Parte 2: LA MUJER QUE DESAPARECIÓ

No dormí aquella noche.

Esperé hasta escuchar el automóvil de Nathaniel salir de la mansión.

Entonces me levanté.

Abrí el armario.

No preparé maletas grandes.

Solo tomé lo que realmente era mío.

Mis documentos.

El pasaporte.

Los certificados académicos.

Y una pequeña caja blanca.

Dentro estaban los zapatitos que había comprado para mi hija.

Los sostuve durante unos segundos.

Después cerré la tapa.

Ya no lloraba.

Las lágrimas se habían quedado en aquella escalera.


A la mañana siguiente, la casa despertó con normalidad.

La señora Blackwood, mi suegra, desayunaba con Noah.

Charlotte también estaba allí.

Al parecer, había pasado la noche.

Nadie parecía encontrar extraño que la exesposa compartiera el desayuno con la familia.

Nathaniel entró unos minutos después.

Tenía el rostro cansado.

Buscó mi asiento con la mirada.

—¿Dónde está Elena?

La empleada respondió.

—La señora salió temprano.

Frunció el ceño.

—¿Adónde?

—No lo dijo.

Charlotte sonrió con aparente naturalidad.

—Seguro fue a distraerse.

Nathaniel no respondió.

Por primera vez parecía inquieto.


Mientras tanto, yo estaba en el despacho de mi abogada.

La carpeta llevaba mi nombre.

—Todo está preparado.

Firmé la última hoja.

—¿Quiere presentar también la demanda por negligencia relacionada con la pérdida del embarazo?

Guardé silencio unos segundos.

—Sí.

La abogada asintió.

—El informe médico confirma que la caída provocó el desprendimiento de placenta.

También tenemos el historial psicológico donde consta que usted denunció lo ocurrido desde el primer momento.

Respiré profundamente.

—Perfecto.

—¿Y respecto al menor?

Sabía perfectamente a quién se refería.

Noah.

El niño al que había criado durante cuatro años.

El mismo que me empujó.

Cerré lentamente la carpeta.

—No pediré ninguna responsabilidad contra él.

Mi abogada me observó sorprendida.

—¿Está segura?

Asentí.

—Solo tenía trece años.

Hizo una pausa.

—Los adultos fueron quienes decidieron enseñarle a odiarme.


Aquella tarde regresé por última vez a la mansión.

No quedaba casi nada mío.

Mientras recogía los últimos libros, Nathaniel entró apresuradamente en la habitación.

—¿Qué significa esto?

Dejó sobre la cama los documentos del divorcio.

Lo miré con calma.

—Exactamente lo que dice.

—No puedes hablar en serio.

Continué guardando mis cosas.

—Nunca habías mencionado divorciarte.

Sonreí levemente.

—Antes tampoco imaginaba perder a mi hija.

El silencio llenó la habitación.

Nathaniel dio un paso hacia mí.

—Podemos superar esto.

Levanté la vista.

—¿”Esto”?

Se quedó inmóvil.

—No sabes ni cómo llamarlo.

Por primera vez no encontró respuesta.

—Elena…

—¿Recuerdas cuál era el nombre que habíamos elegido para nuestra bebé?

Su rostro cambió.

Intentó responder.

No pudo.

Después de varios segundos bajó lentamente la cabeza.

No lo recordaba.

Yo sí.

Todos los días.

Cada noche.

Cada vez que cerraba los ojos.

Tomé la pequeña caja blanca.

—Se llamaba Grace.

Nathaniel cerró los ojos.

Su respiración comenzó a acelerarse.

—Lo siento.

Negué con tranquilidad.

—No.

Ya no sirve.


Cuando bajé las escaleras, Noah estaba sentado en el salón.

No levantó la vista.

Solo habló en voz muy baja.

—¿Te vas?

—Sí.

Hubo un largo silencio.

Después añadió algo que nadie esperaba.

—Yo…

Las palabras parecían quedarse atrapadas en su garganta.

Finalmente murmuró:

—No quería que muriera el bebé.

Me detuve.

Lo observé durante unos segundos.

Era la primera vez que veía miedo verdadero en sus ojos.

No rabia.

No desafío.

Miedo.

Me acerqué lentamente.

—Lo sé.

Sus labios comenzaron a temblar.

—Mamá dijo que tú querías quitarnos a papá.

Cerré los ojos un instante.

Ya no me sorprendía.

Charlotte.

Siempre Charlotte.

Le acaricié suavemente el cabello por última vez.

—Algún día entenderás quién te mintió realmente.

No esperé respuesta.

Seguí caminando.

Nathaniel permanecía inmóvil junto a la puerta principal.

—¿No hay nada que pueda hacer?

Tomé la maleta.

Lo miré por última vez.

—Sí.

Por un instante pareció recuperar la esperanza.

Entonces pronuncié las últimas palabras que le diría como esposa.

—Cuando vuelvas a enamorarte de alguien…

…créela la primera vez que te diga que está sufriendo.

Salí de la casa sin volver la vista atrás.

Mi teléfono vibró.

Era un mensaje de la Universidad de California.

“Su vuelo ha sido confirmado para el próximo martes. Bienvenida al programa de doctorado.”

Sonreí.

No porque ya hubiera olvidado.

Sino porque, por primera vez en mucho tiempo…

mi futuro ya no llevaba el apellido Blackwood.

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