Jacinta permaneció inmóvil, con la carta temblando entre las manos.
Volvió a leer la primera línea.
“Perdóname por haber escondido que Nahuel es mi hijo.”
Levantó lentamente la mirada hacia don Eusebio.
El anciano ya no intentaba ocultar la tristeza de sus ojos.
—¿Es verdad? —preguntó ella en un susurro.
Él asintió.
—Sí.
El silencio llenó la cocina.
Solo se escuchaba el crepitar de la leña bajo el comal.
Jacinta volvió a mirar las fotografías.
En una de ellas aparecía una muchacha rarámuri muy joven, sonriendo junto a un Eusebio de cuarenta y tantos años.
En sus brazos sostenía a un bebé.
No necesitó preguntar quién era.
—Nahuel…
—Tenía apenas unos meses.
Don Eusebio respiró con dificultad antes de continuar.
—Su madre se llamaba Isabel.
Era maestra en una comunidad cercana.
Nos enamoramos cuando yo todavía estaba casado con Martina.
Jacinta bajó lentamente la carta.
—¿Ella sabía?
—No.
Aquella confesión parecía costarle cada palabra.
—Cuando Isabel descubrió que esperaba un hijo, decidió marcharse para evitar destruir mi matrimonio.
Nunca me pidió dinero.
Nunca reclamó mi apellido.
Solo escribió aquellas cartas.
Jacinta tomó el listón rojo y desató el resto de la correspondencia.
Había más de veinte cartas.
Todas hablaban del mismo niño.
Sus primeros pasos.
Su primer día de escuela.
Las enfermedades.
Las cosechas difíciles.
Y una frase se repetía constantemente.
“No le diré quién es su padre hasta que usted tenga el valor de hacerlo.”
Jacinta sintió un nudo en la garganta.
—¿Nahuel nunca supo nada?
Don Eusebio negó con la cabeza.
—Isabel murió hace once años.
Se llevó el secreto con ella.
—¿Y usted tampoco se lo dijo?
El anciano cerró los ojos.
—Cada año encontraba una excusa para esperar un poco más.
Hasta que ya fue demasiado tarde.
Jacinta comprendió entonces algo que nadie en la región imaginaba.
Don Eusebio no buscaba una esposa para heredarle un rancho.
Buscaba a alguien que tuviera el valor que a él le había faltado durante casi tres décadas.
En ese momento se escucharon pasos en el corredor.
Nahuel entró llevando un costal de maíz al hombro.
—Don Eusebio, ya quedaron encerradas las vacas.
Al ver la carpeta abierta, frunció ligeramente el ceño.
—¿Interrumpo algo?
Jacinta escondió instintivamente las cartas.
Eusebio respondió con calma.
—No.
Nahuel dejó el costal junto a la pared.
—El veterinario llegará mañana.
Después observó el rostro de ambos.
—¿Ocurrió algo?
Ninguno respondió.
Él permaneció unos segundos más antes de salir nuevamente.
Cuando la puerta se cerró, Jacinta volvió hacia el anciano.
—Debe decírselo.
—Ya no sé cómo.
—Con la verdad.
—¿Y si me odia?
Ella sostuvo las cartas contra el pecho.

—Tiene derecho a decidir eso él.
Eusebio guardó silencio.
Después tomó otra carpeta distinta.
Esta era mucho más gruesa.
Dentro estaba el testamento.
Jacinta leyó las primeras páginas.
Todo el rancho.
La huerta.
El ganado.
La maquinaria.
Las tierras.
Todo aparecía dividido en dos partes exactamente iguales.
Una mitad para Jacinta.
La otra…
Para Nahuel.
Ella levantó la vista.
—Entonces usted siempre pensó reconocerlo.
—Sí.
—¿Por qué nunca modificó el apellido?
—Porque necesitaba decírselo antes.
Jacinta cerró lentamente la carpeta.
—No aceptaré nada hasta que él conozca la verdad.
Don Eusebio sonrió por primera vez desde que comenzaron aquella conversación.
—Por eso elegí casarme contigo.
No por necesidad.
No por compañía.
Sino porque eras la única persona capaz de proteger a los dos cuando yo ya no estuviera.
Al amanecer siguiente, Jacinta preparó café de olla mientras Nahuel arreglaba una cerca derribada por el viento.
Todo parecía igual.
Pero ella ya no podía mirarlo del mismo modo.
Durante años había trabajado para el anciano con una lealtad absoluta.
Había rechazado mejores ofertas.
Había cuidado el rancho como si fuera suyo.
Sin saber que, en realidad, estaba cuidando la tierra de su propio padre.
Al mediodía llegó una camioneta blanca.
De ella descendieron tres hombres vestidos con botas nuevas y sombreros finos.
El primero extendió una carpeta.
—Venimos por instrucciones del licenciado Arturo Salgado.
Jacinta no reconoció el nombre.
Nahuel sí.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿Qué quieren?
El hombre sonrió.
—Solo entregar una notificación.
Le dio los documentos a don Eusebio.
El anciano apenas leyó la primera hoja antes de palidecer.
Jacinta tomó el expediente.
Era una demanda.
Solicitaban la nulidad del matrimonio celebrado cuatro días antes.
Argumentaban que don Eusebio había sido manipulado debido a su estado de salud.
Además, exigían la suspensión inmediata del testamento.
—¿Quién presenta esto? —preguntó Jacinta.
El hombre respondió con absoluta tranquilidad.
—Los sobrinos del señor Eusebio.
Nahuel apretó los puños.
—Hace quince años que ninguno pisa este rancho.
—Ahora regresaron.
—¿Por qué?
El visitante sonrió con desprecio.
—Porque alguien les informó que el viejo está muriendo.
Don Eusebio dejó escapar un suspiro cansado.
—Ya empezaron.
El hombre señaló a Jacinta.
—También solicitan investigarla por fraude matrimonial.
Ella no respondió.
Seguía leyendo.
En la última página aparecía una lista de posibles herederos.
Había cinco sobrinos.
Ningún hijo.
Ni una sola mención a Nahuel.
El visitante guardó los papeles.
—El juez ordenará el aseguramiento preventivo del rancho mientras se resuelve el juicio.
—No pueden hacer eso —protestó Nahuel.
—Claro que podemos.
El hombre caminó hacia la camioneta.
Antes de subir, añadió una última frase.
—Por cierto…
Miró directamente a Nahuel.
—Uno de los demandantes afirma tener pruebas de que tú intentas apropiarte de una herencia que nunca te ha pertenecido.
Los vehículos desaparecieron entre el polvo.
Jacinta permaneció inmóvil.
Don Eusebio respiraba cada vez con mayor dificultad.
Nahuel rompió finalmente el silencio.
—¿Quiénes son esos hombres?
El anciano cerró lentamente los ojos.
—Mi familia.
Nahuel bajó la mirada.
—Nunca entendí por qué me odiaban tanto.
Jacinta apretó con fuerza las cartas escondidas bajo el rebozo.
Sabía que la respuesta estaba escrita en aquellas hojas.
Pero antes de que pudiera decidir si debía hablar, escuchó un golpe proveniente del viejo granero.
Los tres se volvieron al mismo tiempo.
Nahuel tomó la escopeta que colgaba junto a la puerta.
Corrió hasta el establo.
La puerta estaba abierta.
Los candados habían sido forzados.
Y sobre la tierra húmeda alguien había dejado una caja de madera.
Encima había una fotografía reciente de Nahuel.
Con una sola frase escrita a mano:
“Si descubres quién es tu verdadero padre, serás el siguiente en morir.”