PARTE 2: LA DEUDA OCULTABA ALGO PEOR.

Rogelio Mendoza seguía de rodillas junto a la mesa, respirando con dificultad, mientras las miradas de todo el salón se clavaban en él.

Adrián recogió del suelo el contrato que había sacado de su portafolio.

El agua todavía goteaba de su cabello y una marca rojiza comenzaba a extenderse por su cuello, pero su voz permaneció serena.

—Levántese, señor Mendoza.

Rogelio obedeció de inmediato.

Valeria continuaba apoyada contra la mesa, con una mano sobre la mejilla y los ojos abiertos por la humillación.

—Papá, yo no sabía quién era —murmuró.

—Ese es precisamente el problema —respondió Adrián—. Creíste que podías tratar así a alguien porque pensabas que no tenía dinero.

Valeria intentó recuperar su arrogancia.

—Fue una confusión. Además, tú llegaste vestido de esa manera.

Adrián la observó sin cambiar de expresión.

—Yo llegué cubierto de lodo porque estaba evitando que una torre se viniera abajo. Tú llegaste vestida de lujo para salvar una empresa que ya no puede pagar sus deudas.

Rogelio cerró los ojos.

—Adrián, podemos hablar en privado.

—No fue usted muy cuidadoso al organizar esta cita, así que tampoco veo la necesidad de proteger las apariencias.

Varias personas comenzaron a levantar discretamente sus teléfonos.

Rogelio dio un paso hacia él.

—Te lo suplico. No aquí.

Adrián miró a Valeria.

La joven había dejado de parecer ofendida.

Ahora estaba asustada.

Él tomó su teléfono, abrió un archivo y mostró la pantalla.

—Materiales Mendoza tiene una deuda vencida de 86 millones de pesos, garantizada con su casa, sus bodegas y el 38 por ciento de las acciones de la empresa.

Valeria miró a su padre.

—Me dijiste que solo atravesábamos un problema temporal.

Rogelio no respondió.

—También me dijiste que esta cita era porque el hijo de tu socio quería conocerme.

Adrián soltó una risa sin humor.

—Su padre esperaba que una relación conmigo detuviera la ejecución de las garantías.

Valeria comprendió que no había sido presentada como hija, sino utilizada como moneda de negociación.

—¿Me ofreciste para pagar una deuda? —preguntó con la voz quebrada.

—No digas tonterías —replicó Rogelio—. Solo necesitábamos tiempo.

—¿Cuánto tiempo?

—Seis meses.

Adrián negó lentamente.

—Eso tampoco es cierto.

Rogelio levantó la mirada con alarma.

—¿Qué quieres decir?

Adrián deslizó el dedo por la pantalla.

—La deuda no creció únicamente por falta de liquidez. Durante los últimos catorce meses, alguien retiró dinero de Materiales Mendoza mediante contratos falsos con tres empresas proveedoras.

El rostro de Rogelio cambió.

—Estás equivocado.

—Una de esas empresas está registrada a nombre de su contador. Otra pertenece a un antiguo chofer suyo. La tercera fue creada en Londres.

Valeria palideció.

Adrián giró la pantalla hacia ella.

El nombre aparecía claramente en el documento.

VM International Consulting Ltd.

—Esa empresa está registrada con tus iniciales —dijo Rogelio.

Valeria retrocedió.

—Yo no tengo ninguna empresa.

—La dirección fiscal corresponde al departamento donde viviste mientras estudiabas —continuó Adrián.

—No sé nada de eso.

Adrián la observó con atención.

Por primera vez desde que había llegado al hotel, la reacción de Valeria no parecía fingida.

Su arrogancia había desaparecido por completo.

—¿Quién pagaba tus gastos en Londres? —preguntó él.

—Mi padre.

—¿Firmaste documentos?

Valeria tardó en responder.

—Algunos. Me decía que eran necesarios para recibir transferencias y demostrar solvencia ante la universidad.

Rogelio comenzó a sudar.

—Adrián, basta.

—No. Ahora es cuando empieza lo importante.

Abrió otro archivo.

Había transferencias por montos pequeños al principio.

Después crecían.

Dos millones.

Cinco millones.

Nueve millones.

En total, 31 millones de pesos habían salido de Materiales Mendoza hacia la empresa registrada a nombre de Valeria.

Ella tomó el teléfono de Adrián con manos temblorosas.

—Esto es imposible.

—Las firmas digitales son tuyas.

—Yo nunca autoricé estas transferencias.

Rogelio extendió la mano.

—Dame ese teléfono.

Adrián lo apartó.

—¿Por qué tiene tanta prisa en ocultarlo?

—Porque no tienes derecho a revisar nuestros asuntos internos.

—Tengo todo el derecho. Su empresa me debe 86 millones y las garantías contienen una cláusula por fraude financiero.

Rogelio quedó inmóvil.

Si Grupo Ferrer demostraba que existía fraude, podía tomar el control de Materiales Mendoza sin esperar otro día.

Valeria miró a su padre con lágrimas de rabia.

—¿Usaste mi nombre?

—Todo lo hice por la familia.

—¿Robaste dinero de tu propia empresa y lo pusiste a mi nombre?

