PARTE 2: LOS PENSAMIENTOS QUE NO PODÍA OCULTAR.

Durante varios segundos, ninguno de los tres dijo nada.

Sebastian permanecía frente a la puerta de mi apartamento, empapado por la lluvia, con la camisa pegada a los hombros y una expresión tan controlada que cualquiera habría pensado que estaba allí por un asunto de negocios.

Pero dentro de mi cabeza, su voz era un caos.

“Está frente a mí.”

“No cierres la puerta.”

“Di algo antes de que vuelva a desaparecer.”

Chloe miró primero a su primo y después a mí.

—Voy a fingir que esta visita a medianoche es completamente normal.

Tomó su bolso y pasó junto a Sebastian.

Antes de entrar al ascensor, se volvió hacia él.

—No la hagas llorar.

La mandíbula de Sebastian se tensó.

“Ya lo hice.”

Chloe se marchó.

Yo seguí sosteniendo la puerta.

—¿Qué quiere, señor Reed?

Sus ojos se oscurecieron al escuchar el trato formal.

—Hablar contigo.

“Dime Sebastian.”

—Es tarde.

—Lo sé.

“Llevo tres semanas intentando encontrar una excusa para verte.”

—Mañana trabajo temprano.

—No tardaré mucho.

“Déjame entrar.”

No quería hacerlo.

Cada vez que lo miraba recordaba las primeras frases que había escuchado en su oficina.

Una empleada insignificante.

Una mujer sin dignidad.

Alguien que no pertenecía a su mundo.

Sin embargo, también escuchaba ahora la desesperación que él se negaba a mostrar.

Me aparté de la puerta.

—Cinco minutos.

Sebastian entró.

Su mirada recorrió mi apartamento pequeño, las plantas junto a la ventana y los libros apilados sobre una silla.

Por fuera no hizo ningún comentario.

Dentro de mi cabeza, su voz se volvió más suave.

“Así es su casa.”

“Todo se parece a ella.”

“Cálido.”

“Tranquilo.”

“Demasiado lejos de mí.”

Cerré la puerta con más fuerza de la necesaria.

—¿Por qué vino?

Sebastian se quedó de pie.

—Quería saber si hice algo para incomodarte.

Casi me reí.

—¿De verdad no lo sabe?

“Sí hice algo.”

“Pero no sé qué.”

“Desde aquella tarde no volvió.”

“Debí detenerla.”

—No —respondió—. Por eso estoy preguntando.

Me crucé de brazos.

—Escuché lo que pensaba de mí.

El silencio fue inmediato.

Por primera vez, también desapareció la voz dentro de mi cabeza.

Sebastian no se movió.

No parpadeó.

Solo me observó con una intensidad distinta.

—¿Qué acabas de decir?

—Que escuché sus pensamientos.

La confesión sonó absurda incluso para mí.

Esperaba que se burlara.

Que me creyera enferma.

Que llamara a Chloe.

Pero Sebastian se limitó a preguntar:

—¿Desde cuándo?

—Desde aquella tarde en su oficina.

Algo parecido al miedo atravesó su rostro.

“Entonces lo oyó.”

Su pensamiento volvió a aparecer.

Me dolió más que antes.

—Sí —susurré—. Lo oí.

Él dio un paso hacia mí.

—Emma, lo que escuchaste…

—Pensaba que yo inventaba excusas para verlo.

Sebastian cerró los ojos.

—Sí.

—Pensaba que no tenía dignidad.

—No exactamente.

—Pensaba que no pertenecíamos al mismo mundo.

Su expresión se endureció.

—Eso sí lo pensé.

La honestidad me golpeó.

—Entonces no hay nada más que hablar.

Intenté pasar junto a él para abrir la puerta, pero Sebastian me sujetó suavemente de la muñeca.

En mi cabeza escuché un grito.

“No la dejes ir otra vez.”

Aparté la mano.

—No me toque.

Él me soltó inmediatamente.

—Perdón.

“Idiota.”

“Lo empeoraste.”

Respiró hondo.

—Lo que escuchaste no eran pensamientos completos.

—Las palabras fueron bastante claras.

—Porque no comenzaban donde tú crees.

Fruncí el ceño.

Sebastian miró hacia la ventana como si ordenar lo que sentía le resultara más difícil que dirigir su imperio financiero.

—Hace dos años descubrí que buscabas excusas para venir a mi oficina.

Sentí calor en las mejillas.

—No tiene que humillarme más.

—No estoy intentando humillarte.

“Me di cuenta desde el segundo mes.”

“Sabía que la oficina no le quedaba de camino.”

“Guardé todos los informes que trajo.”

Sebastian continuó en voz alta:

—Al principio pensé que Chloe te enviaba.

—Ella no sabía nada.

—Lo comprendí después.

Sus pensamientos llegaban entrecortados.

“Cada vez que entraba, olvidaba lo que estaba leyendo.”

“Una vez repetí la misma página cinco veces.”

“Ella sonreía y yo no sabía qué decir.”

Lo miré, confundida.

—Entonces, ¿por qué pensaba cosas tan crueles?

Sebastian bajó la mirada.

—Porque estaba intentando convencerme de que no debía acercarme a ti.

—¿Convencerse?

—No somos del mismo mundo, Emma.

