Mientras la pickup salía de la residencia Montenegro con las llantas chirriando, Ernesto sostenía una mano sobre la herida de Camila para detener la hemorragia.
—No te duermas, hija. Mírame.
Camila abrió apenas un ojo.
—Perdón, papá… pensé que iba a cambiar.
—Ya no tienes que volver nunca con él.
Cinco minutos después llegaron al Hospital General de Querétaro.
Los médicos la recibieron de inmediato.
Fractura de pómulo.
Tres costillas rotas.
Señales de estrangulamiento.
Traumatismo craneal.
Mientras la llevaban al quirófano, un policía municipal apareció en recepción.
—¿Quién presentó el reporte?
—Yo —respondió Ernesto.
El agente consultó una carpeta.
—La familia Montenegro informó que la señora cayó por las escaleras bajo los efectos del alcohol.
Ernesto lo miró fijamente.
—Mi hija no bebe.
El policía cerró la carpeta.
—Entonces será el Ministerio Público quien determine lo ocurrido.
Se dio media vuelta para marcharse.
En ese instante, el teléfono satelital de Ernesto vibró.
Contestó sin apartarse del pasillo.
—Cóndor 7.
La voz al otro lado fue inmediata.
—Protocolo Faro activado. Primer equipo en diez minutos.
—¿Confirmación?
—Unidad Anticorrupción Federal, Asuntos Internos y Fiscalía Especial ya fueron notificadas. Ninguna autoridad local intervendrá sola.
Ernesto colgó.
Exactamente nueve minutos después, tres camionetas negras sin distintivos entraron al hospital.
No llevaban sirenas.
Solo placas oficiales.
Del vehículo principal descendió una mujer de traje oscuro.
Mostró una credencial al director del hospital.
—Fiscal Especial Mariana Castañeda.
Luego caminó directamente hacia Ernesto.

Le extendió la mano.
—Mi general.
El policía municipal palideció.
—¿General?
Mariana lo ignoró.
—Recibimos su código de activación. El Protocolo Faro queda bajo jurisdicción federal.
En ese momento, el celular del policía comenzó a sonar sin descanso.
Respondió nervioso.
Su expresión cambió por completo.
—¿Cómo que entregue mi arma?… Sí, señor… ahora mismo.
Colgó temblando.
Mariana guardó una carpeta sobre la mesa.
—Hace dos años abrimos una investigación reservada sobre la familia Montenegro por corrupción, lavado de dinero y compra de funcionarios.
Le mostró varias fotografías.
Entre ellas aparecían Sebastián abrazando al comandante municipal y al fiscal regional durante una cena privada.
—Solo nos faltaba una víctima que se atreviera a denunciar.
Ernesto cerró lentamente la carpeta.
—Ya la tienen.
En ese instante, un médico salió del quirófano.
—¿Familiares de Camila Salgado?
Ernesto dio un paso al frente.
El médico respiró hondo.
—Su hija sobrevivirá… pero antes de perder el conocimiento alcanzó a decir una frase que cambia por completo esta investigación.
—¿Qué dijo?
El médico lo miró con seriedad.
—Que Sebastián no era el único que la golpeaba dentro de esa casa.
Continuará…