Seguí a Patricia por el pasillo de oncología sin atreverme a hacer más preguntas.
Las puertas estaban decoradas con dibujos infantiles, globos de papel y murales pintados por voluntarios.
Aun así, el ambiente pesaba como si el aire estuviera lleno de despedidas.
Patricia caminaba en silencio.
Sus hombros temblaban ligeramente.
Pensé que Diego había discutido con un médico.
Que había hecho alguna locura por desesperación.
O que Valeria había empeorado.
Cuando doblamos la última esquina, escuché varias risas.
Risas.
En una planta donde casi nunca se oían.
Patricia se detuvo frente a la sala común.
—Mira.
Asomé la cabeza.
Y me quedé completamente inmóvil.
No era solo Diego.
Había más de veinte adolescentes.
Algunos seguían conectados a sus sueros.
Otros empujaban los porta sueros mientras caminaban lentamente.
Todos estaban completamente rapados.
En el centro del grupo estaba mi hijo.
Llevaba una máquina para cortar cabello en la mano.
Valeria reía por primera vez desde que comenzó la quimioterapia.
Ya no llevaba gorro.
Ya no escondía la cabeza.
A su alrededor, otros chicos se quitaban las gorras entre bromas.
Una enfermera lloraba mientras seguía tomando fotografías.
—¿Qué está pasando? —pregunté en voz baja.
Patricia respiró hondo.
—Eso mismo quiero que me expliques.
Una doctora salió de la sala al vernos.
—¿Usted es la mamá de Diego?
Asentí.
La mujer sonrió con emoción.
—Su hijo llegó esta mañana para acompañar a Valeria.
—Eso ya lo sabía.
—Pero cuando entró al área de adolescentes, varios pacientes comenzaron a mirarlo.
Recordó la escena con una sonrisa.
—Uno de ellos le preguntó si también tenía cáncer.
Diego respondió:
—No.
—Solo no quiero que mi novia sea la única que se sienta diferente.
La doctora hizo una pausa.
—Cinco minutos después ocurrió algo inesperado.
Uno de los muchachos pidió una máquina.
Después otro.
Luego otro más.
Algunos familiares dudaron.
Otros empezaron a llorar.
Pero, uno tras otro, los adolescentes que todavía conservaban cabello decidieron raparse.
No porque estuvieran obligados.
Porque ya no querían que sus compañeros enfrentaran solos el espejo.
Volví a mirar hacia la sala.
Un chico abrazaba a otro mientras ambos se reían de lo extrañas que se veían sus cabezas.
Una niña de quince años acariciaba por primera vez su cuero cabelludo sin esconderse.
Valeria ya no lloraba.
Patricia rompió finalmente el silencio.
—Cuando entré esta mañana…
Se cubrió la boca.
—Pensé que Diego había convencido a mi hija de hacer alguna tontería.
Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas.
—Pero la encontré riéndose.
—No la veía reír así desde el diagnóstico.
Me tomó de la mano.
—Por eso te llamé.
La miré confundida.
—Creía que estaba enfadada.
Negó lentamente.
—No sabía cómo sentirme.
Miró nuevamente a los jóvenes.
—Llevo cuatro meses intentando que Valeria dejara de esconderse.
—Tu hijo lo consiguió en una hora.
En ese momento, Diego nos vio.
Sonrió con la naturalidad de siempre.
—¡Ma!

Se acercó caminando.
—¿Qué haces aquí?
—Tuve una llamada bastante preocupante.
Él miró a Patricia.
Ella soltó una risa entre lágrimas.
—Creo que exageré un poco.
Diego se rascó la cabeza recién rapada.
—¿Pasó algo malo?
La doctora respondió antes que nosotras.
—Acabas de provocar un pequeño problema.
Mi hijo abrió mucho los ojos.
—¿Qué hice?
—Ahora media planta quiere organizar un día sin gorros.
Diego soltó una carcajada.
—Eso sí es un problema.
Todos rieron.
Entonces apareció el jefe del servicio de oncología.
Traía una carpeta azul entre las manos.
Buscó directamente a Diego.
—¿Eres tú quien empezó todo esto?
Mi hijo tragó saliva.
—Si hice algo indebido…
El médico negó con una sonrisa.
—Al contrario.
Abrió la carpeta.
—Llevamos años intentando crear un programa de apoyo emocional entre adolescentes.
Miró a los jóvenes que seguían riendo dentro de la sala.
—Hoy acabas de conseguir, sin proponértelo, más de lo que nosotros logramos en mucho tiempo.
Diego bajó la mirada, incómodo.
—Solo quería que Valeria no se sintiera sola.
El médico cerró lentamente la carpeta.
—Precisamente por eso funciona.
Porque no pensaste en hacer algo grande.
Solo pensaste en una persona.
Antes de marcharse, el doctor se volvió una vez más.
—Hay alguien que quiere conocerte.
—¿Quién?
El médico señaló discretamente el fondo del pasillo.
Allí esperaba un hombre de unos sesenta años, vestido con ropa sencilla y acompañado por dos personas de traje.
Llevaba varios minutos observando a Diego sin intervenir.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, caminó lentamente hacia nosotros.
Extendió la mano.
—Mucho gusto.
—Soy Alejandro Rivas.
Diego estrechó su mano sin reconocer el nombre.
El hombre sonrió.
—También soy presidente de la Fundación Nacional para Pacientes Oncológicos.
Sacó una fotografía tomada apenas una hora antes.
En ella aparecían los veintidós adolescentes rapados abrazando a Valeria.
Guardó nuevamente la imagen.
—Llevo veinte años buscando una campaña capaz de devolver esperanza a estos chicos.
Miró fijamente a Diego.
—Y creo que acaba de empezar en este hospital… gracias a un muchacho de diecisiete años que ni siquiera se dio cuenta de lo que hizo.