Parte 2: EL DOCUMENTO QUE CAMBIÓ TODA LA HISTORIA

Teresa sonrió con arrogancia.

—Claro que lo sabía. Es mi hijo. Y si buscó a otra mujer, por algo habrá sido.

Daniela guardó lentamente las fotografías dentro del sobre.

No rompió a llorar.

No levantó la voz.

Solo caminó hasta el estudio.

Abrió el cajón inferior del escritorio.

Sacó la carpeta verde.

Después marcó el número de Mariana.

—Estoy lista.

La abogada respondió de inmediato.

—¿Ocurrió algo?

—Todo.

—Ven a mi despacho.

—No hace falta.

Daniela observó a Teresa desde la puerta.

—Quiero que prepares la demanda de divorcio.

—Y la solicitud de liquidación del departamento.

Teresa soltó una carcajada.

—¿Liquidación?

—¿De cuál departamento?

—Ese departamento es de mi hijo.

Daniela abrió la carpeta.

Sacó la escritura.

La colocó sobre la mesa.

—Léala.

La mujer tomó el documento con desprecio.

Su expresión cambió al llegar a la segunda página.

Los propietarios registrados eran dos.

Mauricio Ortega.

Y Daniela Cruz.

Pero eso no era lo importante.

Debajo aparecía un documento adicional.

Una carta firmada por Mauricio.

“Reconozco que la señora Daniela Cruz aportó un millón cuatrocientos cincuenta mil pesos provenientes de la venta de un inmueble heredado por su abuela para la compra de este departamento.”

Teresa perdió la sonrisa.

—Eso…

—Eso no significa nada.

Daniela guardó nuevamente la carta.

—Lo decidirá un juez.

En ese momento sonó la puerta principal.

Mauricio acababa de regresar.

Entró sonriendo.

Traía una pequeña bolsa de regalo en la mano.

—Feliz cumpleaños…

La frase quedó suspendida en el aire.

Vio las fotografías sobre la mesa.

Vio a Patricia.

Después a su madre.

Y finalmente la carpeta verde.

Su rostro perdió todo el color.

—Daniela…

—Puedo explicarlo.

Ella negó lentamente.

—No.

—Hoy me toca hablar a mí.

Mauricio dejó la bolsa sobre el sofá.

—Solo fue un error.

—No significó nada.

Patricia lo miró con desprecio.

—¿Nada?

—Llevas casi un año viviendo algunos fines de semana con esa mujer.

Teresa intervino inmediatamente.

—¡No metas a mi hijo en problemas!

Daniela respiró profundamente.

—No hace falta.

—Él ya lo hizo solo.

Mauricio intentó acercarse.

Ella dio un paso atrás.

—No me toques.

Su teléfono vibró.

Era Mariana.

—Daniela.

—Ya revisé la copia de la escritura que me enviaste.

—Hay algo que no me habías contado.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué ocurre?

—En el expediente aparece anexado un documento adicional.

Daniela abrió rápidamente la carpeta.

Había un sobre que nunca antes había abierto.

Estaba sellado.

En la portada podía leerse:

“Abrir únicamente en caso de divorcio o fallecimiento de uno de los propietarios.”

Toda la habitación quedó en silencio.

Daniela rompió cuidadosamente el sello.

Dentro había varias hojas.

La primera estaba firmada por el notario.

La segunda por Mauricio.

Y la tercera hizo que todos dejaran de respirar.

Era un convenio privado.

En él, Mauricio reconocía expresamente que, si el matrimonio terminaba por una infidelidad comprobada de su parte, renunciaba voluntariamente a cualquier derecho sobre el departamento adquirido con el dinero aportado por Daniela.

El silencio fue absoluto.

Mauricio comenzó a temblar.

—Yo…

—No recordaba haber firmado eso.

Mariana seguía al teléfono.

—Lo firmó el mismo día de la compraventa.

—Fue una condición para proteger el patrimonio de Daniela.

Teresa arrebató los documentos.

Los leyó desesperadamente.

Cada línea empeoraba la situación.

—¡Esto es una trampa!

Mariana respondió desde el altavoz.

—No.

—Es un convenio notarial perfectamente válido.

Patricia dejó las fotografías sobre la mesa.

—Creo que mis imágenes servirán para demostrar la infidelidad.

Mauricio ya no sabía dónde mirar.

Había perdido el control de toda la situación.

La aventura que creyó esconder durante meses acababa de convertirse en la prueba que podía hacerle perder la casa.

Daniela tomó las llaves del departamento.

Se las dejó sobre la mesa.

—Hoy cumplo treinta y dos años.

—Y acabo de hacerme el mejor regalo de mi vida.

Mauricio dio un paso hacia ella.

—No destruyas nuestro matrimonio por un error.

Ella sonrió con una serenidad que nunca antes había sentido.

—No lo estoy destruyendo yo.

—Solo estoy terminando lo que tú empezaste el día que dejaste de respetarme.

Tomó su bolso.

La carpeta.

Y salió de la casa sin volver la vista atrás.

Detrás de ella quedaron una suegra que por fin comprendía que ya no podía controlar a su nuera y un esposo que descubrió demasiado tarde que el mayor secreto de aquella carpeta nunca fue el valor del departamento.

Fue la firma con la que él mismo había decidido su propio destino.

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