PARTE 2 – LA MUJER QUE CONTROLABA EL IMPERIO GU

El silencio que cayó sobre el salón fue absoluto.

Nadie respiraba.

Nadie apartaba la vista de la carpeta roja que temblaba entre las manos del secretario.

Fernando Gu arrebató los documentos con violencia.

Sus ojos recorrieron las primeras páginas.

Luego las volvió a leer.

Y una tercera vez.

Era incapaz de creer lo que tenía delante.

—Esto… esto es imposible.

El secretario tragó saliva.

—Las operaciones comenzaron hace seis meses.

Fernando levantó la cabeza de golpe.

—¿Quién permitió semejante compra?

El hombre respondió con la voz completamente quebrada.

—Se utilizaron más de veinte fondos internacionales.

Ninguno aparecía relacionado entre sí.

Hasta esta mañana.

Todos terminaron perteneciendo a una misma sociedad matriz.

Fernando sintió un escalofrío.

Volvió lentamente la vista hacia la mujer.

Ella permanecía inmóvil.

Elegante.

Serena.

Como si hubiera esperado exactamente ese momento.

—Fuiste tú.

No era una pregunta.

Era una certeza.

Ella sonrió apenas.

—Por fin empiezas a entender.

Toda la familia Gu comenzó a mirarla con auténtico temor.

La madre de Fernando dio un paso adelante.

—¿Quién eres realmente?

La mujer acomodó lentamente uno de los botones de su abrigo negro.

—Curioso.

Durante tres años convivieron conmigo.

Jamás les interesó hacer esa pregunta.

Solo les preocupaba saber cuánto dinero podían sacar de mí.

Nadie respondió.

Porque tenía razón.

Fernando golpeó la mesa con el puño.

—¡Contesta!

Ella caminó lentamente hacia la enorme ventana del salón.

Observó durante unos segundos la ciudad.

Después habló sin darse la vuelta.

—Mi nombre completo es Valeria Montenegro.

Los asistentes intercambiaron miradas.

Nadie parecía reconocerlo.

Pero el abogado dejó caer la carpeta que llevaba.

Su rostro se volvió completamente blanco.

—No…

Susurró casi sin aire.

—No puede ser.

Fernando frunció el ceño.

—¿Qué sucede?

El abogado retrocedió dos pasos.

Miraba a Valeria como si acabara de ver un fantasma.

—Ella…

Respiró profundamente.

—Ella es la presidenta del Grupo Montenegro Capital.

El silencio volvió a llenar toda la habitación.

Incluso el secretario dejó de respirar.

Fernando negó inmediatamente con la cabeza.

—Eso es ridículo.

El abogado sacó apresuradamente su teléfono.

Buscó una fotografía en un portal financiero internacional.

La colocó frente a Fernando.

Era la misma mujer.

Vestía un traje oscuro.

Se encontraba dando un discurso frente a cientos de inversionistas.

Debajo aparecía un titular.

“Valeria Montenegro, la empresaria más joven en controlar un fondo de inversión con activos superiores a los cuarenta mil millones de dólares.”

Fernando sintió que las piernas comenzaban a fallarle.

Volvió a mirar a su esposa.

Luego la fotografía.

Después otra vez a ella.

—¿Por qué…?

Su voz apenas podía escucharse.

—¿Por qué nunca lo dijiste?

Valeria sonrió con tristeza.

—Porque quería saber si alguna vez me amarías por quien soy.

Las palabras atravesaron el orgullo de Fernando como un cuchillo.

Ella continuó.

—Renuncié a viajar en mi avión privado.

Viví en un apartamento común.

Conduje un automóvil sencillo.

Jamás utilicé mi apellido.

Todo para construir una vida normal.

Miró directamente a cada miembro de la familia Gu.

—Y ustedes concluyeron que era una mujer sin valor.

Nadie pudo sostenerle la mirada.

La madre de Fernando comenzó a recordar.

Cada comentario.

Cada humillación.

Cada ocasión en que criticó la ropa sencilla de Valeria.

Cada vez que insinuó que había tenido suerte de entrar en la familia.

El peso de aquellas palabras cayó sobre ella con una fuerza insoportable.

—Yo…

Intentó disculparse.

Pero Valeria levantó la mano.

—Ahora ya es tarde.

Fernando dio un paso hacia ella.

Su arrogancia había desaparecido.

—Valeria…

Ella permaneció inmóvil.

—Escúchame.

—Durante tres años te escuché solo a ti.

Ahora me toca hablar.

Sacó lentamente un pequeño sobre blanco del bolso.

Lo dejó sobre la mesa.

—Aquí está mi verdadera propuesta.

Fernando abrió el sobre con manos temblorosas.

Dentro había un documento.

No era el divorcio.

Era una oferta de adquisición.

Grupo Montenegro Capital proponía comprar el cien por ciento de la Corporación Gu.

El precio era astronómico.

Muy por encima del valor de mercado.

Fernando levantó la vista completamente desconcertado.

—¿Quieres comprar toda mi empresa?

Valeria negó lentamente.

—No.

Hizo una breve pausa.

—Quiero comprar la libertad de miles de empleados que durante años soportaron la arrogancia de esta familia.

Aquellas palabras dejaron sin habla incluso al secretario.

El hombre bajó lentamente la cabeza.

Sabía perfectamente que eran ciertas.

Fernando respiraba con dificultad.

Por primera vez en su vida comprendía lo pequeño que era su poder.

Entonces sonó otro teléfono.

Era el del director financiero.

Contestó inmediatamente.

Su expresión cambió por completo.

—Señor Gu…

Su voz temblaba.

—Acabamos de recibir las instrucciones de los nuevos accionistas.

Fernando cerró los ojos.

—¿Qué instrucciones?

El director respiró profundamente.

—Se convocó una reunión extraordinaria del consejo.

Dentro de treinta minutos.

Y…

Guardó silencio unos segundos.

—El primer punto del orden del día será votar su destitución como presidente ejecutivo.

Toda la familia Gu quedó completamente paralizada.

Fernando observó lentamente a Valeria.

Ella ya caminaba hacia la salida.

Su secretario personal abrió la puerta con absoluto respeto.

Antes de marcharse, Valeria se detuvo un instante.

Sin mirar hacia atrás, pronunció una última frase.

—No compré esta empresa para vengarme.

La compré porque alguien tenía que salvarla de ustedes.

Y justo cuando cruzó el umbral de la puerta, otro automóvil negro se detuvo frente a la mansión y descendió un anciano al que toda la familia Gu creyó muerto hacía más de diez años.

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