Parte 2: LA FIRMA QUE NUNCA HICE

Alejandro llegó hasta mi escritorio antes de que pudiera guardar la carta de traslado.

—Mariana, espera.

No respondí.

Guardé el documento dentro de mi portafolio.

Él respiró hondo.

—Podemos hablar en casa.

Negué con tranquilidad.

—Ya no tenemos nada que hablar.

Camila observaba la escena desde el pasillo.

Por primera vez dejó de sonreír.

Entonces mi teléfono volvió a vibrar.

Era el mismo número desconocido.

Solo había una fotografía.

Un contrato.

Amplié la imagen.

En la última página aparecía mi nombre.

Y una firma.

No era la mía.

Debajo podía leerse claramente:

Préstamo personal por 450,000 pesos.

Beneficiaria: Camila Navarro.

Aval: Dra. Mariana López.

Sentí un escalofrío.

Marqué inmediatamente al número.

Una mujer respondió.

—Soy Laura.

Trabajo en la financiera donde tramitaron ese préstamo.

Tragué saliva.

—¿Quién firmó?

—La señora Camila presentó una autorización diciendo que usted estaba de acuerdo.

También vino el capitán Reyes.

Los dos aseguraron que era un préstamo familiar.

Miré a Alejandro.

Él comprendió por mi expresión que algo había cambiado.

—¿Qué pasa?

Le mostré la fotografía.

Su rostro perdió el color.

—Eso…

Eso no puede ser.

—¿No puede?

Mi voz permaneció completamente serena.

—La firma es falsa.

Y aparece respaldando una deuda de cuatrocientos cincuenta mil pesos.

Camila dio un paso atrás.

—Yo no sabía…

Laura seguía al teléfono.

—Doctora, detuvimos el desembolso definitivo porque la firma presentaba inconsistencias.

Necesitamos que venga hoy mismo.

Si confirma que es falsa, debemos denunciar el caso.

Colgué lentamente.

Alejandro intentó tomar mi brazo.

Lo aparté.

—Mariana, escúchame.

—No.

Ahora vas a escuchar tú.

Levanté la fotografía.

—¿Sabías de este documento?

Guardó silencio.

Ese silencio fue suficiente.

Camila comenzó a llorar.

—Alejandro solo quería ayudarme.

Mi mirada pasó de uno al otro.

Entonces comprendí toda la secuencia.

La cita médica.

Los doce mil pesos.

El supuesto sangrado.

La confesión sobre los cuatrocientos cincuenta mil.

Todo había sido preparado.

Solo que ella había hablado más de la cuenta.

Respiré profundamente.

—Sofía.

Mi abogada acababa de entrar al consultorio.

Había llegado antes de lo previsto.

Le entregué el teléfono.

Ella revisó la fotografía apenas unos segundos.

Después levantó la vista.

—Esto ya no es solo un divorcio.

Es un posible fraude documental.

Camila dejó de llorar.

—Yo nunca falsifiqué nada.

Sofía señaló la imagen.

—Entonces tendrá oportunidad de explicárselo a la policía y a la institución financiera.

Alejandro dio un paso al frente.

—Yo asumiré toda la responsabilidad.

Lo miré fijamente.

—¿También asumirás los dos años que perdí esperando que nuestro tratamiento de fertilidad comenzara?

No respondió.

—¿También asumirás el embarazo que perdimos mientras tú decías que no podías dejar un vuelo?

Bajó la cabeza.

Era la primera vez que no encontraba una excusa.

Guardé mi bata blanca.

Tomé la carta de traslado.

Y la coloqué sobre el escritorio.

—Dentro de una semana me mudaré a Ciudad de México.

No voy a seguir sacrificando mi carrera por alguien que siempre encuentra tiempo para otra mujer.

Alejandro sintió que todo se derrumbaba.

—No puedes irte.

Sonreí con una tranquilidad que nunca antes había conocido.

—Hace dos años me dejaste sola en un hospital.

Hoy solo estoy devolviéndote exactamente la misma soledad.

Mientras salía del consultorio, Sofía recibió una llamada.

Escuchó unos segundos y luego me miró.

—Mariana…

La financiera acaba de confirmar algo más.

La firma falsa no aparece solo en ese préstamo.

Encontraron otros tres contratos con tu nombre utilizados durante los últimos ocho meses.

Y ninguno de ellos fue firmado por ti.

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