Alejandro volvió a leer el aviso de desalojo.
Después miró la casa de Lucía.
Las paredes tenían pintura descascarada. El techo mostraba manchas de humedad. La puerta apenas cerraba bien.
Sin embargo, todo estaba limpio.
Sobre una repisa había medallas escolares de Ximena, fotografías del esposo fallecido de Lucía y una pequeña virgen rodeada de flores de papel.
Aquel lugar no era una cifra dentro de un informe inmobiliario.
Era el hogar que su empresa pensaba borrar en diez días.
—¿Desde cuándo saben esto? —preguntó.
Lucía le arrebató el documento.
—Desde hace treinta segundos.
Leyó el nombre de la compañía y levantó lentamente la mirada hacia él.
—¿De la Vega Desarrollo Urbano?
Alejandro no intentó mentir.
—Sí.
Ximena apareció en el pasillo, descalza y medio dormida.
—¿Qué pasa?
Lucía dobló el papel.
—Nada. Regresa a dormir.
La adolescente observó el rostro de su madre y después el de Alejandro.
—Cuando los adultos dicen “nada” con esa cara, siempre significa que estamos fregados.
Doña Carmen encendió la luz de la sala.
Lucía terminó mostrándoles el aviso.
Ximena lo leyó dos veces.
—¿Van a tirar nuestra casa?
Alejandro dio un paso hacia ella.
—Todavía no.
—El papel dice diez días.
—Voy a detenerlo.
Lucía soltó una risa sin humor.
—Qué conveniente. Primero su empresa nos echa y después usted viene a salvarnos.
—Yo no sabía nada de este proyecto.
—Su apellido está en el logotipo.
—Regina administra esa división.
—Pero usted es el dueño.
Aquella frase lo golpeó con más fuerza de la que Lucía imaginaba.
Durante años, Alejandro había aceptado elogios por el crecimiento de todo el grupo.
Nunca había dicho que una división no era responsabilidad suya cuando aparecían ganancias.
Ahora tampoco podía esconderse detrás de su prima.
—Tienes razón —admitió—. Aunque no conociera el proyecto, sigue siendo mi responsabilidad.
Lucía lo miró sorprendida.
Quizá esperaba una excusa.
Él tomó su teléfono por reflejo.
Después recordó el trato.
Nada de tarjetas.
Nada de chofer.
Nada de privilegios.
Pero aquel documento ya no formaba parte de su experimento absurdo.
Era una emergencia.
Marcó a Regina.
La llamada entró al buzón.
Volvió a intentarlo.
Nada.
Entonces telefoneó al director jurídico del grupo.
El hombre respondió de inmediato.
—Señor de la Vega, ¿ocurrió algo?
—Necesito el expediente completo del desarrollo Jardines del Oriente.
Hubo una pausa.
—¿Ahora?
—Ahora.
—Ese proyecto lo maneja directamente la licenciada Regina.
—Lo sé.
—Entonces sería mejor consultarlo con ella.
Alejandro sintió una alarma.
Sus empleados nunca evitaban responderle de aquella manera.
—Te estoy dando una orden.
—Entendido.
La llamada terminó.
Lucía seguía de pie frente a él.
—¿De verdad no sabía?
—No.
—¿Y por qué su propio abogado parece asustado?
Alejandro no contestó.
No tenía una respuesta que no sonara peor.
A la mañana siguiente, los vecinos se reunieron frente a la casa.
El aviso no había llegado únicamente a Lucía.
Había aparecido en cuarenta y ocho puertas.
Familias enteras salieron con papeles en las manos.
Una mujer embarazada lloraba.
Un anciano repetía que llevaba treinta y siete años pagando aquella vivienda.
Un mecánico mostró recibos de predial y escrituras.
—No pueden sacarnos —decía—. Somos propietarios.
Alejandro tomó uno de los documentos.
El aviso afirmaba que las viviendas estaban construidas sobre terrenos adquiridos legalmente por la desarrolladora.
Pero los vecinos tenían escrituras.
Algo no coincidía.
Un hombre reconoció a Alejandro.
—¿Usted no es el dueño de la empresa?
Las conversaciones se apagaron.
Todos lo rodearon.
—¿Vino a burlarse?
—¿Cuánto nos van a pagar?
—¿Dónde vamos a vivir?
—Mi hija está enferma.
Lucía se interpuso antes de que la multitud se acercara más.
—Él está revisando lo ocurrido.
Un vecino soltó una carcajada.
—Claro. Los ricos siempre revisan después de firmar.
Alejandro no se defendió.
Por primera vez entendió que su presencia, su apellido y su ropa sencilla no podían borrar lo que representaba.
Para aquellas personas, él era el hombre que había comprado el suelo bajo sus camas.
El expediente llegó dos horas después al correo de Alejandro.
Eran más de quinientas páginas.
Se sentó en la mesa pequeña de la cocina mientras Lucía preparaba el desayuno antes de ir al trabajo.
