Diego no apartó la vista del teléfono.
Su madre intentó reír.
—¿Y ahora qué teatro preparaste?
Mariana presionó el botón de reproducción.
La grabación había comenzado la noche anterior, cuando ella olvidó el teléfono sobre la barra de la cocina mientras iba por unos documentos.
Primero se escuchó la voz de Diego.
—¿Ya hablaste con ella?
Después respondió Irma.
—Todavía no. Hay que esperar a que firme después de la boda.
Mariana observó cómo el color desaparecía del rostro de su prometido.
El audio continuó.
—¿Y si no quiere vender el departamento?
Irma soltó una carcajada.
—Entonces le dices que un matrimonio comparte todo. Cuando nazca el primer hijo ya no se atreverá a discutir.
Diego guardó silencio unos segundos.
Luego hizo una pregunta que terminó de romperlo todo.
—¿Cuándo nos mudamos tú y yo?
—En cuanto venda este departamento. Esa muchacha trabaja demasiado. Ni siquiera tendrá tiempo de darse cuenta de que la casa estará a mi nombre.
Mariana detuvo la grabación.
En la sala solo se escuchaba el goteo de la lluvia contra las ventanas.
Irma fue la primera en reaccionar.
—Eso está sacado de contexto.
—¿Qué contexto necesita la frase “la casa estará a mi nombre”? —preguntó Mariana.
Diego dio un paso adelante.
—Amor, yo…
—No me llames así.
Él levantó las manos.
—Solo era una conversación.
Mariana abrió otra carpeta.
Dentro estaba el presupuesto completo de la boda.
—¿Sabes cuánto he pagado hasta hoy?
Diego bajó la mirada.

—No exactamente.
—El noventa y cuatro por ciento.
Sacó otra hoja.
—El salón, el banquete, el fotógrafo, el vestido, la luna de miel y los anticipos de los proveedores salieron de mi cuenta.
Irma frunció el ceño.
—Mi hijo iba a aportar después.
—Llevan siete meses diciendo “después”.
Diego respiró hondo.
—Mi negocio necesita un poco más de tiempo.
Mariana abrió la aplicación bancaria en su computadora y giró la pantalla hacia él.
—¿Sabes cuánto depositaste para la boda?
Él no respondió.
—Cero pesos.
La palabra cayó como una piedra.
Irma intentó cambiar de tema.
—El dinero no es lo importante en una familia.
Mariana sonrió con tristeza.
—Hace cinco minutos me pidió doce mil pesos apenas cruzó la puerta.
La futura suegra enmudeció.
Mariana tomó entonces una carpeta color azul.
—Anoche también encontré esto.
Diego reconoció inmediatamente el contrato.
Era la solicitud de crédito que él le había pedido firmar “por si el banco necesitaba un aval”.
Mariana deslizó el documento hasta dejarlo frente a él.
—Léelo en voz alta.
Diego no lo tocó.
—No hace falta.
—Hazlo.
Él permaneció inmóvil.
Mariana pasó directamente a la última página.
—No era un aval temporal.
Miró a Irma.
—Era una garantía hipotecaria sobre mi departamento.
La mujer abrió mucho los ojos.
—¿Qué?
—Si el negocio de Diego fracasaba, el banco podía reclamar mi propiedad.
Irma giró lentamente hacia su hijo.
—¿Eso es cierto?
Diego tragó saliva.
—Solo era una medida preventiva.
—Nunca me lo dijiste.
—Pensé que después lo entenderías.
Mariana soltó una risa amarga.
—Por eso insistías tanto en casarnos antes de terminar el año.
Ninguno respondió.
Ella caminó hasta la puerta principal.
La abrió de par en par.
—La boda queda cancelada.
Irma dio un paso adelante.
—No puedes humillar así a mi hijo.
—No.
Mariana señaló las huellas de lodo que seguían marcando el piso.
—La humillación empezó cuando usted creyó que podía entrar aquí como si ya fuera dueña de mi vida.
Diego intentó acercarse.
—Mariana, podemos arreglar esto.
Ella negó lentamente.
—No quiero pasar el resto de mi vida preguntándome qué otro documento intentarán poner frente a mí.
Sacó el anillo de compromiso.
Lo dejó sobre la mesa.
—Recoge a tu madre.
—¿Me estás echando?
—Los estoy sacando de mi departamento.
Diego miró el anillo.
Luego la escritura del inmueble.
Finalmente el audio detenido en la pantalla del teléfono.
Comprendió que ya no existía ninguna mentira capaz de salvarlo.
Mientras Irma recogía sus bolsas entre murmullos de indignación, el celular de Mariana vibró.
Era una llamada de la organizadora de la boda.
—Señorita Ortiz, el señor Diego acaba de pedir que cambien el salón a nombre de otra persona. Dice que usted ya está de acuerdo.
Mariana levantó lentamente la vista hacia Diego.
Él palideció.
Porque acababa de entender que esa llamada demostraba algo mucho peor que una simple mentira.
Había intentado quedarse con la boda… incluso antes de perder a la novia.