Parte 2: LA PUBLICACIÓN QUE NUNCA ESCRIBÍ

Durante varios minutos me quedé mirando la pantalla del teléfono.

La publicación llevaba mi nombre.

Mi fotografía.

Mi antigua cuenta de una red social que no utilizaba desde hacía casi cuatro años.

Pero yo nunca había escrito una sola palabra de aquel mensaje.

Miles de personas ya lo habían compartido.

Los comentarios crecían cada minuto.

“Pobre esposa.”

“Otro directivo corrupto.”

“La empresa debería investigarlo.”

Respiré hondo antes de llamar a Lucía.

Ella llegó en menos de media hora acompañada por un especialista en informática forense.

—No toques absolutamente nada.

Necesitamos conservar todas las pruebas.

El técnico revisó la cuenta durante casi una hora.

Finalmente levantó la vista.

—La publicación fue realizada desde una dirección IP diferente.

No salió de tu teléfono.

Ni de tu computadora.

Sentí un pequeño alivio.

Al menos podía demostrar que aquella cuenta había sido utilizada por otra persona.

Pero todavía quedaba una pregunta.

—¿Quién?

El especialista abrió un mapa de conexiones.

Señaló un punto.

—La conexión provino de un edificio corporativo en Polanco.

No dijo cuál.

Pero la empresa propietaria de esa red sí aparecía claramente.

Grupo Altamar Hoteles.

La misma compañía donde Alejandro era director de adquisiciones.

Lucía cruzó los brazos.

—Eso cambia completamente el caso.

Antes de que pudiera responder, sonó nuevamente mi teléfono.

Era Alejandro.

Contesté.

—¿Ya terminaste tu berrinche?

Su voz sonaba irritada.

No preocupada.

—¿Sabías de la publicación?

Hubo un breve silencio.

—Claro que sí.

Me llamaron de la empresa.

—¿Y no pensaste preguntarme si era verdad?

Suspiró con impaciencia.

—Lo único que sé es que ahora toda la junta cree que mi esposa perdió el control.

Apreté el teléfono con fuerza.

Ni una sola pregunta.

Ni una sola duda sobre quién había utilizado mi cuenta.

Solo le preocupaba su imagen.

Colgué sin responder.

Media hora después llegó el burofax del abogado.

Exigía que retirara inmediatamente la publicación y emitiera una disculpa pública.

Lucía sonrió con tranquilidad.

—Cometieron un error muy serio.

—¿Cuál?

—Te enviaron esta carta antes de comprobar quién publicó realmente el mensaje.

Eso significa que ya asumían que eras culpable.

Levantó lentamente el documento.

—Y eso nos permitirá solicitar todas las comunicaciones internas de la empresa.

Aquella misma tarde presentamos una denuncia por acceso ilegal a cuentas digitales, suplantación de identidad y difamación.

Mientras tanto, Alejandro regresó a las oficinas centrales convencido de que todo quedaría resuelto en pocas horas.

No sabía que el departamento jurídico ya había iniciado una auditoría informática.

A las siete de la noche recibí una videollamada inesperada.

Era Renata.

No parecía nerviosa.

Parecía satisfecha.

—Todavía estás a tiempo.

Firma el divorcio.

Desaparece.

Y todo esto terminará.

La observé en silencio.

—¿Fuiste tú quien entró en mi cuenta?

Sonrió apenas unos segundos.

—No importa quién escribió el mensaje.

Importa quién terminará creyéndolo.

Antes de cortar añadió una frase que me dejó completamente inmóvil.

—Alejandro ya eligió de qué lado está.

La llamada terminó.

Lucía permanecía sentada frente a mí.

Había escuchado toda la conversación.

—Acaba de cometer otro error.

Fruncí el ceño.

—¿Cuál?

—Acaba de admitir que conoce perfectamente la publicación.

Y todavía no es información pública.

No comprendí inmediatamente.

Ella continuó.

—El contenido completo solo lo conocen cuatro personas.

Tú.

Yo.

El perito.

Y quien la publicó.

Sentí un escalofrío.

En ese mismo instante, el especialista informático nos llamó.

Su voz sonaba mucho más seria que antes.

—Acabamos de recuperar las cámaras del estacionamiento del aeropuerto.

Encontramos algo que necesitan ver.

Abrimos inmediatamente el archivo.

Las imágenes mostraban el momento exacto en que Alejandro y Renata salían de la terminal.

No era el abrazo lo importante.

Era lo que ocurría unos segundos antes.

Cuando todavía caminaban detrás de la columna.

Alejandro sacó discretamente un segundo teléfono móvil.

Se lo entregó a Renata.

Ella lo guardó en el bolso.

Después fingió tropezar.

Y corrió hacia sus brazos.

El especialista detuvo el video.

Amplió la imagen.

En la pantalla del teléfono podía verse claramente una aplicación abierta.

No era una conversación.

Era el panel de recuperación de una cuenta de correo electrónico.

Mi antigua dirección.

La misma que estaba vinculada a la red social desde donde apareció la publicación falsa.

Lucía respiró lentamente.

—El abrazo nunca fue el verdadero problema.

Negué en silencio.

Ella cerró el portátil.

—No.

Solo fue la distracción perfecta para ocultar que, mientras todos miraban el aeropuerto…

Alguien ya había empezado a fabricar las pruebas con las que pensaban destruirte.

Y cuanto más revisábamos aquellas imágenes, más evidente resultaba que Alejandro no solo conocía el plan.

Había participado en él desde mucho antes de subir al avión de regreso desde Los Cabos.

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