Fernanda soltó una carcajada.
—¿Quién manda?
Miró a Sergio con una sonrisa confiada.
—Mi tío.
Sergio dio un paso al frente.
—Valeria, no conviertas esto en una pelea.
Respiré hondo.
Después caminé hasta la habitación.
No cerré la puerta.
Quería que ambos vieran exactamente lo que hacía.
Saqué una carpeta azul del cajón inferior del escritorio.
Regresé a la sala.
Fernanda seguía sentada con el teléfono en la mano, grabando un video para sus redes sociales.
—¿Ya vas a hacer tu drama? —preguntó riéndose.
Ignoré la provocación.
Abrí la carpeta.
Saqué las escrituras originales del departamento.
Las coloqué sobre la mesa.
—Este inmueble fue heredado por mí hace ocho años.
No forma parte de la sociedad conyugal.
Es exclusivamente mío.
Fernanda dejó de sonreír.
Sergio desvió la mirada.
Fue entonces cuando comprendí que él ya sabía lo que venía después.
Dentro de la carpeta había otro documento.
Lo levanté lentamente.
—Y esto…
Es una solicitud para registrar este domicilio como residencia permanente de Fernanda.
Fechada hace dos semanas.
Firmada por mi esposo.
El silencio cayó sobre el departamento.
Miré directamente a Sergio.
—¿Querías explicarme cuándo pensabas hacerlo?
Él tragó saliva.
—No es lo que piensas.
—¿Ah, no?
Saqué otra hoja.
Era una conversación impresa.
Mensajes entre Sergio y su hermana Adriana.
“Si Fernanda vive allí un tiempo, luego será más fácil demostrar arraigo.”
“Después hablamos con un abogado para que Valeria no pueda sacarla.”
“Ella nunca revisa mis documentos.”
Sentí que el estómago se cerraba.
No era una discusión por unos platos sucios.
Era un plan.
Fernanda dejó el teléfono sobre la mesa.
—Eso solo era una idea.
La miré con tranquilidad.
—Una idea para quedarse con mi casa.
Sergio levantó las manos.
—Escúchame…
Adriana exageró las cosas.
Yo nunca…
Lo interrumpí.
—¿También exageró tu firma?
Le mostré el documento.
Su nombre aparecía claramente al final de la página.
No pudo responder.
Respiró profundamente.
Después intentó cambiar de estrategia.
—Sigues siendo mi esposa.
No voy a quitarte nada.
Solo quería ayudar a mi familia.
Negué lentamente.
—Ayudar no significa mentir.
Ni traer a alguien sin preguntarme.
Ni intentar darle derechos sobre un departamento que no le pertenece.
Me acerqué a la puerta principal.
Abrí.
Tomé la maleta de Fernanda.
La dejé en el pasillo.
Después coloqué la bolsa con toda su ropa sucia encima.
—Tienes cinco minutos para irte.
Fernanda se puso de pie de un salto.

—¡No puedes echarme!
Levanté nuevamente las escrituras.
—Sí puedo.
Porque esta casa nunca fue tuya.
Y desde este momento tampoco volverá a ser la de tu tío.
Sergio abrió mucho los ojos.
—¿Qué significa eso?
Saqué un sobre blanco que llevaba varios días preparado.
Lo coloqué junto a las escrituras.
—Significa que anoche hablé con un abogado.
Dentro estaba la solicitud de divorcio.
Sergio permaneció inmóvil.
—¿Ya… ya habías decidido esto?
Lo miré por última vez.
—No.
Lo decidí cuando vi que preferías proteger una mentira antes que respetar a tu esposa.
Fernanda comenzó a recoger apresuradamente sus cosas.
Ya no parecía tan segura.
Justo entonces sonó el timbre.
Los tres volteamos al mismo tiempo.
Pensé que sería algún vecino.
Pero al abrir la puerta encontré a un hombre de traje acompañado por una mujer con un portafolios.
—¿Señora Valeria?
Asentí.
El hombre mostró su credencial.
—Somos de la Fiscalía Especializada en Delitos Patrimoniales.
Necesitamos hablar con usted sobre una denuncia presentada esta mañana.
Fruncí el ceño.
—¿Qué denuncia?
El investigador miró directamente a Sergio.
—Alguien intentó utilizar documentos con una firma presuntamente falsificada para realizar trámites relacionados con la propiedad de este departamento.
El color desapareció completamente del rostro de mi esposo.
Y comprendí que el plan que había descubierto… era mucho más grande de lo que imaginaba.