Revisó contratos, permisos y avalúos.
La compra se había realizado a través de una empresa intermediaria llamada Horizonte Patrimonial.
El terreno completo aparecía registrado como propiedad de una familia que supuestamente lo vendió hacía seis meses.
Pero los vecinos poseían títulos individuales.
Alejandro amplió una página.
—Esto es imposible.
Lucía dejó una taza frente a él.
—¿Qué encontró?
—La operación se autorizó mediante un juicio de prescripción.
—¿Eso qué significa?
—Que alguien declaró que los propietarios habían abandonado los terrenos durante años.
Lucía miró por la ventana.
Afuera, los niños caminaban hacia la escuela y varias mujeres barrían sus banquetas.
—¿Le parece abandonado?
—No.
Siguió leyendo.
El expediente incluía fotografías de lotes baldíos.
No eran aquellas casas.
Eran terrenos distintos.
Los números de las calles habían sido alterados.

Alguien había fabricado pruebas para presentar todo el conjunto como tierra desocupada.
Alejandro buscó las firmas.
Jueces.
Peritos.
Notarios.
Funcionarios municipales.
Y al final de la cadena, la autorización ejecutiva de Regina de la Vega.
Lucía observó su expresión.
—¿Su prima sabía?
—Firmó.
—Eso no responde mi pregunta.
Alejandro cerró la computadora.
—Todavía no sé cuánto sabía.
—¿La está protegiendo?
—Estoy intentando no acusarla sin pruebas.
Lucía apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Hace una hora dijiste que no podías esconderte detrás de ella.
—Y no lo haré.
—Entonces mírame y dime qué va a ocurrir.
Él sostuvo su mirada.
—Suspenderé el proyecto.
—¿Puede hacerlo?
—Sí.
Tomó el teléfono y llamó a la oficina central.
Ordenó detener cualquier demolición, negociación o desalojo relacionado con Jardines del Oriente.
La secretaria guardó silencio.
—Señor, la licencia de demolición ya fue ejecutada administrativamente.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Que los contratos con las constructoras contienen penalizaciones. Si detenemos la obra, el grupo deberá pagar más de ochenta millones.
—No me importa.
—La licenciada Regina dejó instrucciones de no aceptar cambios sin una votación del consejo.
—Yo presido el consejo.
—La votación ocurrió ayer.
Alejandro se quedó inmóvil.
—¿Sin mí?
—Consta que usted participó de forma remota.
La sangre se le enfrió.
—Yo no participé en ninguna votación.
Lucía escuchaba cada palabra.
La secretaria continuó:
—Hay una grabación y un acta con su firma digital.
Alejandro colgó.
—Alguien utilizó mi identidad.
Lucía no respondió.
Él abrió el expediente otra vez y buscó la fecha de la adquisición.
Después revisó el registro de accesos.
Su contraseña corporativa había autorizado los pagos desde su despacho.
—Regina tenía acceso a tu oficina —dijo Lucía.
No era una pregunta.
—Solo ella y mi asistente.
Ximena, que hacía la tarea cerca de la ventana, levantó la mirada.
—¿Y por qué alguien rico falsificaría la firma de otro rico?
Alejandro observó a la adolescente.
La respuesta parecía evidente.
—Para quedarse con algo.
Un vehículo negro se detuvo frente a la casa.
Dos hombres descendieron.
No llevaban uniforme, pero uno mostró una identificación de la empresa.
—Señor de la Vega —dijo—, su prima ordenó que regrese inmediatamente.
—Díganle que vendré después.
—Insistió en que fuera ahora.
El segundo hombre abrió la puerta trasera.
Aquello no parecía una invitación.
Lucía se acercó.
—¿Está en peligro?
Alejandro quiso negarlo.
Entonces vio una camioneta estacionada al final de la calle.
Era el mismo modelo que utilizaba la seguridad privada del grupo.
Pero las placas estaban cubiertas.
—Métanse a la casa —ordenó.
Los hombres avanzaron.
—Señor, no complique esto.
Alejandro tomó a Lucía del brazo y la hizo retroceder.
Los vecinos comenzaron a asomarse.
La situación se volvió demasiado visible.
Los hombres se detuvieron.
—La licenciada Regina quiere ayudarlo —dijo uno—. Está preocupada porque lleva una noche comportándose de forma extraña.
—¿Extraña?
—Dice que quizá sufrió una crisis.
Alejandro comprendió el plan.
Si Regina conseguía presentarlo como mentalmente inestable, podría apartarlo temporalmente de la presidencia.
Y entonces ninguna de sus órdenes tendría valor.
Su teléfono vibró.
Era un mensaje del director jurídico.
Solo contenía una fotografía.
En ella aparecía el acta de una reunión extraordinaria programada para esa tarde.
Tema principal:
“Incapacidad provisional del presidente ejecutivo Alejandro de la Vega.”
Debajo había otro documento.
