Parte 2: LA FIRMA QUE NUNCA HICE

La voz de mi abogada respondió antes del segundo tono.

—¿Roberto? ¿Ocurrió algo?

Respiré hondo mientras observaba desde el parabrisas las luces del departamento de Diego. A través de la ventana alcanzaba a distinguir las siluetas de varias personas riendo alrededor de la mesa.

Necesito que vengas mañana mismo a mi casa. Acabo de descubrir que existe un poder notarial con mi firma falsificada.

Hubo un silencio breve.

—¿Estás completamente seguro?

—Lo vi con mis propios ojos en el banco.

La voz de Laura Méndez cambió de inmediato. Durante más de veinte años había trabajado en asuntos civiles y sabía reconocer cuándo un problema podía convertirse en un delito.

No firmes absolutamente nada. No enfrentes a nadie esta noche. Y, sobre todo, no menciones que ya sabes del poder.

Asentí, aunque ella no podía verme.

—Eso pensaba hacer.

Colgué y permanecí varios minutos sentado dentro del coche.

Por primera vez en muchos años sentí algo peor que la rabia.

Sentí miedo.

No por perder dinero.

Por descubrir hasta dónde podía llegar mi propio hijo.

Cuando llegué a casa, Patricia estaba preparando té.

Al verme entrar comprendió que algo había salido mal.

—¿Qué pasó? ¿Por qué regresaste tan temprano?

Me senté frente a ella.

No encontré una manera suave de decirlo.

Creo que Diego y Valeria intentaron quedarse con la casa.

La taza escapó de sus manos.

El té caliente cayó sobre el mantel sin que ella pareciera notarlo.

—¿Qué acabas de decir?

Le conté absolutamente todo.

La llamada del banco.

El poder.

La firma.

El intento de transferencia.

Y finalmente la escena en el departamento.

Patricia permaneció inmóvil.

Después comenzó a negar lentamente con la cabeza.

—No… Diego jamás…

Pero la frase murió antes de terminar.

Porque ella también recordó algo.

—Hace tres meses…

La miré.

—Valeria me pidió nuestras actas originales de matrimonio y nacimiento.

—¿Qué le dijiste?

—Que las necesitaba para actualizar un seguro médico familiar.

Mi estómago se contrajo.

—¿Se las prestaste?

Patricia bajó la vista.

—Sí.

Esa noche ninguno de los dos pudo dormir.

A las nueve de la mañana siguiente, Laura llegó con una carpeta gruesa y una expresión que nunca le había visto.

Había dejado de ser la amiga de la familia.

Ahora era una abogada.

—Primero necesito ver toda la documentación de la casa.

Saqué la escritura original.

Los recibos del predial.

Los pagos de impuestos.

El contrato de compraventa liquidado cinco años atrás.

Laura revisó cada hoja con calma.

Después levantó la vista.

—La propiedad sigue legalmente a nombre de ustedes.

Respiré aliviado.

Pero solo durante unos segundos.

Eso no significa que el peligro haya terminado.

Sentí que el alivio desaparecía.

—Explícame.

Laura acomodó varios documentos sobre la mesa.

—Alguien presentó un poder suficientemente convincente para que el banco lo registrara en su expediente. Si lograron hacer eso, pudieron intentar lo mismo en otras instituciones.

Patricia se llevó la mano al pecho.

—¿Qué otras instituciones?

—Registro Público.

Notarías.

Inversiones.

Cuentas.

Seguros.

Incluso créditos.

El silencio volvió a llenar la cocina.

Laura abrió otra carpeta.

—Esta mañana hice unas consultas preliminares.

La miré sorprendido.

—¿Tan rápido?

—Conozco gente.

Sacó una copia simple.

En la esquina superior aparecía el número de una notaría.

El supuesto poder fue protocolizado hace cuatro meses.

—Eso es imposible.

—Lo sé.

Señaló la firma.

Era parecida.

Muy parecida.

Pero había pequeños detalles.

La inclinación.

La presión.

La forma de escribir la letra “R”.

Yo nunca lo habría notado.

Ella sí.

—Es una falsificación bastante buena.

Patricia rompió a llorar.

—¿Por qué harían algo así?

Nadie respondió.

Dos horas después sonó mi teléfono.

Era Diego.

Lo observé vibrar sobre la mesa.

Laura hizo un gesto.

—Ponlo en altavoz.

Contesté.

—Bueno.

—Papá.

Su voz sonaba extrañamente amable.

Demasiado amable.

—Ayer te fuiste muy molesto.

—Tenía otras cosas que hacer.

—Mira… si fue por lo de la comida…

Esperó unos segundos.

—Valeria cree que exageraste.

Laura escribió algo en una hoja y la empujó hacia mí.

“No menciones el poder.”

Asentí.

—No pasa nada.

Diego soltó una pequeña risa.

—Qué bueno.

Porque justamente quería pedirte un favor.

Sentí un escalofrío.

—¿Cuál?

—Hay unos papeles relacionados con la casa.

Laura levantó inmediatamente la mirada.

—Solo falta una firma tuya para simplificar algunos trámites familiares.

Patricia dejó escapar un sollozo.

Yo permanecí completamente inmóvil.

—¿Qué clase de trámites?

—Nada importante.

Solo cuestiones patrimoniales.

Beneficios fiscales.

Protección para cuando ustedes falten.

Laura escribió otra frase.

“Sigue preguntando.”

—¿Quién preparó esos documentos?

Hubo un silencio.

Luego respondió:

—Valeria.

Claro.

—Ella trabaja en eso.

—Sí.

—¿Y dónde tendría que firmar?

—Podemos pasar hoy mismo.

O mañana.

Como prefieras.

Miré a Laura.

Ella negó lentamente con la cabeza.

—Déjame revisarlos primero.

La voz de Diego perdió parte de su tranquilidad.

—Papá… ¿desconfías de nosotros?

La pregunta dolía.

Porque seis meses atrás habría respondido que no.

Ahora…

Ya no sabía.

—Solo quiero leer antes de firmar.

—No hace falta complicar las cosas.

Esa frase terminó de convencerme.

—Llévalos mañana a mi casa.

—Perfecto.

Colgó.

Laura fue la primera en hablar.

Ya saben que todavía necesitan otra firma.

Patricia levantó la cabeza.

—¿Eso significa que el primer intento falló?

—Probablemente.

Pero están insistiendo.

Y eso suele indicar desesperación.

A media tarde, Laura recibió una llamada.

Escuchó durante casi un minuto sin interrumpir.

Cuando colgó, su expresión había cambiado.

—Acaban de encontrar algo más.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Qué pasó ahora?

Laura dejó lentamente el teléfono sobre la mesa.

El número de protocolo del supuesto poder corresponde a una escritura completamente distinta.

No entendí.

Ella respiró profundamente.

—En otras palabras…

Ese documento jamás salió oficialmente de la notaría cuyo sello aparece impreso.

Patricia abrió mucho los ojos.

—Entonces…

No estamos frente a una simple falsificación de firma.

Laura hizo una pausa.

La siguiente frase nos dejó completamente inmóviles.

Alguien está utilizando una red capaz de fabricar documentos notariales completos… y necesito saber quién más aparece involucrado antes de que ustedes hagan cualquier movimiento.

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