Nathan dejó caer los pedazos del contrato sobre la mesa y esperó mi respuesta.
Nadie me había hecho aquella pregunta.
Ni en esta vida.
Ni en la anterior.
Bajé lentamente la mirada hacia mi vientre.
Después levanté la cabeza.
—Quiero vivir una vida que no termine arrepintiéndome de haber existido.
El silencio llenó la sala.
Adrian desvió la mirada por primera vez.
Nathan tomó otra carpeta.
—Entonces empezaremos por proteger tus derechos.
Durante las dos horas siguientes revisó cada cláusula.
El acuerdo original obligaba a entregar al bebé apenas naciera.
Yo renunciaba a toda custodia.
A toda decisión.
Incluso al derecho de volver a verlo.
Nathan cerró la carpeta con firmeza.
—Esto no es un acuerdo. Es una compra.
Adrian frunció el ceño.

—Ella aceptó.
—Aceptó porque creyó que no tenía otra opción.
Nathan lo sostuvo con la mirada.
—Y desde este momento sí la tiene.
Respiré profundamente.
En mi vida anterior habría firmado sin leer.
Habría pensado primero en Adrian.
Después en nuestro hijo.
Y yo habría quedado al final, como siempre.
Pero ya había muerto una vez.
No estaba dispuesta a repetir ese destino.
Tres días después firmamos un nuevo contrato.
El dinero sería entregado íntegramente antes del parto.
El bebé permanecería conmigo durante el primer año.
Después decidiríamos cualquier cambio únicamente si ambas partes estaban de acuerdo.
Cuando terminé de firmar, Adrian me observó en silencio.
—Has cambiado mucho.
Sonreí con tranquilidad.
—No.
—Simplemente dejé de perseguirte.
Aquellas palabras parecieron incomodarlo más que cualquier discusión.
Las semanas comenzaron a pasar.
Vivía sola en una pequeña casa alquilada.
Nathan visitaba con frecuencia para revisar documentos y asegurarse de que todo marchara bien.
Nunca hacía preguntas incómodas.
Nunca intentaba compadecerme.
Simplemente estaba allí cuando necesitaba ayuda.
Una tarde, mientras preparábamos té, sonó el teléfono de Adrian.
Contestó delante de mí.
Su expresión cambió por completo.
—¿Qué ocurrió?
Al otro lado hablaban con urgencia.
Clara Shaw había sufrido un grave accidente durante un viaje de negocios.
El mismo accidente en el que, en mi vida anterior, Adrian había corrido a abandonarme durante semanas para permanecer junto a ella.
Esta vez colgó lentamente.
Me miró.
Esperaba, quizá, encontrar celos.
O tristeza.
Solo encontró calma.
—¿No vas a preguntarme si iré a verla?
Negué con la cabeza.
—Ya no es asunto mío.
Adrian permaneció inmóvil.
Por primera vez comprendía algo que jamás había imaginado.
En la vida anterior fui yo quien pasó décadas intentando alcanzar un corazón que nunca sería mío.
Ahora era él quien observaba cómo yo seguía caminando… sin volver la vista atrás.
En ese momento Nathan recibió una llamada.
Escuchó unos segundos y después me miró con expresión seria.
—Elena…
—Acaban de encontrar el diario que escribiste antes de morir en tu primera vida.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
Porque ese cuaderno contenía un secreto que jamás le confesé a nadie…
Ni siquiera a Adrian.
Continuará…