Los golpes en la puerta no cesaban.
—¡Mariana! ¡Abre! ¡Tenemos un problema!
Tomé la taza de café con calma.
Miré el reloj.
Las seis con doce minutos.
Habían pasado menos de ocho horas desde que mi esposo permitió que toda la empresa me humillara.
Ahora era él quien golpeaba mi puerta como un hombre desesperado.
Abrí.
Sebastián tenía la camisa arrugada, el cabello desordenado y el rostro completamente pálido.
No esperó invitación.
Entró directamente al departamento.
—Los japoneses detuvieron la firma definitiva.
—Qué mala noticia.
Me observó como si no entendiera mi tranquilidad.
—Hay un error estructural.
Asentí.
—Lo sé.
—¿Cómo que lo sabes?
Giré la computadora hacia él.
El mismo correo que acababa de recibir seguía abierto.
La empresa japonesa explicaba que los cálculos de carga utilizados en las terrazas suspendidas podían provocar fallas críticas durante un sismo.
Sebastián comenzó a respirar más rápido.
—Necesito los archivos originales.
Tomé otro sorbo de café.
—Pídeselos a Camila.
Cerró los ojos durante un segundo.
—Mariana…
—Ayer dijiste que ella había salvado un contrato de ciento veinte millones.
—No sabía…
—¿Qué no sabías?
—Que los documentos…
—¿No eran suyos?
El silencio respondió por él.
Después de varios segundos, Sebastián dejó caer el cuerpo sobre una silla.
Parecía diez años mayor.
—¿Desde cuándo lo sabías?
Saqué una memoria USB del cajón.
La coloqué sobre la mesa.
—Desde hace seis meses.
Él la miró sin tocarla.
—¿Por qué no dijiste nada?
—Porque quería saber quién me estaba robando.
Abrí una carpeta.
Había capturas de pantalla.
Registros de acceso.
Correos electrónicos.
Copias automáticas del servidor.
Cada archivo mostraba exactamente cuándo Camila abría mis proyectos, los copiaba y cambiaba únicamente el nombre del autor.
También aparecían los horarios.
Siempre ocurría después de que yo abandonaba la oficina.
Siempre utilizando la contraseña del presidente.
Sebastián dejó de respirar por un instante.
—Mi contraseña…
—Solo tú y ella la conocían.
Él comprendió inmediatamente lo que significaba.
Camila no había trabajado sola.
Había utilizado los privilegios administrativos de la presidencia.
Y durante seis meses él había firmado documentos convencido de que pertenecían a otra persona.
—No puede ser.
Abrí otro archivo.
Era una grabación del sistema de seguridad.
Camila entrando a mi estudio privado.
Sacando planos.
Fotografiando cuadernos.
Incluso llevándose un disco duro portátil.
—¿Por qué nunca me enseñaste esto?
Lo miré fijamente.
—¿Me habrías creído?
Recordó inmediatamente la noche anterior.
Delante de toda la empresa había elegido creer a Camila sin hacerme una sola pregunta.
Bajó la cabeza.
—No.

La palabra salió apenas como un susurro.
Mi teléfono vibró.
Era un mensaje del despacho japonés.
“Necesitamos reunirnos únicamente con la arquitecta Mariana Salazar.”
Lo mostré.
Sebastián levantó lentamente la vista.
—Ellos saben…
—Siempre lo supieron.
Frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Cada plano importante llevaba una firma digital invisible.
Abrí el documento técnico.
En la esquina inferior aparecía un código de autenticidad.
Los inversionistas japoneses verificaban cada versión antes de aprobarla.
Camila nunca supo que existía.
Por eso entregó una copia incompleta.
Por eso descubrieron el fraude en menos de tres horas.
Sebastián se cubrió el rostro con ambas manos.
—Dios…
—Todavía falta lo peor.
Saqué otra carpeta.
Esta vez no contenía planos.
Contenía estados financieros.
—Mientras copiaba mis proyectos, Camila también modificó presupuestos.
Su cabeza se levantó de golpe.
—¿Qué?
—Durante seis meses desvió pagos destinados a proveedores.
Había transferencias pequeñas.
Ochocientos mil.
