PARTE 2: EL INFORME QUE ADRIÁN NO DEBÍA ENCONTRAR.

Durante los primeros días de mi baja médica, apagué el teléfono y cerré las cortinas del departamento.

No quería escuchar disculpas.

No quería explicaciones.

Y, sobre todo, no quería que Adrián descubriera por qué había estado en el hospital.

Mi representante, Laura, fue la única persona a la que permití entrar.

Llegó con alimentos, analgésicos y una carpeta llena de contratos que yo debía revisar.

Cuando vio mi rostro, dejó todo sobre la mesa.

—¿Él lo sabe?

Negué.

—Ni siquiera sabía que estaba embarazada.

Laura se sentó frente a mí.

—Jimena, los periodistas ya tienen fotografías del coche militar ardiendo.

—Que publiquen lo que quieran.

—También hay imágenes tuyas saliendo del hospital.

Sentí que el cuerpo se me congelaba.

—¿Se distingue la clínica?

—Sí.

Me entregó una tableta.

Un portal de espectáculos había publicado una fotografía tomada a distancia. Yo aparecía caminando hacia la acera, pálida, con una carpeta médica entre las manos.

El titular decía:

“Jimena Rivas abandona una clínica privada horas antes de destruir el vehículo del general Salvatierra.”

Todavía no mencionaban el embarazo.

Pero era cuestión de tiempo.

—Necesitamos adelantarnos —dijo Laura—. Puedes decir que fue una revisión médica.

—No voy a mentir para protegerlo.

—No se trata de protegerlo. Se trata de protegerte a ti.

Me reí con amargura.

Durante tres años todos habían utilizado aquella palabra mientras decidían mi vida.

Protegerme.

Proteger a la familia.

Proteger el apellido.

—Cancela todas mis apariciones —ordené—. Y acepta la película en Argentina.

Laura abrió los ojos.

—El rodaje dura ocho meses.

—Perfecto.

—¿Quieres irte del país?

—Quiero irme de cualquier lugar donde Adrián pueda encontrarme.

Aquella misma tarde, mientras firmaba el contrato, alguien llamó a la puerta.

No respondí.

Los golpes se repitieron.

Firmes.

Medidos.

Militares.

—Jimena —dijo Adrián desde el pasillo—. Sé que estás dentro.

Laura me miró.

—¿Quieres que llame a seguridad?

—No.

Me levanté despacio.

Todavía sentía molestias, pero el dolor físico era más soportable que escuchar su voz.

Abrí la puerta solo unos centímetros.

Adrián seguía con uniforme.

Tenía ojeras, la barba crecida y una venda alrededor de la mano derecha, probablemente por haber intentado apagar el incendio.

—Vete.

—Necesito hablar contigo.

—Ya hablaste demasiado en la residencia de tu familia.

Su rostro se endureció.

—Escuchaste una parte.

—Escuché que me elegiste para avergonzarlos.

—Así empezó.

Aquellas palabras atravesaron la última esperanza que no sabía que todavía conservaba.

—Gracias por confirmarlo.

Intenté cerrar.

Adrián puso la mano entre la puerta y el marco.

—Pero dejó de ser así hace mucho tiempo.

—¿Cuándo?

No contestó inmediatamente.

Volví a hacerle la misma pregunta que en la calle.

—¿Desde cuándo me quieres?

—No lo sé.

Sonreí sin alegría.

—Claro.

—Jimena, no puedo señalar una fecha. Solo sé que, cuando Irene se marchó, estaba furioso. Quería castigar a mi familia. Después te conocí y pensé que podrías soportar su rechazo.

—Qué romántico.

—Me equivoqué.

—No. Calculaste perfectamente.

Empujé la puerta, pero no cedió.

—Presenté la primera solicitud para provocar una reacción —admitió—. La segunda ya era por ti.

—¿Y la tercera?

Su mirada cambió.

—No hubo tercera.

—Exacto. Porque te cansaste de luchar.

—Porque descubrí que insistir públicamente te estaba destruyendo.

—Y aun así no me contaste la verdad.

Adrián bajó la voz.

—Tenía miedo de que te fueras.

—Entonces preferiste que me quedara engañada.

Laura se acercó.

—General, debe marcharse.

Él la ignoró.

Sacó un sobre del interior de su chaqueta.

—Encontré esto en el coche después del incendio.

Mi respiración se detuvo.

Era la orden de ingreso de la clínica.

Debía de haberse caído de mi bolso cuando golpeé el capó.

Adrián extendió el documento.

—¿Qué procedimiento te hicieron?

Tomé el sobre antes de que pudiera abrirlo.

—No es asunto tuyo.

—Saliste sola de un hospital y apenas podías mantenerte en pie.

—Me observaste durante tres años sin verme realmente. No empieces ahora.