Un informe médico firmado por el doctor personal de la familia aseguraba que Alejandro presentaba episodios de paranoia, desorientación y conducta impulsiva.
—Están intentando sacarme de mi propia empresa —susurró.
Lucía leyó la pantalla.
—¿Regina puede hacerlo?
—Con suficientes votos, sí.
Uno de los hombres volvió a abrir la puerta del vehículo.
—Suba voluntariamente.
Alejandro miró la casa.
Después a los vecinos que dependían de que él conservara el control.
Durante toda su vida había creído que el poder significaba no necesitar a nadie.
Ahora estaba atrapado en una calle desconocida, sin chofer, sin abogados y sin saber en quién confiar.
Lucía tomó el aviso de desalojo, lo dobló y lo guardó en su bolso.
—Vámonos.
Alejandro la miró.
—Tú no vienes.
—Claro que sí.
—Esto puede ser peligroso.
—Mi casa ya está en peligro.
Ximena apareció detrás de su madre.
—Yo también voy.
—Tú te quedas con tu abuela —ordenó Lucía.
La adolescente quiso discutir, pero doña Carmen la tomó del hombro.
Alejandro y Lucía subieron al vehículo.
Durante el trayecto nadie habló.
Sin embargo, al llegar al edificio corporativo, Lucía reconoció al hombre que esperaba junto a la entrada.
Era Esteban Salgado, el casero que le había aumentado la renta tres días antes.
Él estrechó la mano de Regina.
Después le entregó una carpeta.
Alejandro también lo vio.
—¿Lo conoces?
—Es mi casero.
El hombre levantó la vista y palideció al reconocerla.
Regina sonrió desde la escalinata.
—Primo, llegaste justo a tiempo.
A su lado había abogados, consejeros y un médico.
Alejandro descendió.
Lucía hizo lo mismo.
Regina frunció el ceño.
—Ella no puede entrar.
—Ella se queda conmigo.
—¿Desde cuándo una empleada doméstica participa en asuntos del consejo?
Lucía apretó los labios.
Alejandro caminó hasta quedar frente a su prima.
—Desde que descubrí que intentas quitarle su casa usando mi nombre.
La sonrisa de Regina no desapareció.
—No sabes de qué hablas.
—Entonces explica las escrituras falsas.
—Estás confundido.
El médico se acercó.
—Alejandro, quizá sea mejor que descanse.
Dos guardias aparecieron detrás de él.
Regina abrió la carpeta que le había entregado Esteban.
—El consejo ya conoce tus problemas recientes.
Después sacó un documento.
—Y tenemos pruebas de que esta mujer te manipuló para obtener dinero.
Lucía perdió el color.
Era un contrato de transferencia firmado supuestamente por ella.
Afirmaba que Alejandro le había entregado cinco millones de pesos a cambio de mantener una relación íntima y sabotear el proyecto.
—Eso es falso —dijo Lucía.
—También tenemos fotografías.
Regina dejó varias imágenes sobre la mesa.
Alejandro aparecía entrando en la casa de Lucía.
Durmiendo en el cuarto de costura.
Caminando con ella hacia el mercado.
Todo parecía construido para demostrar que había perdido el juicio por una empleada.
Los consejeros comenzaron a murmurar.
Regina levantó la última hoja.
—Con estas pruebas, solicito su destitución inmediata.
Alejandro buscó entre los rostros del consejo.
Nadie lo defendió.
Entonces Lucía observó la esquina inferior de una de las fotografías.
Allí aparecía una fecha.
Era anterior al día en que Alejandro había propuesto vivir con ella.
Las imágenes habían sido preparadas antes de que él pusiera un pie en Tonalá.
Lucía levantó la fotografía.
—Usted ya sabía que vendría a mi casa.
Regina dejó de sonreír.
Alejandro giró hacia ella.
—¿Cómo?
Lucía señaló la fecha.
—Alguien planeó todo esto antes de que usted me hiciera la propuesta.
El silencio invadió la sala.
En ese momento, el teléfono de Lucía comenzó a sonar.
Era Ximena.
Contestó.
La voz de su hija llegó entre sollozos.
—Mamá, regresaron los hombres.
Lucía se puso de pie.
—¿Qué hombres?
—Están sacando a todos de las casas.
Alejandro miró el reloj.
La suspensión ordenada por él había sido ignorada.
—Ximena, enciérrate con tu abuela —dijo Lucía—. Voy para allá.
—No podemos.
Se escuchó un golpe al otro lado de la llamada.
Después un grito.
La conexión comenzó a fallar.
—Mamá, encontraron la caja de papá.
Lucía se quedó inmóvil.
—¿Qué caja?
—La que enterró antes del accidente.
Alejandro vio cómo el terror transformaba su rostro.
—¿Qué había dentro?
Ximena respiró con dificultad.
—Documentos de la empresa de Alejandro… y una grabación donde Regina admite que mandó matar a mi papá.