El médico permaneció inmóvil en medio del pasillo, con los guantes aún manchados de sangre y la respiración acelerada.
—¿Quién de ustedes es el padre del bebé? —repitió con firmeza.
Durante un instante, nadie habló.
Madison me miró con el rostro completamente desencajado, incapaz de procesar lo que estaba ocurriendo.
Sentí que todo el hospital desaparecía a mi alrededor.
—Yo… —respondí finalmente, dando un paso al frente.
El médico me sostuvo la mirada apenas un segundo antes de asentir.
—Entonces venga conmigo. Necesitamos hablar de inmediato.
Madison sujetó mi brazo.
—¿Qué demonios significa esto, Damien?
Aparté lentamente su mano.
—Ahora no.
Ella abrió la boca para responder, pero Jonas se colocó discretamente entre nosotros.
—Señorita Chen, déjelo pasar.
Mientras seguía al médico por el pasillo iluminado con luces blancas, una mezcla insoportable de culpa y miedo me comprimía el pecho.
Ocho meses.
Habían pasado exactamente ocho meses desde aquella última noche con Elena.
La noche en que ambos aceptamos que nuestro matrimonio había fracasado.
La noche en que prometimos despedirnos sin volver a hacernos daño.
Nunca imaginé que aquella despedida también había sido un comienzo.
El médico entró en una pequeña sala de consulta y cerró la puerta.
—La situación es extremadamente delicada.
Sentí que mi garganta se secaba.
—¿Ella… va a sobrevivir?
El hombre respiró profundamente antes de responder.
—Está sufriendo una miocardiopatía periparto muy agresiva. Su corazón apenas puede soportar el esfuerzo del embarazo. Además, presenta una hipertensión severa y signos de insuficiencia respiratoria.
Cada palabra caía sobre mí como un golpe.
—¿Y el bebé?
—También está en peligro.
Apoyé ambas manos sobre la mesa para no perder el equilibrio.
El médico abrió una carpeta clínica.
—Su exesposa dejó instrucciones muy claras desde que comenzó el embarazo.
Fruncí el ceño.
—¿Qué instrucciones?
El hombre dudó unos segundos.
—Nos pidió que, bajo ninguna circunstancia, nos pusiéramos en contacto con usted.
Aquello me dejó completamente inmóvil.
—¿Qué?
—Insistió en que jamás debía enterarse de este embarazo.
Sentí un dolor mucho más profundo que cualquier amenaza que hubiera recibido en toda mi vida.
—¿Por qué haría eso?
El médico negó lentamente con la cabeza.
—No lo explicó.
En ese instante llamaron a la puerta.
Entró una enfermera sosteniendo un sobre grueso de color crema.
—Doctor… esto estaba en el expediente.
El médico lo tomó.
En la parte delantera había una frase escrita con la elegante letra de Elena.
“Solo entregar a Damien si mi vida corre peligro.”
Mis manos comenzaron a temblar.
—Eso es para usted —dijo el médico.
Rompí el sello con dificultad.
Dentro encontré varias hojas dobladas cuidadosamente.
La primera comenzaba con una frase que hizo que el aire desapareciera de mis pulmones.
“Si estás leyendo esto, significa que probablemente no pude protegerte de la verdad por más tiempo.”
Seguí leyendo desesperadamente.
“Cuando descubrí que estaba embarazada, quise llamarte cientos de veces.”
“Pero alguien llegó antes que yo.”
Levanté la vista.
—¿Qué significa eso?
El médico permanecía en silencio.
Volví al papel.
“Esa misma semana recibí la visita de una mujer.”
“Me dijo que, si volvía a acercarme a ti, destruiría tu vida.”
Mis ojos recorrían cada palabra con creciente incredulidad.
“No hablaba por celos.”
“Hablaba porque conocía secretos de tu empresa, de tu familia y de las personas que trabajan para ti.”
Mi respiración comenzó a acelerarse.
Solo una persona conocía suficientes secretos como para hacer semejante amenaza.
No.
Era imposible.
Pasé rápidamente a la siguiente página.

“Me dijo que jamás permitiría que ese niño creciera cerca de su padre.”
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda.
Entonces apareció un nombre.
Victoria Ashcroft.
Mi sangre se heló.
Victoria.
La mujer que durante más de quince años había administrado las finanzas internacionales de mi corporación.
La única persona, además de mí, con acceso absoluto a todas nuestras operaciones.
La mujer en quien confiaba ciegamente.
La carta continuaba.
“Pensé que mentía.”
“Hasta que comenzaron los accidentes.”
“Primero sabotearon mi automóvil.”
“Después entraron en mi apartamento.”
“Finalmente encontré la cuna del bebé completamente destrozada.”
Apreté el papel con tanta fuerza que casi lo rompí.
Alguien había intentado aterrorizar a Elena durante todo su embarazo.
Y yo no había sabido absolutamente nada.
En ese momento sonó mi teléfono.
Era Marcus, el jefe de seguridad de mi residencia.
Contesté inmediatamente.
—Habla.
Su voz sonaba alterada.
—Señor… tenemos un problema muy grave.
—¿Qué ocurrió?
—Acabamos de revisar las cámaras internas después de recibir una alerta.
Mi corazón comenzó a latir con violencia.
—¿Y?
—Hace dos horas alguien entró en su despacho privado.
Fruncí el ceño.
—¿Quién?
Hubo unos segundos de silencio.
—Victoria Ashcroft.
Miré otra vez la carta.
Sentí que el mundo entero comenzaba a encajar de la peor manera posible.
—¿Qué hizo?
—Abrió la caja fuerte.
Mi respiración se detuvo.
Aquella caja contenía documentos confidenciales, contratos internacionales y archivos que podían destruir a personas extremadamente poderosas.
—¿Qué se llevó?
Marcus tragó saliva.
—Todavía no lo sabemos.
Antes de que pudiera responder, todas las luces del pasillo parpadearon.
Una alarma comenzó a sonar en la unidad de maternidad.
Las enfermeras empezaron a correr de un lado a otro.
El médico salió inmediatamente de la oficina.
Un residente apareció completamente pálido.
—¡Doctor!
—¿Qué ocurre?
El joven apenas podía hablar.
—La paciente Elena Ashford acaba de entrar en paro cardíaco… y alguien desconectó deliberadamente uno de los monitores del quirófano.