Sus ojos descendieron hacia la carpeta.

En la esquina superior aparecía el nombre del departamento de ginecología.

Vi el momento exacto en que comprendió.

El color abandonó su rostro.

—Jimena…

—Vete.

—¿Estabas embarazada?

No respondí.

No hacía falta.

Adrián retrocedió como si le hubiera disparado.

—¿Era mío?

La rabia regresó con tanta fuerza que olvidé el cansancio.

—¿De verdad vas a preguntarme eso?

—No quise…

—Fuiste el único hombre en mi vida durante tres años.

Su respiración se volvió irregular.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque esa misma mañana descubrí que nuestro hijo también habría sido parte de tu estrategia.

—No.

—¿No pensabas utilizar el embarazo para obligar a tu familia a aprobar el matrimonio?

Adrián cerró los ojos.

El silencio volvió a condenarlo.

—Les dije que estabas embarazada antes de saberlo —confesó.

Sentí náuseas.

—Inventaste un hijo para presionarlos.

—Solo quería que aceptaran…

—Y cuando realmente existió, yo ya no sabía si era un bebé o una nueva pieza en tu negociación.

Adrián golpeó la pared con la mano vendada.

—¡Era mi hijo!

—Era mi cuerpo.

La voz me salió quebrada.

—Y fui yo quien salió sola del hospital mientras tú recibías a Irene.

Él levantó la cabeza.

—No fui a recibirla.

—Estabas en su celebración.

—Fui a buscarte. El conductor me dijo que habías preguntado por ella y supuse que irías allí.

—Siempre supones. Siempre decides. Nunca preguntas.

Adrián se acercó, pero Laura se interpuso.

—No la toque.

Él se detuvo.

Por primera vez, el poderoso general parecía no saber qué orden dar.

—¿Cuándo ocurrió? —preguntó.

—Esta mañana.

Su rostro se descompuso.

—Cuando te encontré frente al hospital…

—Ya había terminado.

Adrián apoyó una mano en el marco.

—Por eso estabas tan pálida.

—Sí.

—Y yo te cargué.

—Aunque te dije que acababa de salir de una operación.

Cerró los ojos con fuerza.

Por primera vez comprendió que, mientras ordenaba cómo debía continuar “el próximo embarazo”, yo todavía sangraba por el que acababa de perder.

—No sabía —susurró.

—Nunca supiste nada porque jamás te interesó preguntar qué necesitaba yo.

Adrián comenzó a decir algo, pero su teléfono sonó.

Miró la pantalla.

Era la matriarca de los Salvatierra.

Rechazó la llamada.

Volvió a sonar.

Después llegó un mensaje.

Lo leyó.

Su expresión cambió.

—¿Qué ocurre? —preguntó Laura.

Adrián guardó el teléfono.

—Nada.

Su tono era demasiado rápido.

Extendí la mano.

—Muéstramelo.

—Jimena…

—Si tiene relación conmigo, muéstramelo.

Después de unos segundos, me entregó el dispositivo.

El mensaje decía:

“Irene aceptó retomar el compromiso. El consejo se reunirá esta noche. Ven solo y deja de arrastrar el apellido por esa actriz.”

Le devolví el teléfono.

—Felicidades.

—No voy a casarme con Irene.

—Eso ya no me importa.

—A mí sí.

—Entonces ve y resuelve la vida que realmente querías.

Cerré la puerta.

Esta vez no intentó detenerla.

Permaneció en el pasillo durante varios minutos.

Después escuché sus pasos alejándose.

Creí que aquella conversación había terminado.

Me equivoqué.

Dos horas después, Laura recibió una llamada del hospital.

La doctora que había realizado el procedimiento quería hablar conmigo personalmente.

Contesté con temor.

—Señorita Rivas, necesitamos que regrese.

—¿Ocurrió alguna complicación?

La médica guardó silencio.

—Al revisar las muestras encontramos una anomalía.

Sentí que el corazón comenzaba a golpearme.

—¿Qué anomalía?

—El expediente indicaba un embarazo de ocho semanas, pero los resultados no coinciden con el informe que usted firmó.

—No entiendo.

—Alguien modificó su historial clínico antes del procedimiento.

Me quedé inmóvil.

—¿Quién?

—Todavía no lo sabemos. Pero el sistema registra un acceso desde la oficina médica de la familia Salvatierra.

La habitación pareció quedarse sin aire.

—¿Qué cambiaron?

La doctora respiró profundamente.

—Señorita Rivas, el informe original decía que existían dos embriones.

Tuve que apoyarme en la mesa.

—¿Dos?

—Sí.

—Pero la intervención…

—No terminó como aparece en el expediente.

Su siguiente frase me dejó completamente paralizada.

—Uno de los embarazos continúa.

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