PARTE 2: LA MUJER QUE HABÍA VIGILADO A LUCÍA DURANTE AÑOS.

Adrián tomó el documento de manos del médico.

Durante varios segundos no habló.

La firma estaba allí, clara e inconfundible.

Victoria Fuentes.

La mujer que siete años antes había puesto un cheque frente a mí, destruido mi confianza y conseguido que desapareciera de la vida de su hijo, había solicitado información genética de Lucía dos años atrás.

—Esto puede estar falsificado —dijo Adrián.

Pero su voz no sonaba convencida.

El médico ajustó sus lentes.

—La solicitud llegó acompañada por documentos notariales, una copia de identificación y una autorización emitida por la dirección administrativa del hospital.

—¿Qué información recibió? —pregunté.

—No puedo saberlo desde este expediente. Tendremos que revisar el archivo central.

Adrián levantó la mirada.

—Hágalo ahora.

—Señor Fuentes, son casi las tres de la madrugada.

—Entonces llame a quien sea necesario.

El médico reconoció el apellido y su postura cambió.

—Haré lo posible.

Cuando salió, mi madre tomó mi brazo.

—Elena, no deberías confiar en él.

Adrián la miró con rabia.

—Mi madre sabía que Lucía existía y nadie me lo dijo.

—Tu madre hizo suficiente daño para que Elena tuviera derecho a protegerse.

—¿Protegerse de mí?

—De todos ustedes.

Lucía se movió débilmente sobre la cama.

La discusión terminó de inmediato.

Me incliné para acomodarle la manta.

—Mamá, ¿por qué están enojados?

—No estamos enojados, amor.

Adrián permaneció detrás del cristal, observándola.

Parecía querer entrar.

También parecía comprender que no tenía derecho a hacerlo todavía.

Lucía señaló hacia él.

—¿Ese señor se va a quedar?

No supe qué responder.

Adrián apoyó una mano en la puerta.

—Mientras ella me permita —dijo desde afuera.

Lucía no podía escucharlo.

Yo sí.

Mi madre soltó una respiración molesta.

—Necesitas descansar —me dijo—. Yo me quedaré con la niña.

—No pienso irme.

—Llevas horas trabajando.

—No importa.

Adrián intervino:

—Yo puedo quedarme.

Lo miré.

—Ella no te conoce.

—Puedo permanecer fuera.

—No necesito que vigiles una puerta.

—No estoy aquí por ti.

La frase me irritó, aunque sabía que no era verdad.

Él tampoco apartaba los ojos de mí.

—Entonces deja de mirarme —respondí.

Adrián guardó silencio.

Una enfermera entró para ajustar el medicamento de Lucía. Después anunció que la niña debía dormir y que solo una persona podía permanecer junto a ella.

Mi madre salió primero.

Yo me senté junto a la cama.

Adrián continuó en el pasillo.

No se marchó.

A las cuatro y veinte, Lucía finalmente cerró los ojos.

Su respiración se volvió regular.

Yo apoyé la frente sobre su mano.

No sé cuánto tiempo permanecí así.

Cuando volví a levantarme, Adrián estaba sentado en el suelo al otro lado del vidrio.

El hombre que aparecía en portadas de revistas y entraba a reuniones rodeado de asistentes estaba allí, con el saco doblado bajo la cabeza y la corbata aflojada.

Esperando.

Aquella imagen no borró siete años.

Pero hizo que algo dentro de mí se moviera.

Salí de la habitación.

Adrián despertó de inmediato.

—¿Qué pasó?

—Está dormida.

Se puso de pie.

—¿Puedo verla?

—Desde la puerta.

Aceptó sin discutir.

Entró lentamente.

Lucía parecía aún más pequeña junto a él.

Adrián se acercó a la cama, pero no intentó tocarla.

Solo observó su rostro.

Sus ojos.

La forma en que fruncía ligeramente el ceño incluso dormida.

Después vio una pequeña cicatriz bajo su clavícula.

—¿Qué es eso?

—Un catéter de una hospitalización anterior.

—¿Cuántas veces ha estado internada?

—Cinco.

Su rostro se tensó.

—¿Y tú estuviste sola en todas?

—Mi madre me ayudó.

—Pregunté si yo estuve.

—Sabes la respuesta.

Adrián bajó la cabeza.

—Dios, Elena…

—No hagas esto.

—¿Qué cosa?

—Convertirte ahora en la víctima.

Me miró.

—No soy la víctima.

—Entonces deja de actuar como si yo te hubiera robado una vida perfecta.

—Me robaste seis años con mi hija.

La rabia regresó.

—Tu familia me hizo creer que me habías abandonado.

—Pero tú decidiste ocultar el embarazo.

—Tenía veintidós años, estaba sola y acababa de escuchar tu voz diciendo que nunca encajaría en tu futuro.

—Una grabación manipulada.

