Durante los dos días siguientes no discutí una sola vez.
Escuché cada plan.
Guardé cada recibo.
Fotografié cada cargo que Diego hacía con la tarjeta adicional.
La renta del departamento.
Los boletos para Xcaret.
El paseo en catamarán.
La cámara profesional que Paola eligió.
Hasta una arrocera portátil que doña Elvira insistió en llevar desde Guadalajara.
Cada compra terminaba con la misma frase.
—Luego Mariana lo paga.
Yo solo sonreía.
—Claro.
La noche anterior al viaje, Diego me entregó un cuaderno.
—Aquí hice el reparto de gastos.
Lo abrí.
Había una lista escrita con su letra.
Mariana:
Hospedaje.
Comida.
Gasolina.
Entradas.
Compras de mamá.
Compras de Paola.
Propinas.
Lavandería.
Medicinas.
Al final aparecía otra nota.
“Recuerda levantarte temprano para preparar el desayuno antes de las excursiones.”
Levanté la vista.
—¿Y tú?
Él sonrió.
—Yo manejaré.
Como si conducir una camioneta durante unas horas compensara convertirme en la cocinera y patrocinadora de toda su familia.
Cerré el cuaderno.
—Perfecto.
El día del vuelo llegamos al aeropuerto tres horas antes.
Doña Elvira llevaba tres maletas enormes.
Paola me entregó una mochila.
—Guárdame esto. Me cansa el hombro.
La tomé sin decir nada.
Diego me guiñó un ojo.
—Así me gusta. Una esposa que coopera.
No respondió cuando su madre añadió:
—Ya aprendió cuál es su lugar.
Mientras ellos desayunaban en un restaurante del aeropuerto, me levanté.
—Voy al baño.
—No tardes —gritó Diego—. Ya casi empieza el abordaje.
Sonreí.
—No me voy a perder el vuelo.
Era la única mentira que dije aquel día.
Entré en la sucursal bancaria que había dentro de la terminal.
Saqué la tarjeta adicional de mi cartera.
—Quiero cancelarla inmediatamente.
La ejecutiva revisó el sistema.
—¿Es la titular?
Le mostré mi identificación.
Un minuto después, la tarjeta quedó completamente anulada.
Después llamé a la aerolínea.
—Quiero cancelar únicamente mi boleto.
—¿Está segura?
—Completamente.
Recibí el reembolso en cuestión de minutos.
Luego reservé otro vuelo.
No a Cancún.
A Puerto Vallarta.
Solo para mí.
Cuando anunciaron el inicio del abordaje, ellos hicieron la fila sin preocuparse.
Diego miró hacia atrás.
—¿Dónde está Mariana?
Paola se encogió de hombros.
—Seguro sigue comprando café.
Doña Elvira resopló.
—Siempre tan lenta.
Llegaron al mostrador.
La empleada sonrió.
—Buenos días.
Escaneó el primer pase.
Luego el segundo.
Después el tercero.
Al intentar registrar el equipaje apareció un mensaje en la pantalla.
—Lo siento, señor.
—¿Qué pasa?
—El pago del exceso de equipaje fue rechazado.
Diego sacó la tarjeta adicional.
La pasó otra vez.
Error.
Una tercera.
Error.
Frunció el ceño.
—Debe ser un problema del sistema.
La empleada negó con amabilidad.
—La tarjeta fue cancelada hace aproximadamente treinta minutos.
El color abandonó inmediatamente su rostro.
—Eso es imposible.
En ese instante sonó su teléfono.
Era un mensaje mío.
Solo decía:
“La luna de miel es para dos personas. Nunca para cuatro. Y mucho menos para una esposa convertida en cajero automático y empleada doméstica. Disfruten las vacaciones… si pueden pagarlas.”
Adjunté una fotografía.
Era el comprobante de cancelación de la tarjeta.
Y otro archivo.
Un PDF con todos los recibos de los gastos que Diego había cargado sin mi autorización.
Al final escribí una última línea.
“Mi abogado ya recibió esta misma documentación.”
Diego intentó llamarme.
No contesté.
Volvió a llamar.
Nada.
Después comenzaron los mensajes.
“Mariana, podemos hablar.”

“No exageres.”
“Mi mamá solo estaba emocionada.”
“Regresa al aeropuerto.”
Los leí todos desde la sala VIP de otra terminal.
Mientras esperaba mi vuelo.
Sola.
En paz.
Una hora después recibí otra llamada.
Esta vez era del banco.
—Señorita Mariana, confirmamos su denuncia por uso no autorizado de la tarjeta adicional. Los cargos quedarán temporalmente bloqueados mientras se realiza la investigación.
Sonreí.
—Muchas gracias.
Colgué.
Miré por la ventana cómo despegaban los aviones.
El mío salía quince minutos después.
Dos días más tarde, cuando regresé a Guadalajara, encontré a Diego esperándome frente a mi departamento.
Parecía agotado.
—¿Dónde estabas?
—De luna de miel.
Me miró sin entender.
—¿Sola?
—Muchísimo mejor de lo que imaginaba.
Intentó acercarse.
—Mi mamá dice que podemos empezar de nuevo.
Negué lentamente.
Saqué un sobre de mi bolso.
—No hace falta.
Lo abrió.
Era una demanda de nulidad matrimonial por fraude y abuso económico.
Debajo había otra carpeta.
—¿Qué es esto?
—Los estados financieros de mis empresas.
Frunció el ceño.
—¿Empresas?
Lo observé con calma.
—Las dos propiedades, las inversiones y las acciones que nunca te conté.
Su respiración se detuvo.
—¿Eras millonaria?
Asentí.
—Y querías que cocinara para tu madre, cargara las maletas de tu hermana… y pagara su luna de miel.
Diego quedó completamente inmóvil.
Porque acababa de comprender que no había perdido solamente una esposa obediente.
Había perdido a la única persona que podía haberle dado la vida cómoda con la que siempre soñó… por intentar convertirla en su sirvienta desde el segundo día de matrimonio.