—No entiendes cómo funcionan los negocios.

—Entonces explícamelo.

Rogelio apretó los dientes.

—Tu hermano necesitaba capital.

Valeria se quedó helada.

—¿Santiago?

Adrián reconoció el nombre.

Santiago Mendoza, el hijo mayor, llevaba tres años viviendo en Monterrey y supuestamente dirigía una compañía de transporte industrial.

—Tu hermano iba a devolverlo —dijo Rogelio—. Había encontrado una oportunidad extraordinaria.

—¿Qué oportunidad?

Rogelio guardó silencio.

Adrián abrió un cuarto documento.

—Una concesión pública para transportar materiales de construcción.

El empresario lo miró alarmado.

—¿Cómo conseguiste eso?

—Nuestros auditores encontraron pagos a funcionarios, facturas duplicadas y permisos que nunca debieron aprobarse.

Valeria soltó el teléfono como si quemara.

—¿Sobornos?

Rogelio se acercó a ella.

—Escúchame. Santiago estaba a punto de conseguir el contrato más grande de nuestra historia. Cuando el proyecto arrancara, pagaríamos todo.

—¿Y por qué está a mi nombre la empresa de Londres?

Su padre no contestó.

La respuesta llegó desde la entrada del salón.

—Porque si algo salía mal, tú cargarías con la culpa.

Todos se volvieron.

Un hombre alto, de traje gris y expresión cansada, avanzó hacia ellos acompañado por dos abogados.

Valeria lo reconoció de inmediato.

—Santiago.

Su hermano no la miró.

Se dirigió directamente a Adrián.

—Supongo que ya encontró las transferencias.

Adrián cerró el archivo.

—Y algo más.

Santiago mantuvo la calma, pero sus manos se tensaron.

—¿Qué encontró?

—Un pago realizado hace tres semanas a una empresa de seguridad privada.

Rogelio intervino.

—Eso no tiene relación con la deuda.

—La empresa de seguridad pertenece a un hombre investigado por sabotaje industrial.

El salón pareció quedarse sin aire.

Adrián recordó la excavación de Santa Fe.

La filtración que había puesto en riesgo los pilotes no se parecía a una falla natural.

Uno de sus ingenieros había mencionado que una válvula subterránea parecía haber sido manipulada.

Hasta ese momento, Adrián había considerado que podía tratarse de negligencia.

Ahora entendía que quizá alguien había querido provocar un desastre.

Miró a Santiago.

—Esta mañana casi colapsa una obra de Grupo Ferrer.

Santiago sonrió levemente.

—Las construcciones tienen accidentes.

—No cuando alguien corta deliberadamente una línea de contención.

Valeria miró a su hermano con horror.

—¿Tú hiciste eso?

—No seas ridícula.

—Respóndele —ordenó Rogelio.

Santiago se volvió hacia su padre.

—Tú ya no das órdenes.

Sacó una carpeta y la dejó sobre la mesa.

Dentro había documentos notariales.

Rogelio leyó la primera página y comenzó a temblar.

Las acciones de Materiales Mendoza habían sido transferidas como garantía a una compañía desconocida.

—¿Qué hiciste? —susurró.

—Lo necesario para salvarme.

Adrián tomó uno de los documentos.

La compañía acreedora se llamaba Horizonte Capital.

Había algo familiar en el sello, aunque no recordaba dónde lo había visto.

Entonces su teléfono vibró.

Era una llamada de su jefe de seguridad.

Adrián contestó.

—Dime.

La voz al otro lado sonaba agitada.

—Señor Ferrer, revisamos las cámaras de la obra. El hombre que manipuló la válvula llevaba una identificación de Materiales Mendoza.

Adrián miró a Santiago.

—¿Lo identificaron?

Hubo un silencio.

—Sí. Pero eso no es lo peor.

—¿Qué pasó?

—El sospechoso acaba de aparecer muerto dentro de una bodega abandonada.

Valeria se llevó una mano a la boca.

Rogelio se dejó caer sobre una silla.

Santiago, en cambio, permaneció completamente quieto.

Demasiado quieto.

Adrián bajó lentamente el teléfono.

—La policía viene hacia aquí.

Santiago sonrió.

—Entonces conviene que revises bien a quién van a detener.

Sacó su propio celular y mostró una grabación.

En la pantalla se veía a un hombre entregando dinero al saboteador.

El rostro estaba parcialmente cubierto, pero la chamarra, el reloj y el automóvil resultaban inconfundibles.

Pertenecían a Adrián.

—Eso es falso —dijo él.

—Tal vez —respondió Santiago—. Pero las autoridades no lo sabrán al principio.

Las puertas del hotel se abrieron.

Varios agentes entraron y caminaron directamente hacia la mesa.

Uno de ellos levantó una orden.

—Adrián Ferrer, queda detenido como probable responsable de sabotaje, fraude y homicidio.

Antes de que lograran esposarlo, Valeria observó nuevamente la grabación y descubrió en el reflejo de una ventana algo que ninguno de los demás había visto.

El hombre que vigilaba la entrega desde el automóvil no era Santiago.

Era el padre de Adrián.

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