Eleanor permaneció inmóvil.
Noah seguía abrazado a su cuello, completamente ajeno al silencio que acababa de envolver la cafetería.
Julian sostuvo el viejo contrato con manos temblorosas.
—Serena fue quien encontró esa cláusula.
Eleanor frunció el ceño.
—¿Qué estás diciendo?
Él respiró profundamente.
—Dos semanas antes de que terminara el contrato decidí cambiarlo.
Le mostró la última página.
La cláusula original aparecía tachada.
“La Parte B no podrá enamorarse de Julian Grant.”
Debajo podía leerse otra, escrita y firmada por él.
“Si Eleanor decide quedarse después de los tres años, todo lo que poseo también será suyo.”
Eleanor sintió un nudo en la garganta.
—Nunca vi eso.
Julian sonrió con tristeza.
—Porque nunca llegaste a abrir la última versión.
—Cuando volví aquella noche…
Hizo una pausa.
—…ya te habías ido.
El silencio volvió a instalarse entre los dos.
Noah levantó la cabeza.
Miró a Julian durante unos segundos.
—Mamá…
—¿Quién es ese señor?
Eleanor respondió sin apartar la vista de Julian.
—Un cliente.
Pero Julian dio un paso adelante.
Se arrodilló lentamente hasta quedar a la altura del niño.
—Hola.
Noah lo observó con curiosidad.
—Tú tienes mis ojos.
Julian sintió que el pecho se le cerraba.
Eleanor lo apartó con suavidad.
—No confundas a mi hijo.
Él levantó la vista.
—¿Por qué nunca me dijiste que estabas embarazada?
Ella soltó una risa amarga.
—¿Para qué?
—¿Para que el hombre que me pagó por parecerme a otra mujer creyera que intentaba atraparlo con un bebé?
Julian no respondió.
Porque sabía que ella tenía razón.
Durante tres años jamás le dio motivos para pensar otra cosa.
Eleanor continuó.
—La noche que encontré la prueba de embarazo…
—También encontré tu camisa con el labial de Serena.
Él negó inmediatamente.
—No pasó nada entre nosotros.
—Aquella noche me pidió que la acompañara porque quería despedirse.
—¿Despedirse?
Julian asintió lentamente.
—Me devolvió el anillo que jamás aceptó.
Sacó una pequeña caja del bolsillo del abrigo.
La abrió.
Dentro había un anillo antiguo.
—Me dijo que ya no reconocía al hombre que la esperaba.
Eleanor permaneció en silencio.
—Fue ella quien me preguntó si todavía pensaba en ti.
—¿Y qué respondiste?
Julian sonrió con una tristeza infinita.
—Que llevaba meses buscando cualquier excusa para retrasar el final del contrato.
—Porque ya no sabía vivir sin ti.
Las lágrimas comenzaron a llenar los ojos de Eleanor.
—Entonces…
—¿Por qué nunca lo dijiste?
Julian bajó la cabeza.
—Porque el contrato lo escribí yo.
—Y pensé que, después de cómo empezó nuestra historia…
—…nunca creerías que mis sentimientos habían cambiado.
En ese momento sonó un automóvil frente a la cafetería.
Una mujer descendió del vehículo.
Era Serena.
Eleanor sintió cómo el cuerpo volvía a tensarse.
Pero Serena caminó directamente hacia ella.
No hacia Julian.
Llevaba una carpeta en las manos.
—Esto te pertenece.
Se la entregó.
Dentro había decenas de cartas.
Todas dirigidas a Eleanor.
Ninguna había sido abierta.
—¿Qué es esto?
Serena respondió con calma.
—Las escribió durante los dos años que te buscó.

Julian cerró los ojos.
Ella continuó.
—Las enviaba al último domicilio que conocía.
—Siempre regresaban.
Eleanor abrió la primera.
La fecha era de dos meses después de su partida.
“No sé dónde estás. Solo quiero saber si estás bien.”
La segunda.
“Hoy descubrí que la casa está demasiado silenciosa sin ti.”
La tercera.
“Si alguna vez lees esto, quiero que sepas que ya no busco a la mujer que se parecía a Serena.”
Las manos comenzaron a temblarle.
Serena sonrió con serenidad.
—Yo fui quien le dijo que dejara de buscar un fantasma.
—Porque la mujer que amaba ya no era yo.
Miró a Noah.
Después volvió a mirar a Eleanor.
—Era la madre de ese niño.
Noah tiró suavemente de la manga de Eleanor.
—Mamá…
—¿Por qué todos lloran?
Ella abrazó con fuerza a su hijo.
No supo qué responder.
Julian permanecía inmóvil frente a ellos.
Había tardado dos años en encontrar a su hijo.
Y mucho más en reunir el valor para decir la verdad.
Pero comprendía que algunas heridas no desaparecían con una confesión.
Porque el mayor error que había cometido nunca fue ofrecerle un contrato a una mujer desesperada.
Fue esperar demasiado tiempo para decirle que, mucho antes de que terminaran aquellos tres años, ella había dejado de ser un sustituto… para convertirse en la única persona que realmente había amado.