Un millón doscientos.
Quinientos mil.
Siempre cantidades que no despertaban sospechas.
El total aparecía resaltado al final.
Treinta y ocho millones de pesos.
Sebastián quedó inmóvil.
—Eso es imposible.
—Revísalo.
Le entregué la carpeta.
Las empresas beneficiarias compartían un detalle.
Todas tenían el mismo representante legal.
Camila Rivas.
Él pasó las páginas cada vez más rápido.
Luego encontró otra firma.
Su propia autorización electrónica.
—Nunca aprobé esto.
—No.
Se quedó completamente blanco.
—Falsificó mi firma.
—Durante medio año.
En ese instante sonó su teléfono.
Era Rodrigo.
Contestó inmediatamente.
—¿Qué ocurre?
Del otro lado comenzaron a hablar con desesperación.
Escuché apenas algunas frases.
“…los bancos…”
“…congelaron la línea de crédito…”
“…los japoneses suspendieron todo…”
“…Camila no aparece…”
Sebastián cerró lentamente los ojos.
—¿Qué quieres decir con que desapareció?
Silencio.
—¿Desde cuándo?
Silencio otra vez.
Después colgó.
—Se fue.
No respondí.
—Vació su oficina.
Guardé silencio.
—También desapareció el servidor donde estaban los contratos.
Lo observé durante unos segundos.
—No desapareció.
Él frunció el ceño.
—Lo borró antes de irse.
Se dejó caer nuevamente sobre la silla.
Por primera vez desde que lo conocía, parecía un hombre completamente derrotado.
—Ayúdame.
Aquellas dos palabras tardaron doce años en llegar.
Pero llegaron demasiado tarde.
Me levanté.
Tomé la demanda de divorcio.
La coloqué frente a él.
—Primero firma esto.
—Mariana…
—Después hablaremos como dos profesionales.
No como marido y mujer.
Él sostuvo el documento con manos temblorosas.
—¿No queda ninguna oportunidad para nosotros?
Sonreí con tristeza.
—Ayer, cuando me viste en el suelo entre cristales rotos, todavía existía una.
—La destruiste tú.
Llamaron nuevamente a la puerta.
Esta vez eran dos hombres japoneses acompañados por una traductora.
El mayor hizo una leve reverencia al verme.
—Arquitecta Mariana.
Luego miró a Sebastián.
Su expresión cambió por completo.
Fría.
Distante.
Profesional.
—Señor Torres.
Hemos decidido cancelar toda negociación con Grupo Horizonte Azul.
Sebastián sintió que el mundo se detenía.
El ejecutivo continuó.
—Pero mantenemos nuestro interés en trabajar con la verdadera autora del proyecto.
Sacó una carpeta elegante.
La colocó frente a mí.
—Nuestra empresa desea contratarla directamente para dirigir el desarrollo completo del complejo turístico.
Miré la cifra impresa en la primera página.
No eran ciento veinte millones.
Era un contrato personal por trescientos cincuenta millones de pesos.
Sebastián apenas pudo hablar.
—¿Ella… sola?
El ejecutivo asintió.
—Durante seis meses revisamos personalmente cada una de sus propuestas.
Sabíamos quién era la verdadera arquitecta.
Solo esperábamos descubrir si también era la persona con la integridad suficiente para liderar una obra de esta magnitud.
Firmé la carta de intención.
Después cerré la carpeta.
Pensé que todo había terminado.
Pero uno de los ejecutivos sacó un segundo sobre.
—Hay otro asunto.
Me entregó una fotografía tomada dos días antes.
En ella aparecía Camila reuniéndose en secreto con representantes de la principal empresa competidora.
Sentí un escalofrío.
El ejecutivo habló con absoluta calma.
—La señorita Camila no robó únicamente sus diseños.
Robó también información confidencial de un proyecto militar que desarrollábamos en conjunto con el gobierno.
Levanté la vista.
—¿Qué significa eso?
Su respuesta hizo que incluso Sebastián dejara de respirar.
—Que ya no la busca solo una empresa.
La está buscando la Fiscalía Federal por espionaje industrial… y alguien dentro de su compañía fue quien le entregó el acceso a toda esa información clasificada.