PARTE 2 – EL TRAIDOR QUE SIEMPRE SE SENTÓ A NUESTRA MESA

La nota ensangrentada temblaba entre los dedos de Mateo.

El silencio que envolvía el comedor era mucho más aterrador que cualquier grito.

Todos observaban el contenedor vacío incapaces de comprender lo ocurrido.

La langosta ciega había desaparecido delante de decenas de personas sin que nadie lo advirtiera.

Mateo respiró profundamente antes de desplegar lentamente el papel.

Solo había una frase escrita con tinta oscura.

“Llegaste demasiado tarde.”

Debajo aparecía un pequeño símbolo grabado con tinta roja.

Una serpiente enroscada alrededor de una corona.

El rostro de Mateo perdió todo el color.

Reconocía perfectamente aquel emblema.

Hacía veinte años que no lo veía.

Su tía también lo reconoció.

Retrocedió un paso involuntariamente.

—No…

murmuró casi sin voz.

—Ellos no podían haber regresado.

Mateo levantó lentamente la mirada.

—Así que tú también los conoces.

La mujer permaneció completamente callada.

Era la primera vez durante toda la noche que no intentaba defenderse.

Los invitados comenzaron a intercambiar miradas nerviosas.

Nadie entendía de qué estaban hablando.

Uno de los médicos que acompañaba a la madre de Mateo entró apresuradamente al comedor.

Su expresión era desesperada.

—Señor…

Respiraba con dificultad.

—La señora acaba de sufrir otra crisis.

Nos queda muy poco tiempo.

Aquellas palabras atravesaron el corazón de Mateo.

Apretó la nota con tanta fuerza que terminó arrugándola.

No podía permitirse perder un solo minuto más.

Miró directamente a su tía.

—¿Quién la tiene?

Ella negó lentamente.

—Yo robé el contenedor.

Sí.

Pero cuando fui a abrirlo…

Su voz comenzó a quebrarse.

—Ya estaba vacío.

El salón entero quedó inmóvil.

Eso significaba que el verdadero ladrón había actuado antes incluso de que comenzara la cena.

Mateo recordó inmediatamente algo.

Al llegar aquella noche, el contenedor había permanecido varios minutos fuera de su vista mientras saludaba a los invitados.

En ese momento cualquiera había podido cambiar su contenido.

Se volvió hacia los guardias.

—Cierren absolutamente todas las salidas.

Nadie abandona esta mansión.

Los hombres obedecieron sin discutir.

Las puertas de seguridad volvieron a bloquearse automáticamente.

Mientras tanto, Mateo observaba lentamente cada uno de los rostros presentes.

Empresarios.

Parientes.

Abogados.

Viejos amigos de la familia.

Todos parecían nerviosos.

Pero uno llamó especialmente su atención.

El doctor Esteban.

El médico personal que llevaba más de diez años tratando a su madre.

Permanecía demasiado tranquilo.

No miraba el contenedor.

No observaba a la tía.

Solo mantenía fija la vista sobre la nota ensangrentada.

Mateo caminó lentamente hacia él.

—¿Qué ocurre, doctor?

El hombre levantó la vista.

—Nada.

Simplemente espero que encontremos pronto la solución.

Mateo sonrió apenas unos centímetros.

Una sonrisa fría.

—Curioso.

El médico frunció el ceño.

—¿Qué tiene de curioso?

Mateo levantó la nota.

—Todavía nadie le había enseñado este mensaje.

Entonces…

¿cómo sabía usted que existía un problema diferente al robo?

El doctor permaneció inmóvil.

Durante unos segundos nadie respiró.

Había cometido un error diminuto… pero suficiente para despertar todas las sospechas.

La tía comenzó a observarlo fijamente.

Su expresión cambió por completo.

—Espera…

Sus ojos se abrieron lentamente.

—Fuiste tú.

El médico sonrió por primera vez.

Una sonrisa completamente distinta.

Fría.

Calculadora.

—Han tardado demasiado en comprenderlo.

Los guardias desenfundaron inmediatamente sus armas.

Pero el doctor levantó tranquilamente ambas manos.

—No se preocupen.

Ya no llevo encima lo que buscan.

Mateo dio otro paso.

—¿Dónde está?

El hombre negó lentamente.

—Aunque lo supieras, ya sería demasiado tarde.

La madre de Mateo no era la única persona en peligro.

Aquellas palabras dejaron helado a todo el salón.

—¿Qué quieres decir?

preguntó Mateo.

El médico respiró profundamente.

—Ese antídoto nunca fue destinado únicamente para salvar a tu madre.

El silencio volvió a instalarse.

El hombre continuó hablando.

—Durante años les hicieron creer que la langosta ciega era simplemente un remedio extraordinario.

Pero escondía algo mucho más valioso.

Sacó lentamente un pequeño dispositivo de su bolsillo.

Lo dejó sobre la mesa.

Era una memoria electrónica protegida con un sistema biométrico.

—Dentro del contenedor también viajaba esto.

Mateo sintió un escalofrío.

Jamás había visto aquel dispositivo.

El doctor soltó una leve carcajada.

—La langosta solo era el señuelo.

Lo que todos buscaban realmente era la información.

La tía abrió los ojos con incredulidad.

—Entonces…

¿la herencia?

Él negó.

—Nunca se trató del dinero.

Durante décadas esta familia custodió documentos capaces de destruir a personas mucho más poderosas de lo que imaginan.

Empresarios.

Funcionarios.

Políticos.

Todos protegidos por el mismo secreto.

Mateo comprendió entonces que había subestimado por completo lo que estaba ocurriendo.

No estaban luchando únicamente por salvar una vida.

Estaban en medio de una conspiración que llevaba décadas creciendo entre las sombras.

De pronto, sonó una alarma en el reloj del doctor.

Él sonrió mientras observaba la pantalla.

—Perfecto.

Ya debieron salir de la ciudad.

Mateo sintió que el corazón se detenía.

—¿Quiénes?

El médico levantó lentamente la mirada.

—Las personas que ahora mismo llevan la verdadera langosta.

Y antes de que los guardias pudieran sujetarlo, pronunció una última frase que dejó paralizado a todo el salón.

—Si quieren salvar a tu madre… primero tendrán que descubrir cuál de los miembros de esta familia lleva veinte años trabajando para la organización de la serpiente.

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