Parte 2: LA AURORA QUE ME ENSEÑÓ A ELEGIRME

Cuando el avión aterrizó en Helsinki, apagué el modo avión.

Tenía treinta y siete llamadas perdidas.

Veintinueve eran de Julian.

Las demás, de Marcus y dos amigas en común.

No respondí a ninguna.

Tomé el tren nocturno hacia Laponia mientras la nieve cubría lentamente los bosques de abedules.

Por primera vez en cinco años, no estaba organizando el viaje de otra persona.

Solo respiraba.

Al llegar a la cabaña de cristal, la recepcionista sonrió.

—¿Señorita Claire?

Asentí.

—Tenemos preparada una sorpresa para la pareja.

Negué suavemente.

—Ya no hay pareja.

Ella no hizo preguntas.

Solo retiró uno de los juegos de bienvenida.

Dos copas.

Dos albornoces.

Dos pares de pantuflas.

Todo volvió a ser uno.

Aquella noche me acosté mirando el techo de cristal.

Las primeras luces verdes comenzaron a aparecer sobre el cielo ártico.

Lloré.

No por Julian.

Lloré por la mujer que durante cinco años creyó que amar significaba ser siempre la que cedía.

A la mañana siguiente salí a caminar entre la nieve.

Mientras fotografiaba un lago completamente congelado, escuché una voz en inglés.

—¿Podría tomarme una fotografía?

Era un hombre de unos cuarenta años acompañado por una niña de ocho.

Le devolví el teléfono después de hacer varias fotos.

La pequeña sonrió.

—Papá siempre sale con los ojos cerrados.

Los tres terminamos riendo.

Antes de despedirse, él preguntó:

—¿Viaja sola?

—Sí.

—Debe de ser valiente.

Miré la inmensidad blanca frente a nosotros.

—No.

Solo estoy aprendiendo a dejar de esperar a quien nunca llega.

Aquellas palabras también parecían dirigidas a mí.

Mientras tanto, al otro lado del mundo, Julian descubría que las consecuencias no terminaban en el aeropuerto.

Cuando llegó al apartamento encontró la mitad del armario vacío.

Mi ropa había desaparecido.

También mi ordenador.

Los documentos.

Y la cuenta conjunta aparecía oficialmente cancelada.

Me llamó otra vez.

No contesté.

Entonces escribió un mensaje.

“Ya basta. Cuando vuelvas hablaremos como adultos.”

Lo eliminé sin abrirlo.

Dos días después publicó una fotografía desde una cafetería junto a Vanessa.

Intentaba demostrar que todo estaba bajo control.

Pero los comentarios comenzaron a multiplicarse.

“¿No era el viaje de aniversario con Claire?”

“¿Dónde está tu prometida?”

“¿Por qué aparece siempre la misma chica?”

Por primera vez, Julian no podía controlar la versión de la historia.

La verdad había comenzado a caminar sola.

La cuarta noche en Finlandia ocurrió lo que había esperado durante años.

La aurora cubrió todo el cielo.

Verde.

Azul.

Violeta.

Miles de luces danzando sobre la nieve.

Saqué del bolsillo una pequeña caja.

Dentro estaba el anillo que Julian pensaba regalarme.

Lo había encontrado mientras vaciaba el apartamento.

Nunca quiso esconderlo demasiado bien.

Lo observé durante unos segundos.

Después cerré la caja.

No necesitaba ese símbolo para confirmar que había tomado la decisión correcta.

La recepcionista se acercó discretamente.

—Señorita Claire…

Hay alguien preguntando por usted en recepción.

Fruncí el ceño.

—¿Quién?

—No quiso decir su nombre.

Solo pidió entregarle esto.

Me tendió un sobre.

En la parte delantera solo aparecía una frase escrita a mano.

“No vengo en nombre de Julian. Vengo porque Vanessa lleva cinco años mintiéndoles a los dos.”

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