Ernesto observó a Valeria con atención.
La niña seguía mirando fijamente el apellido escrito en el testamento.
Sus manos comenzaron a temblar.
—¿Qué pasa? —preguntó el notario.
Valeria levantó lentamente la cabeza.
—Ese hombre… Rogelio Barragán.
Ernesto frunció el ceño.
—¿Lo conoces?
Ella asintió con dificultad.
—Hace cuatro meses trabajé limpiando parabrisas cerca de una bodega.
Una noche me escondí porque estaba lloviendo.
Los vi entrar.
Había dos camionetas.
Y una de ellas traía el logotipo de su empresa.
El silencio llenó la oficina.
—¿Qué viste exactamente? —preguntó Ernesto.
Valeria tragó saliva.
—Descargaban cajas.
No parecían mercancía normal.
Escuché que uno de los hombres dijo que, cuando usted muriera, ya no habría nadie que pudiera impedir “el siguiente paso”.
Ernesto sintió un escalofrío.
—¿Estás segura?
—Sí.
Luego vi cómo golpeaban a un chofer.
Lo obligaban a firmar unos papeles.
Cuando intenté escapar, uno de ellos me vio.
Rogelio dijo que era solo una niña y que nadie le creería.
El notario cerró lentamente la carpeta.
—Eso ya no es solo un problema empresarial.
Ernesto permaneció varios segundos en silencio.
Después tomó una decisión.
—La reunión de mañana sigue en pie.
Valeria abrió mucho los ojos.
—¡No puede ir solo!
Él sonrió con tranquilidad.
—No iré solo.
Te llevaré conmigo.
A la mañana siguiente, la sala de juntas estaba llena.
Los hermanos Barragán llegaron acompañados de contadores y abogados.
Sonreían convencidos de que aquella sería la última negociación de Ernesto.
Rogelio fue el primero en hablar.
—¿Ya aceptó nuestra oferta?
Ernesto dejó lentamente su bastón junto a la mesa.
—Todavía no.
Entonces abrió la puerta.
Valeria entró con uniforme escolar nuevo y una mochila que el propio Ernesto le había comprado esa misma mañana.
Los hermanos apenas le prestaron atención.
Pensaron que era una simple acompañante.
—Ella estará presente durante toda la reunión —anunció Ernesto.
Rogelio sonrió con desprecio.
—¿Ahora también trae nietas imaginarias?
Ernesto sostuvo la mirada.
—Desde hoy es mi pupila legal.
Y probablemente la única persona en esta ciudad capaz de reconocer varios de sus delitos.
La sonrisa desapareció del rostro de Rogelio.
Solo por un instante.
Pero Valeria lo vio.
Y comprendió que él también la había reconocido.
El abogado de los Barragán intervino de inmediato.
—No sabemos de qué está hablando.
Ernesto deslizó una carpeta sobre la mesa.
—Todavía no.
Pero pronto lo sabrán las autoridades.
Los hermanos intercambiaron una rápida mirada.
Habían llegado para comprar una empresa.
Ahora empezaban a sospechar que habían caído en una trampa.
En ese momento llamaron a la puerta.
El secretario del notario anunció:
—Licenciado Herrera… llegó el abogado que pidió verlo con urgencia.
Un hombre de unos sesenta años entró con un sobre sellado.
—Don Ernesto.
Esto acaba de llegar del juzgado.
Dijeron que debía entregárselo personalmente.
Ernesto rompió el sello.
Leyó las primeras líneas.
Su expresión cambió por completo.
El notario se acercó.
—¿Ocurre algo?

Ernesto levantó lentamente la vista hacia Valeria.
Había lágrimas en sus ojos.
—Encontraron nuevos documentos del accidente donde murió mi hijo Julián.
Toda la sala quedó inmóvil.
Ese accidente había ocurrido veinte años atrás.
Siempre se había considerado una tragedia inevitable.
El anciano siguió leyendo.
Después apoyó lentamente la carta sobre la mesa.
—No fue un accidente.
Valeria sintió un escalofrío.
Rogelio comenzó a respirar con dificultad.
Porque el expediente recién reabierto contenía una declaración olvidada durante dos décadas.
Y el nombre de la última persona que había visto con vida a Julián Salgado… era exactamente el mismo apellido que acababa de ofrecer comprar la empresa por una tercera parte de su valor.