La sonrisa de Adrian desapareció.
Solo duró un segundo.
Después intentó recuperar la calma.
—No sé de qué estás hablando.
Seguí sujetando su muñeca.
Giré lentamente el gemelo bajo la luz del probador.
El pequeño escudo plateado quedó completamente visible.
Una corona.
Tres hojas de laurel.
Y la palabra Moretti grabada en el borde.
Claire tragó saliva.
Lucas acababa de entrar para avisarnos que el fotógrafo estaba esperando.
Al ver la escena, frunció el ceño.
—¿Qué pasa?
Solté una pequeña risa.
—Solo estaba admirando el accesorio de nuestro artista sin dinero.
Adrian retiró la mano de golpe.
—Es una copia.
Negué con tranquilidad.
—No.
Saqué mi teléfono.
Abrí una fotografía.
La coloqué delante de todos.
Era el catálogo privado de Moretti que mi padre había recibido meses atrás para una subasta benéfica.
—Edición “Heredero”.
Miré a Adrian.
—Doce pares fabricados en todo el mundo.
Solo podían comprarlos los descendientes directos de determinadas familias.
Levanté la vista.
—Entre ellas… el Grupo Cole.
El silencio cayó sobre la habitación.
Lucas soltó una carcajada forzada.
—Elena, estás imaginando cosas.
Lo miré.
—¿De verdad?
Deslicé otra fotografía.
Esta vez apareció una imagen de una revista empresarial.
En la portada estaba el fundador del Grupo Cole.
A su lado, un muchacho de dieciocho años.
Llevaba exactamente los mismos gemelos.
Aunque el rostro aparecía parcialmente cubierto por otras personas…
Era imposible no reconocerlo.
Adrian.
Claire dejó caer el bolso.
—Eso…
—¿También es una casualidad?
Pregunté sin apartar la vista de Adrian.
Él permanecía completamente inmóvil.
Respiró hondo.
—Puedo explicarlo.
Sonreí.
—Llevas cinco años explicándolo todo.
Hoy me toca hablar a mí.
Me acerqué un paso.
—No eres un pintor pobre.
—Nunca viviste en aquel apartamento diminuto.
—Nunca necesitaste mi dinero para comprar lienzos.
—Y jamás trabajaste como repartidor para pagar la renta.
Cada frase hacía que su expresión se volviera más rígida.
Hasta que pronuncié la última.
—Eres Adrian Cole.
El único hijo del presidente del Grupo Cole.
Claire cerró los ojos.
Lucas dio un paso atrás.
Ninguno de los dos se atrevía a mirarme.
Adrian sonrió de repente.
Una sonrisa extrañamente tranquila.
—¿Y qué cambia eso?
Todos levantamos la vista.
Él se acomodó la chaqueta.
—Sí.
Mi apellido es Cole.
Pero nunca te engañé sobre mis sentimientos.
Sentí ganas de reír.
Porque aquella misma mentira había destruido mi vida anterior.
—¿No?
Lo observé fijamente.
—Entonces llama ahora mismo a Nora.
Él frunció el ceño.
—¿Para qué?
—Quiero preguntarle delante de todos cuándo piensa convertirse en la madre de tu primer hijo.
Claire intervino inmediatamente.
—¡Basta!
—¿Por qué?
—Nora está enferma.
La miré con calma.
—La enfermedad nunca fue el problema.
El problema fue la mentira.
Saqué otro documento del bolso.
Lo coloqué sobre la mesa.
Adrian lo abrió.

Era un contrato.
—¿Qué significa esto?
—El acuerdo que querías.
Le señalé la última página.
—Solo falta tu firma.
Comenzó a leer.
A medida que avanzaba, su rostro cambiaba.
El documento establecía que Nora no tendría ningún derecho sobre el niño.
Ningún derecho económico.
Ninguna posibilidad de convivir con él.
Ninguna intervención en nuestro supuesto matrimonio.
Todo exactamente como él había dicho que debía ser.
Pero al final aparecía una cláusula nueva.
Una sola.
“Si cualquiera de las partes ocultó deliberadamente su identidad, patrimonio o relaciones sentimentales previas para obtener este matrimonio, el contrato quedará automáticamente anulado y la parte perjudicada recibirá una compensación equivalente al cincuenta por ciento del patrimonio personal ocultado.”
Adrian levantó lentamente la vista.
—Esto no estaba antes.
Sonreí.
—Claro que no.
Porque antes yo todavía confiaba en ti.
Lucas comenzó a ponerse nervioso.
—Elena…
Lo interrumpí.
—No hables.
Esta vez no.
Después miré a Claire.
—Tú tampoco.
Los dos guardaron silencio.
Sabían que cualquier palabra podía empeorarlo todo.
En ese momento llamaron a la puerta.
—Señorita Hayes.
Era uno de los empleados del hotel.
—Su padre acaba de llegar.
Mi corazón permaneció completamente tranquilo.
Porque llevaba dos vidas esperando aquel momento.
Mi padre entró acompañado por dos abogados.
Sonrió al verme.
—¿Todo listo para la boda?
Negué despacio.
—No.
Miré directamente a Adrian.
—Primero necesitamos aclarar unas cuantas mentiras.
Mi padre siguió mi mirada.
Reconoció inmediatamente los gemelos.
Después observó a Adrian durante varios segundos.
Finalmente sonrió con una serenidad inquietante.
—Así que tú eres el hijo de Richard Cole.
Adrian dejó de respirar.
—¿Usted… conoce a mi padre?
Mi padre soltó una leve risa.
—Desde hace treinta años.
Después sacó una carpeta de cuero negro.
La dejó sobre la mesa.
—Precisamente por eso…
Hizo una breve pausa.
—Antes de permitir que mi hija se casara contigo, mandé investigar discretamente a toda la familia Cole.
El rostro de Adrian perdió todo el color.
Porque comprendió demasiado tarde…
Que ya no era yo quien conocía su secreto.
Era mi padre quien llevaba meses reuniendo pruebas sobre toda su familia.