Valeria soltó la mano de Sebastián como si acabara de tocar fuego.
Intentó incorporarse.
El mareo la obligó a volver a caer sobre la almohada.
—Lo siento, señor Montemayor. Me quedé dormida trabajando.
Él permaneció sentado frente a la cama.
—Te desmayaste.
—Ya estoy bien.
—Mentira.
Sobre la mesa apareció una carpeta color negro.
Sebastián la abrió sin apartar los ojos de ella.
—Valeria Cruz. Veinticinco años. Tres empleos. Noventa horas de trabajo por semana.
Ella sintió un escalofrío.
—¿Investigó mi vida?
—Después de encontrarte inconsciente en mi biblioteca.
Pasó otra página.
—Deuda médica por un millón trescientos mil pesos.
Otra más.
—Préstamos con Rubén Salgado.
Otra.
—Una madre que cobra parte de tu salario cada semana.
Valeria dejó de respirar.
—¿Cómo sabe eso?
Sebastián cerró la carpeta.
—Porque anoche alguien intentó entrar a mis archivos usando tu nombre.
Ella abrió mucho los ojos.
—¿Qué?
—Alguien falsificó una credencial idéntica a la tuya.
Valeria negó con desesperación.
—Yo jamás…
—Lo sé.
Aquella respuesta la desconcertó.
—¿Me cree?
—Si hubieras sido tú, no habrías seguido limpiando sangre hasta desmayarte.
El jefe de seguridad llamó a la puerta.
—Señor.
—Pasa.
Entró un hombre robusto con una tableta electrónica.
—Revisamos todas las cámaras.
Colocó varias imágenes sobre la pantalla.
Aparecía una mujer usando uniforme de limpieza.
Llevaba gorra, cubrebocas y una credencial con el nombre de Valeria.
Pero no era ella.
—Entró hace cuatro noches —explicó el jefe de seguridad—. Permaneció siete minutos en el archivo privado.
Valeria sintió que el estómago se cerraba.
—Nunca había visto a esa mujer.
Sebastián amplió una fotografía.
La falsa empleada entregaba un sobre a un hombre en el estacionamiento.
El rostro quedó perfectamente enfocado.
Valeria dejó escapar un grito ahogado.

—No…
Sebastián levantó la vista.
—¿Lo conoces?
Ella comenzó a temblar.
—Es mi cuñado.
El mismo hombre que abandonó a Fernanda durante el tratamiento.
El mismo que desapareció dejando todas las deudas a su nombre.
Sebastián guardó silencio.
—Tu cuñado trabaja para alguien.
—No sé dónde está desde hace dos años.
El jefe de seguridad deslizó otra fotografía.
Esta vez aparecía Rubén Salgado.
El prestamista que llevaba meses amenazándola.
Estrechaba la mano de su cuñado frente a una cafetería.
—Eso fue hace cinco días.
Valeria sintió que las lágrimas comenzaban a caer.
—Mi mamá decía que él ya no existía para nosotros.
—Te mintió.
Sebastián volvió a abrir la carpeta.
—No solo ella.
Sacó varias transferencias bancarias.
Cada semana, una cantidad salía de la cuenta donde Valeria depositaba casi todo su sueldo.
El dinero no iba únicamente a los intereses de la deuda.
También terminaba en una cuenta controlada por su propia madre.
—No puede ser.
—Llevan dieciocho meses usando tu trabajo para financiar otra cosa.
—¿Qué cosa?
Sebastián permaneció en silencio unos segundos.
Después dijo la frase que hizo que el mundo dejara de girar.
—Están pagando para que alguien consiga información sobre mí.
Valeria negó con desesperación.
—Yo jamás les contaría nada.
—Por eso nunca te pidieron hacerlo.
Se acercó lentamente a la cama.
—Necesitaban que siguieras trabajando aquí.
—¿Para qué?
—Para convertirte en la culpable cuando llegara el momento.
El teléfono de Sebastián comenzó a sonar.
Contestó sin apartar la vista de Valeria.
Su expresión cambió de inmediato.
—¿Están seguros?
Escuchó unos segundos más.
—No permitan que salga.
Colgó.
Valeria sintió que el miedo volvía a recorrerle el cuerpo.
—¿Qué pasó?
Sebastián caminó hasta la ventana.
—Acaban de detener a un hombre intentando abandonar Monterrey.
—¿Quién?
Él giró lentamente.
—Tu cuñado.
Valeria respiró aliviada por un instante.
Pero Sebastián terminó la frase.
—Y llevaba una memoria USB con todos los planos de seguridad de esta mansión… firmados con tu nombre.**