—Yo no lo sabía.

—Podrías haberme enfrentado.

—Tu madre me mostró un compromiso firmado.

—Falso.

—Todo parecía real.

Adrián apretó los puños.

—Entonces debiste buscarme después.

—¿Después de qué? ¿Después de dar a luz? ¿Después de descubrir que Lucía tenía una enfermedad cardíaca? ¿Después de trabajar hasta caerme dormida de pie?

Mi voz comenzó a temblar.

—¿En qué momento exacto debía presentarme en tu mansión para pedirte que creyeras que tu madre era una mentirosa?

Él no respondió.

—Yo sobreviví —continué—. Y mantuve viva a tu hija.

Adrián cerró los ojos.

—Lo sé.

—No. Apenas empiezas a saberlo.

Lucía se movió.

Los dos guardamos silencio.

Adrián se inclinó y acomodó cuidadosamente la manta que se había deslizado de su hombro.

La niña abrió los ojos.

Lo observó durante unos segundos.

—Señor…

Él se quedó inmóvil.

—Sí.

—¿Todavía estás llorando?

Adrián intentó sonreír.

—Creo que ya no.

—Mi mamá dice que llorar no es malo.

—Tu mamá tiene razón.

Lucía miró hacia mí.

—¿Es tu amigo?

La pregunta me tomó por sorpresa.

Adrián esperó mi respuesta.

—Lo conocía hace mucho tiempo.

—¿Antes de que yo naciera?

—Sí.

La niña volvió a mirarlo.

—¿Cómo te llamas?

—Adrián.

Lucía sonrió débilmente.

—Como el señor de las revistas.

—Soy ese señor.

Sus ojos se abrieron un poco más.

—La abuela dice que los ricos no saben cuánto cuesta el pan.

Adrián me miró.

Yo desvié los ojos.

—Tu abuela tiene opiniones muy firmes —dijo él.

—¿Tú sabes cuánto cuesta?

Adrián permaneció callado.

Lucía soltó una pequeña risa.

—No sabes.

Él sonrió por primera vez desde que llegamos al hospital.

—Puedes enseñarme.

La puerta se abrió.

El médico había regresado acompañado por una mujer del departamento legal.

Su expresión era seria.

—Encontramos la solicitud realizada por la señora Victoria Fuentes.

Adrián se levantó.

—¿Qué pidió?

La abogada abrió una carpeta.

—Información genética, historial cardiológico y compatibilidad sanguínea.

Sentí que se me helaban las manos.

—¿Compatibilidad con quién?

La mujer pasó una página.

—Con un miembro de la familia Fuentes.

Adrián tomó el documento.

—¿Conmigo?

—No.

El silencio llenó la habitación.

—Entonces ¿con quién? —pregunté.

La abogada levantó la vista.

—Con el padre del señor Adrián.

Él quedó inmóvil.

—Mi padre murió hace nueve años.

—La muestra fue tomada antes de su fallecimiento y permanecía almacenada en una clínica privada.

No entendía nada.

—¿Por qué Victoria compararía la sangre de Lucía con la de su abuelo?

La abogada sacó otro informe.

—Porque la señora Fuentes sospechaba que la enfermedad de la niña estaba relacionada con un trastorno hereditario presente en la familia.

Adrián leyó rápidamente.

Su rostro cambió.

—Esto no aparece en mi historial.

—No —respondió la mujer—. Porque el paciente diagnosticado no fue usted.

Pasó otra hoja.

Había un nombre cubierto parcialmente por tinta negra.

El apellido podía leerse.

Fuentes.

Adrián levantó la vista.

—¿Quién es?

Antes de que la abogada respondiera, mi teléfono sonó.

Era un número desconocido.

Contesté.

—¿Señora Morales? —preguntó una voz masculina—. Soy el doctor Salgado, cirujano de la clínica Fuentes.

—¿Qué ocurre?

—La madre del señor Adrián acaba de llegar.

Mi cuerpo se tensó.

—¿Victoria está aquí?

—Sí. Y exige que no autoricen la cirugía de Lucía hasta realizar una prueba adicional.

Adrián me quitó suavemente el teléfono y activó el altavoz.

—¿Qué prueba?

El médico dudó.

—Una prueba de parentesco ampliada.

—Ya sabemos que soy su padre.

—La señora Victoria asegura que eso no es lo que necesita confirmar.

Lucía nos observaba desde la cama.

Adrián apretó el teléfono.

—¿Entonces qué pretende demostrar?

La respuesta llegó acompañada por el sonido de pasos acercándose por el pasillo.

—Que Lucía no es la única hija suya que nació hace seis años.

La puerta se abrió.

Victoria Fuentes apareció con el rostro pálido.

Y detrás de ella caminaba Marina Navarro, completamente sobria, sosteniendo de la mano a un niño que tenía exactamente los mismos ojos que Lucía.

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