Parte 2: LA HERENCIA QUE NUNCA DEBIÓ DESPRECIAR

El abogado Zhou guardó silencio durante varios segundos.

Después habló con una calma que hizo que el corazón me latiera más deprisa.

—Señora Xu, necesito preguntarle una sola cosa.

—¿El señor Gu ocultó deliberadamente su identidad antes y durante el matrimonio?

Miré la grabación en mi teléfono.

—Sí.

—¿Y usted desconocía completamente que él era el heredero del Grupo Gu?

—Sí.

El abogado respiró hondo.

—Entonces venga mañana por la mañana.

Hay documentos que su abuelo político dejó exclusivamente para usted.

Colgué.

Esa misma noche comenzaron las llamadas de Adrián.

Una.

Cinco.

Veinte.

No respondí.

A las diez apareció en el hospital.

Entró en la habitación con un ramo de flores y una expresión cuidadosamente preocupada.

—Natalia…

Déjame explicarte.

Aparté lentamente las flores.

—Empieza por decirme cuándo pensabas contarme quién eras realmente.

Él bajó la mirada.

—Quería protegerme.

—¿De mí?

—De cualquiera que solo quisiera mi dinero.

Solté una risa amarga.

—Vendí la pulsera de mi abuela para pagar una cirugía que jamás necesitabas.

Trabajé embarazada hasta desmayarme.

Y tú seguías creyendo que fingía.

No respondió.

Solo dejó una tarjeta bancaria sobre la mesa.

—Aquí hay un millón de yuanes.

Paga el tratamiento.

Olvidemos todo esto.

Empujé la tarjeta de vuelta.

—No necesito tu silencio comprado.

Necesito justicia.

Su expresión comenzó a endurecerse.

—¿De verdad vas a destruir un matrimonio por un malentendido?

Levanté el teléfono.

Reproduje los últimos segundos de la grabación.

“No pagaré. Si pierde el embarazo, quizá sea lo mejor.”

La habitación quedó completamente en silencio.

Adrián cerró los ojos.

Sabía que ya no podía negar aquellas palabras.

A la mañana siguiente llegué al despacho del abogado Zhou.

Me esperaba con una caja de madera antigua.

La abrió lentamente.

Dentro había una carta escrita a mano por el viejo señor Gu.

Reconocí inmediatamente la tinta envejecida.

El abogado comenzó a leer.

—”Si mi nieto encuentra a la nieta de mi salvador y ella acepta compartir su vida con él aun sin conocer nuestra fortuna, habrá demostrado poseer el único valor que ninguna riqueza puede comprar: honestidad.”

Sentí un nudo en la garganta.

El abogado continuó.

—”Pero si mi nieto utiliza este matrimonio para ponerla a prueba, humillarla o negarle el trato digno que merece como esposa, perderá automáticamente el derecho a dirigir el Grupo Gu.”

Levanté lentamente la vista.

—¿Perderá… automáticamente?

El abogado asintió.

Sacó otro documento.

Era el fideicomiso original.

Firmado doce años atrás.

Con el sello oficial del grupo.

—Su esposo solo era heredero mientras cumpliera todas las condiciones establecidas por su abuelo.

El fraude matrimonial anulaba ese derecho.

En ese momento la puerta del despacho se abrió de golpe.

Entró Adrián acompañado por varios abogados.

Respiraba con dificultad.

—No puedes hacer esto.

El abogado Zhou permaneció completamente tranquilo.

—No es la señora Xu quien lo está haciendo.

Es su abuelo.

Solo estamos ejecutando su voluntad.

Adrián golpeó la mesa.

—¡Yo construí esta empresa!

El abogado negó lentamente.

—No.

Usted la administró.

Hay una diferencia.

Colocó el último documento frente a nosotros.

Era una resolución firmada por el consejo de administración.

—Hace treinta minutos se celebró una reunión extraordinaria.

Los miembros ya escucharon la grabación.

También revisaron las pruebas del engaño.

La decisión fue unánime.

Adrián sintió que el color abandonaba completamente su rostro.

—¿Qué decisión?

El abogado cerró la carpeta.

—Desde este momento queda suspendido como presidente ejecutivo del Grupo Gu.

Y, conforme al testamento del fundador…

Miró directamente hacia mí.

—La señora Natalia Xu pasa a ocupar temporalmente el control del grupo hasta que concluya el procedimiento judicial.

El silencio fue absoluto.

No sentí alegría.

Solo una inmensa tristeza.

Todo aquello pudo evitarse con una sola decisión.

Elegirme a mí.

Elegir a nuestro hijo.

Elegir la verdad.

Entonces una enfermera irrumpió apresuradamente en el despacho.

—¡Señora Xu!

Necesita volver al hospital inmediatamente.

Los resultados de los nuevos análisis acaban de llegar.

El especialista encontró algo inesperado.

Miré su rostro.

—¿Qué ocurre con mi bebé?

La enfermera tragó saliva.

—No es el bebé…

Es usted. Los análisis demuestran que alguien estuvo administrándole un medicamento prohibido durante las primeras semanas del embarazo.

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