—¿Eres… el hijo de Karina Salgado Torres? —preguntó el abogado, con la voz quebrada.
Mateo asintió, empapado por la lluvia.
—Sí. Mi padrastro quiere vender la casa de mi mamá hoy. Tiene un poder que la hizo firmar sin leer.
El hombre permaneció inmóvil durante unos segundos.
Luego respiró hondo.
—Mi nombre es Alejandro Robles.
Aquel apellido no significaba nada para Mateo.
Pero cuando Alejandro volvió a pronunciar el nombre de Karina, lo hizo con una mezcla de culpa y tristeza.
—Hace veintiún años le prometí a doña Amalia que algún día regresaría… y nunca lo hice.
Tomó el teléfono inmediatamente.
—Sandra, cancela todas mis citas. Ahora mismo.
Después miró al guardia de la notaría.
—El menor entra conmigo.
—Licenciado, las reglas…
—Yo me hago responsable.
Cinco minutos después estaban sentados frente al notario.
Mateo explicó todo lo que había escuchado.
El notario pidió el nombre completo de Ramiro Castañeda y comenzó a revisar el sistema.
Su expresión cambió.
—La firma de la compraventa está programada para las once de la mañana.
Miró el reloj.
Faltaban treinta y siete minutos.
—¿Podemos detenerla? —preguntó Mateo.
El notario negó lentamente.
—Solo si demostramos que el poder fue obtenido mediante engaño o existe una revocación válida.
Alejandro ya estaba marcando otro número.
—Consígueme a Karina Salgado en la planta de alimentos Puebla Norte. Es una emergencia jurídica.
Mientras tanto, en una cafetería cercana, Ramiro sonreía frente al comprador.
—En una hora la propiedad será suya.
—¿La esposa no dará problemas?
—Ni siquiera sabe que hoy se vende.
Los dos rieron.
Pero, al mismo tiempo, en la fábrica, un supervisor recorría desesperado la línea de producción.
—¡Karina!
Ella levantó la cabeza.
—Tiene una llamada urgente del licenciado Alejandro Robles.
Karina dejó caer los guantes.
Nunca había vuelto a escuchar ese nombre.
Corrió hasta la oficina administrativa.
—¿Bueno?
—Karina, soy Alejandro.
Hubo un largo silencio.

—No hay tiempo para explicaciones. Escúchame con atención. ¿Firmaste un poder amplio a favor de Ramiro?
Ella sintió que el corazón se detenía.
—Sí… dijo que era para pagar impuestos.
—Está vendiendo la casa de doña Amalia.
Karina perdió el color.
—¿Qué?
—Ven inmediatamente a la notaría. Ya llamé al Ministerio Público.
Mientras tanto, Mateo observaba por la ventana.
Un automóvil negro acababa de estacionarse.
Ramiro descendió con una carpeta bajo el brazo, completamente seguro de que estaba a punto de cobrar los 3,200,000 pesos.
Lo que todavía no sabía era que, dentro de esa misma notaría, el niño al que había subestimado acababa de encontrar al único hombre capaz de detener la venta.
Y también al hombre que guardaba una verdad enterrada durante veintiún años sobre el pasado de Karina… una verdad que cambiaría para siempre el significado de la palabra “familia”.