La frase volvió a doler.

Pero esta vez escuché lo que no dijo en voz alta.

“Mi mundo destruye todo lo que toca.”

“Mi padre investigó a Chloe cuando éramos adolescentes.”

“Mis competidores vigilan a cualquiera que me importe.”

“Si supieran lo que siento por ella…”

Sebastian apretó las manos.

—Mi familia no funciona como la tuya.

—No conoce a mi familia.

—Chloe me ha contado suficiente.

Su mente añadió:

“Personas que cenan juntas.”

“Que se llaman por sus cumpleaños.”

“Que se abrazan sin pedir nada a cambio.”

“Todo lo que yo nunca tuve.”

La rabia que había sostenido durante tres semanas comenzó a mezclarse con una incómoda incertidumbre.

—¿Y la bufanda?

Él me miró.

—¿Qué pasa con ella?

—La que recibió en Navidad.

Sebastian tardó un segundo en responder.

—Sabía que era tuya.

Abrí mucho los ojos.

—No puse mi nombre.

—Reconocí el perfume.

El corazón me dio un vuelco.

Su voz interior se volvió casi avergonzada.

“También reconocí las puntadas torcidas del borde.”

“Ella misma la arregló.”

“La usé incluso cuando no hacía frío.”

—Entonces sabía que yo…

—Sí.

—¿Y nunca dijo nada?

—No sabía cómo hacerlo.

Solté una risa incrédula.

—Dirige empresas en seis países, pero no sabía cómo agradecer una bufanda.

—Los contratos son más sencillos que tú.

Aquello me dejó en silencio.

Sebastian pareció arrepentirse de haberlo dicho.

“Demasiado directo.”

“Ahora pensará que me estoy burlando.”

Pero no sonaba como una burla.

Sonaba como una confesión.

Me alejé unos pasos.

—Aun así pensó que yo era molesta.

—Pensé que eras peligrosa.

—¿Peligrosa?

Él me sostuvo la mirada.

—Porque esperaba tus visitas.

Su pensamiento terminó la frase.

“Porque empecé a necesitarla.”

La habitación pareció quedarse sin aire.

Sebastian avanzó lentamente.

—Cuando dejaste de venir, pregunté por ti.

—Lo sé.

—Bajé a recepción todos los días.

—También lo sé.

—Revisé los contratos de tu empresa solo para comprobar si tu nombre seguía apareciendo.

No había escuchado esa parte.

—Eso no explica por qué vino esta noche.

Él guardó silencio.

Entonces su teléfono comenzó a vibrar.

Sebastian miró la pantalla y su expresión cambió.

Dentro de mi cabeza escuché algo completamente distinto a todo lo anterior.

“Maldición.”

“Me encontraron.”

Rechazó la llamada.

—Debo irme.

—Hace un minuto estaba rogando quedarse.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—¿También escuchaste eso?

—Sí.

Por primera vez, una leve sonrisa apareció en sus labios.

Pero desapareció cuando el teléfono vibró nuevamente.

Esta vez llegó un mensaje.

Sebastian intentó ocultar la pantalla, pero alcancé a ver una fotografía.

Era yo.

Saliendo de mi oficina aquella misma tarde.

Tomada desde el interior de un automóvil.

—¿Quién tomó eso?

—No importa.

—Parece que sí importa.

—Emma, cierra la puerta cuando me vaya y no abras a nadie.

Sus pensamientos eran mucho más aterradores.

“Debí mantenerme lejos.”

“Ya saben quién es.”

—¿Quiénes saben quién soy?

Sebastian palideció.

No había hablado en voz alta.

Yo había respondido directamente a su pensamiento.

—No deberías poder escucharme con tanta claridad —murmuró.

—¿Qué significa eso?

En lugar de responder, se acercó a la ventana y apartó apenas la cortina.

Un vehículo negro estaba estacionado al otro lado de la calle.

Con las luces apagadas.

—¿Lo conoce? —pregunté.

Sebastian sacó su teléfono y escribió algo rápidamente.

—Mi equipo de seguridad llegará pronto.

—No ha respondido.

Él se volvió hacia mí.

—Hace años, mi madre podía escuchar pensamientos.

El mundo pareció inclinarse.

—¿Qué?

—No los de todos. Solo los de una persona.

—¿De quién?

Sebastian tragó saliva.

—De mi padre.

Me quedé completamente inmóvil.

—¿Por qué me cuenta eso ahora?

—Porque esa capacidad no apareció por casualidad.

Se acercó hasta quedar frente a mí.

Su rostro seguía siendo frío.

Su mente, en cambio, estaba aterrada.

“Si ella puede oírme, significa que el vínculo ya comenzó.”

—¿Qué vínculo?

Sebastian cerró los ojos.

Antes de que respondiera, se escuchó un golpe en el pasillo.

Después otro.

Alguien intentaba abrir la puerta desde fuera.

Sebastian me empujó detrás de él y sacó un arma pequeña de la parte posterior de su cinturón.

Yo dejé de respirar.

La cerradura comenzó a girar lentamente.

Y entonces escuché una voz nueva dentro de mi cabeza.

No era la de Sebastian.

Era una voz femenina.

Fría.

Muy cerca.

“Por fin encontramos a la mujer que puede escuchar al heredero.”

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