El estruendo de los disparos convirtió la elegante mansión de los Valdés en un auténtico campo de batalla.
Las lámparas de cristal estallaban sobre el suelo mientras columnas de mármol recibían el impacto de las balas.
Los gritos de los sirvientes se mezclaban con las órdenes de los hombres armados.
Todo había ocurrido en apenas unos segundos.
Mateo avanzó entre el humo con una determinación feroz.
Cada paso lo acercaba a su esposa, que seguía inmovilizada por dos mercenarios.
Uno de ellos le apuntó directamente a la cabeza.
—¡Ni un paso más!
Mateo no respondió.
Su mirada permanecía fija en el rostro aterrorizado de la mujer.
Ella negó con la cabeza mientras las lágrimas recorrían sus mejillas.
—¡No, Mateo!
Un disparo cruzó el salón.
Uno de los escoltas de la familia cayó al suelo antes de alcanzar una columna.
La sangre comenzó a extenderse lentamente sobre el mármol blanco.
El líder de los encapuchados soltó una risa fría.
—Pensé que el gran heredero sería más inteligente.
Mateo continuó avanzando.
—Déjala ir.
—No estás en posición de negociar.
El hombre levantó lentamente una mano.
De inmediato, varios fusiles cambiaron de dirección y apuntaron hacia la madre de Mateo.
La anciana seguía encadenada, respirando con dificultad mientras observaba el cuerpo inmóvil de su esposo tendido a pocos metros.
Sus ojos estaban llenos de dolor.
Pero también de una inmensa preocupación por su hijo.
—No caigas en su juego… —susurró con voz quebrada.
El líder volvió a sonreír.
—Qué familia tan conmovedora.
De pronto lanzó un pequeño dispositivo al centro del salón.
El objeto rodó unos centímetros antes de detenerse.
Un teléfono comenzó a sonar.
Todos quedaron desconcertados.
Mateo lo observó durante unos segundos.
Finalmente contestó.
—¿Quién habla?
Una voz grave respondió desde el otro lado.
—No desperdicies municiones.
Mateo sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Reconocía aquella voz.
Aunque habían pasado casi quince años desde la última vez que la escuchó.
—Eso es imposible…
El hombre soltó una breve carcajada.
—Pensaste que había muerto.
Pero los errores de tu familia siempre tienen consecuencias.
La llamada terminó.
Mateo levantó lentamente la vista.
Miró fijamente al líder del grupo.
—¿Quién los contrató?
El encapuchado inclinó ligeramente la cabeza.
—La respuesta está mucho más cerca de lo que imaginas.
En ese instante uno de los guardias personales de la familia apareció corriendo desde el ala oeste de la residencia.
Su uniforme estaba cubierto de sangre.
Respiraba con enorme dificultad.
—¡Señor Mateo!
Cayó de rodillas.
—Entraron por los túneles antiguos…
Mateo abrió los ojos con sorpresa.
Los túneles.
Solo un reducido grupo de personas conocía aquellas galerías construidas décadas atrás por su abuelo.
Alguien de la familia había revelado el secreto.
El líder observó la reacción con evidente satisfacción.
—Ahora empiezas a comprender.
Otro intercambio de disparos obligó a todos a cubrirse.
Los escoltas restantes respondían desde la escalera principal.
El humo comenzaba a llenar el enorme salón.
Las alarmas de incendio finalmente se activaron.
Agua fría empezó a caer desde el techo.
El ambiente adquirió un aspecto fantasmal.
Mateo aprovechó la confusión.
Se lanzó hacia adelante con una velocidad inesperada.
Golpeó a uno de los mercenarios que retenía a su esposa.
El hombre perdió el equilibrio.
Ella consiguió soltarse una mano.
Pero antes de escapar, otro encapuchado la sujetó violentamente por el brazo.
—¡Quieta!
Mateo quiso acercarse.
Entonces escuchó un gemido débil.
Giró inmediatamente.
Su padre.
El anciano todavía respiraba.
Muy apenas.
Corrió hasta él.
Se arrodilló nuevamente.
El patriarca abrió lentamente los ojos.
Su voz era apenas audible.
—Escúchame…
Mateo acercó el oído.
—No fue un ataque al azar.
El anciano tosió sangre.
—Nos traicionaron…
Sus dedos buscaron con desesperación el bolsillo interior de su chaqueta.
Sacó una pequeña llave dorada.
La colocó en la mano de su hijo.
—La caja…
—No permitas…
Otro acceso de tos interrumpió sus palabras.
Mateo sostuvo con fuerza aquella diminuta llave.
—¿Qué caja?
El anciano reunió las pocas fuerzas que le quedaban.
—La del despacho…
—Solo tú…
Su cabeza cayó lentamente hacia un lado.
Los ojos permanecieron abiertos.
Completamente inmóviles.
Mateo comprendió que acababa de perder a su padre.
El tiempo pareció detenerse.
No escuchó los disparos.

Ni los gritos.
Ni el sonido de las sirenas acercándose desde la ciudad.
Solo observaba el rostro del hombre que había dedicado toda su vida a proteger el apellido Valdés.
Su esposa comenzó a llorar desconsoladamente.
La madre lanzó un desgarrador grito que atravesó toda la mansión.
Incluso varios mercenarios permanecieron inmóviles durante un instante.
El líder rompió el silencio.
—Ya terminó el sentimentalismo.
Levantó una pistola.
Apuntó directamente al pecho de Mateo.
—Ahora termina el heredero.
Antes de que pudiera disparar, una explosión sacudió el ala norte de la residencia.
Las ventanas estallaron.
Una enorme nube de polvo invadió el salón.
Los mercenarios comenzaron a comunicarse desesperadamente por radio.
—¡Jefe!
—¡Entraron refuerzos!
—¡Nos rodearon!
El líder maldijo entre dientes.
No esperaba aquella reacción.
Mateo aprovechó el caos.
Ayudó a su esposa a ponerse de pie.
Después corrió hacia su madre.
Con ayuda de uno de sus escoltas logró romper las cadenas que la sujetaban.
La anciana apenas podía mantenerse en pie.
—Tenemos que salir.
Pero ella negó lentamente.
Miró el cuerpo de su esposo.
—No pienso dejarlo aquí.
Mateo sintió cómo el dolor volvía a desgarrarlo.
Sin embargo, sabía que quedarse significaba morir.
Los disparos se acercaban cada vez más.
Uno de sus comandantes apareció desde el corredor principal.
—¡Señor!
—Solo tenemos tres minutos antes de que toda la estructura quede rodeada.
Mateo observó nuevamente la pequeña llave dorada.
Luego miró hacia el despacho privado de su padre, cuya puerta permanecía entreabierta al otro extremo del salón.
Recordó las últimas palabras del patriarca.
“La caja…”
Aquello debía contener algo capaz de explicar toda la traición.
Quizá incluso el nombre del verdadero enemigo.
Su esposa le sujetó la mano con fuerza.
—No vayas.
Su madre también lo miró.
—Tu padre quería salvarte.
No arriesgues tu vida.
Mateo cerró lentamente el puño alrededor de la llave.
Podía escapar con su familia.
O podía descubrir el secreto por el que acababan de destruir toda su dinastía.
Entonces, desde el despacho, se escuchó el inconfundible sonido metálico de una caja fuerte abriéndose sola mediante un mecanismo automático.
Todos dirigieron la mirada hacia aquella habitación.
Y, apenas un segundo después, una figura desconocida salió caminando entre el humo con un grueso expediente negro bajo el brazo.
Cuando levantó el rostro y Mateo logró reconocer quién era realmente, comprendió que la peor traición de su vida acababa de revelarse…