Mariana no volvió la vista atrás.
Sujetó con firmeza la mano de su madre y salió del edificio.
Solo cuando ambas estuvieron dentro del automóvil, Elena rompió a llorar.
—Perdóname, hija.
Mariana la abrazó.
—La única que debe pedir perdón es la mujer que te puso esa cadena.
Arrancó el motor.
No condujo hacia un hotel.
Ni hacia la casa de una amiga.
Fue directamente al despacho de su abogada.
A las nueve de la mañana siguiente, Rodrigo despertó convencido de que su esposa regresaría.
Siempre lo hacía.
Después de cada discusión.
Después de cada humillación.
Después de cada promesa incumplida.
Pero aquella vez ocurrió algo diferente.
Su teléfono comenzó a sonar sin descanso.
Intentó pagar el desayuno con una de las tarjetas adicionales.
Pago rechazado.
Probó otra.
También rechazada.
Frunció el ceño.
Llamó inmediatamente a Mariana.
—Has bloqueado las tarjetas.
Ella respondió con absoluta calma.
—Claro.
—¡Estoy en un restaurante!
—Entonces paga con tu dinero.
Rodrigo apretó los dientes.
—¿Qué demonios estás haciendo?
—Separando mis cuentas de las tuyas.
Colgó.
Una hora después llegó al departamento.
La cerradura electrónica ya no aceptaba su huella.
Golpeó la puerta.
Nadie respondió.
Su madre apareció desde la cocina.
—¿Qué pasa?
—No puedo entrar.
Beatriz soltó una risa.
—Seguro esa muchacha hizo algún berrinche.
En ese momento sonó el timbre.
Rodrigo abrió.
No era Mariana.
Era un actuario judicial acompañado por dos policías.
—¿Señor Rodrigo Ledesma?
—Sí.
—Traemos una orden de protección.
Su expresión cambió.
—¿Qué?
El funcionario continuó leyendo.
—Tiene prohibido acercarse a la señora Mariana Alcázar y a la señora Elena Robles.
Beatriz dio un paso adelante.
—¡Eso es ridículo!
El actuario sacó otro documento.
—Además, deberán abandonar este inmueble en un plazo máximo de cuarenta y ocho horas.
Rodrigo soltó una carcajada.
—¿Sacarme de mi propia casa?
El funcionario levantó lentamente la escritura.
—Según el Registro Público de la Propiedad…
Hizo una breve pausa.
—Este departamento pertenece exclusivamente a la señora Mariana Alcázar desde cuatro años antes del matrimonio.
El silencio cayó sobre la sala.
Beatriz dejó de sonreír.
Aquella misma tarde, Mariana llegó acompañada por su abogada.
No discutió.
No gritó.
Simplemente caminó hasta la sala.
Recogió la cadena que aún seguía tirada junto al sofá.
La colocó dentro de una bolsa transparente.
Rodrigo la observó confundido.
—¿Qué haces?
—Guardando una prueba.
Beatriz cruzó los brazos.
—¿Prueba de qué?
Mariana levantó el teléfono.
En la pantalla apareció el video completo de la cámara del timbre.
La imagen mostraba claramente a Beatriz colocando la cadena alrededor del cuello de Elena.
Después se escuchaba su voz.
—”Ladra y te lanzaré un hueso.”
Ninguno de los dos pudo decir una palabra.
La abogada dejó entonces una segunda carpeta sobre la mesa.
—Ahora hablemos del dinero.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Qué dinero?
Mariana abrió varios estados de cuenta.
—Durante dieciocho meses utilizaste una tarjeta adicional de mi cuenta empresarial.
Fue pasando una hoja tras otra.
Transferencias.
Compras.
Retiros.
Pagos de hoteles.
Restaurantes.

Artículos de lujo.
La suma final aparecía resaltada.
Tres millones cuatrocientos veinte mil pesos.
Rodrigo palideció.
—Yo…
Mariana lo interrumpió.
—Pensabas que nunca revisaba los movimientos.
Beatriz comenzó a ponerse nerviosa.
—Ella es tu esposa. Ese dinero era de los dos.
Mariana sonrió por primera vez.
—No.
Sacó un contrato.
—Esa cuenta pertenece al fideicomiso que heredé de mi abuelo.
Miró directamente a Rodrigo.
—Y por ley nunca formó parte de la sociedad conyugal.
Las manos de Rodrigo comenzaron a temblar.
En ese instante sonó el teléfono de Mariana.
Contestó.
Escuchó unos segundos.
Después respondió tranquilamente.
—Perfecto.
Colgó.
Rodrigo sintió un mal presentimiento.
—¿Quién era?
—El departamento de auditoría de Grupo Altavista.
Beatriz frunció el ceño.
—¿Y eso qué tiene que ver?
Mariana la miró con absoluta serenidad.
—Mucho.
Respiró lentamente.
—Porque descubrieron que las cuentas donde terminaba parte del dinero que Rodrigo me robaba…
Hizo una pausa.
—También recibían depósitos de varias constructoras que competían por contratos públicos.
Rodrigo dejó caer el vaso que sostenía.
El cristal estalló contra el suelo.
Mariana ya no sonreía.
—Y la Fiscalía Anticorrupción acaba de solicitar toda la documentación.
En ese mismo instante llamaron nuevamente a la puerta.
Esta vez no era un actuario.
Eran cuatro agentes de la Fiscalía Especializada.
El jefe del operativo mostró una orden judicial.
—Señor Rodrigo Ledesma.
Levantó la vista.
—Queda formalmente investigado por administración fraudulenta, enriquecimiento ilícito y cohecho.
Rodrigo sintió que las piernas dejaban de sostenerlo.
Pero la última frase del agente fue la que hizo que Beatriz cayera de rodillas.
—Y la denuncia principal no fue presentada por la señora Mariana Alcázar…
Miró directamente a Beatriz.
—Fue presentada hace seis meses por una persona que vivía dentro de esta misma casa… y que grabó todas sus conversaciones en secreto.**