que el pecho le dolía.

Isabel levantó la vista.

No parecía sorprendida.

Solo cansada.

—¿Vienes a terminar lo que empezaste?

Él negó lentamente.

—Necesito hacerte una pregunta.

Ella siguió doblando ropa diminuta.

—Hazla.

—¿Los niños…

Su voz se quebró.

—…son míos?

Isabel levantó lentamente la cabeza.

Las lágrimas comenzaron a llenar sus ojos.

—Pensé que esa sería la primera pregunta que me harías hace diez meses.

Rodrigo sintió que el mundo se detenía.

—Respóndeme.

Ella caminó hasta una caja de cartón.

Sacó una carpeta azul.

La dejó sobre la mesa.

—Aquí están las pruebas de ADN que ordenó el hospital cuando nacieron.

Rodrigo abrió el expediente con manos temblorosas.

Leyó una sola línea.

Probabilidad de paternidad: 99.9998%.

Tuvo que apoyarse en la pared para no caer.

—Son…

—Sí.

Isabel respondió con absoluta calma.

—Tus hijos.


Rodrigo comenzó a llorar.

—¿Por qué nunca me buscaste?

Ella soltó una sonrisa triste.

—Lo hice.

Abrió otro sobre.

Había copias de cuatro solicitudes de contacto.

Cinco cartas.

Y decenas de mensajes impresos.

—Todos regresaron.

—Todos aparecían como rechazados.

Rodrigo observó las fechas.

Había una carta enviada dos días después del parto.

Otra cuando los gemelos cumplieron tres meses.

Otra cuando enfermaron de bronquiolitis.

Nunca recibió ninguna.

—Yo…

No encontró palabras.

Isabel lo miró fijamente.

—La noche que me echaste de casa intenté decirte que estaba embarazada.

Rodrigo recordó aquel momento.

Ella había pronunciado:

“Además, estoy…”

Y él la había interrumpido.

Cerró los ojos con fuerza.


Al día siguiente regresó a la mansión.

Camila lo esperaba sonriente.

—¿Cómo te fue en Monterrey?

Él dejó una carpeta sobre la mesa.

—Explícamelo.

Camila abrió el expediente.

Al reconocer su propia firma, perdió por completo el color.

—Rodrigo…

—No es lo que parece.

—Entonces dime qué parece.

Ella comenzó a llorar.

—Lo hice por nosotros.

Él permaneció inmóvil.

—¿Qué hiciste exactamente?

Camila respiró con dificultad.

—Solo quería que dejaras de vivir obsesionado con Isabel.

Rodrigo golpeó la mesa.

—¡Responde!

Ella rompió definitivamente en llanto.

—Sí.

—Desvié las llamadas.

—Escondí las cartas.

—Y conseguí las fotografías del motel.

El silencio cayó entre los dos.

—¿También robaste el reloj de mi padre?

Camila bajó lentamente la cabeza.

—Sí.

—Necesitaba que la odiaras.


Rodrigo sintió una mezcla de rabia y vergüenza.

—Mis hijos crecieron diez meses sin su padre.

—Mi esposa terminó recogiendo latas.

—Y tú…

Respiró profundamente.

—¿Todo por celos?

Camila negó desesperadamente.

—Porque te amaba.

Él dio un paso atrás.

—No.

—Quien ama no destruye una familia.


Esa misma tarde, Rodrigo acudió a la fiscalía con todas las pruebas.

Mientras rendía declaración, Hugo recibió una nueva llamada.

Contestó.

Escuchó durante unos segundos.

Después buscó inmediatamente a Rodrigo.

—Tenemos otro problema.

Rodrigo levantó la vista.

—¿Qué pasó?

Hugo colocó una fotografía sobre la mesa.

—Las pruebas del divorcio tampoco fueron idea de Camila.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

El investigador deslizó otra carpeta.

—Ella solo ejecutó el plan.

—Alguien más lo organizó desde el principio.

Rodrigo abrió lentamente el expediente.

En la primera página aparecía el historial de llamadas entre Camila y otra persona.

Había más de trescientas comunicaciones en un solo año.

Todas con el mismo número.

Al final del informe figuraba un nombre.

Rodrigo sintió que la sangre abandonaba su rostro.

Era alguien a quien jamás habría imaginado.

Su propia madre.

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