PARTE 2: LA TRAMPA QUE LUCAS DECIDIÓ ACEPTAR.

Lucas no apartó los ojos de la fotografía.

La sostenía con tanta fuerza que el papel comenzó a doblarse entre sus dedos.

Diana fue la primera en reaccionar.

—Eso no demuestra nada.

Su voz sonó demasiado rápida.

Demasiado aguda.

Gabriel se colocó a mi lado sin tocarme, pero su presencia bastó para impedir que alguien intentara arrebatarme la imagen.

Mi padre extendió la mano.

—Dámela.

Guardé la fotografía dentro del cuaderno de mi abuela.

—No.

—Victoria, esta casa no es un tribunal.

—Tienes razón —respondí—. En un tribunal, destruir pruebas tendría consecuencias.

El rostro de Diana perdió el color.

Lucas cerró los ojos durante un instante.

—La fotografía es real.

Toda la habitación quedó en silencio.

La madre de Lucas, que había permanecido junto a la entrada, dio un paso hacia su hijo.

—¿Qué acabas de decir?

Él respiró profundamente.

—La asistente cerró la puerta desde fuera.

Diana negó con energía.

—Lucas estaba alterado. No sabe lo que recuerda.

—Lo recuerdo perfectamente.

Su voz ya no temblaba.

—Cuando llegué, tú estabas consciente.

Diana retrocedió.

—Me habían drogado.

—No.

Lucas levantó la mirada.

—Fingiste estar desorientada hasta que escuchaste que la puerta se cerraba.

Mi padre golpeó el bastón contra el suelo.

—¡Basta!

Gabriel lo miró con frialdad.

—Déjelo terminar.

Mi padre abrió la boca, pero no encontró una respuesta capaz de imponerse ante un general de mayor rango que todos los presentes.

Lucas continuó:

—Diana me dijo que alguien había entrado en su habitación. Después comenzó a llorar. Cuando intenté llamar a un médico, escondió mi teléfono.

Diana apretó los puños.

—Estaba aterrada.

—También arrancaste tu propio collar y lo dejaste junto a mi chaqueta.

La madre de Lucas se llevó una mano al pecho.

—Entonces ¿por qué aceptaste casarte con ella?

Aquella era la pregunta que había permanecido enterrada durante dos vidas.

Lucas me miró.

En sus ojos apareció la misma tristeza que vi antes de su muerte.

—Porque recordaba la otra vida.

Nadie comprendió.

Yo sí.

—Continúa —dije.

—Recordaba el incendio.

Diana dejó de respirar.

—Recordaba sus cicatrices. Recordaba cómo Victoria fue acusada por toda la familia. Recordaba que su padre intentó golpearla y que ella pasó años creyendo que había destruido a su hermana.

Su mirada cayó sobre mí.

—Pensé que, si aceptaba la trampa, evitaría que todo volviera a ocurrir.

Sentí una rabia tan profunda que me costó mantener la voz estable.

—Así que decidiste sacrificarme otra vez.

—Creí que te liberaría.

—No me liberaste.

Di un paso hacia él.

—Tomaste una decisión sobre mi vida sin preguntarme, exactamente igual que todos los demás.

Lucas apretó la mandíbula.

—Si rechazaba a Diana, ella habría hecho algo peor.

—¿Te lo dijo?

—Sí.

Diana lo miró con odio.

Aquella reacción fue suficiente.

Gabriel extendió la mano hacia la fotografía.

Se la entregué.

La observó y después miró el cuaderno.

—¿Hay más pruebas?

La vieja ama de llaves asintió.

—La doctora Shen guardaba registros de todas sus pacientes.

Mi abuela había sido una médica respetada antes de morir. Durante años, nadie comprendió por qué insistía en anotar incluso las consultas familiares más insignificantes.

Abrí el cuaderno.

En una de las últimas páginas aparecía el nombre de Diana.

Debajo había una lista de medicamentos, horarios y resultados clínicos.

La fecha correspondía a la mañana anterior a la supuesta intoxicación.

Gabriel leyó en voz alta:

—“La paciente solicita un sedante fuerte. Se rechaza la prescripción por ausencia de indicación médica”.

Pasó la página.

Había otra anotación.

—“La asistente de la paciente intentó obtener el medicamento usando una receta alterada”.

Diana corrió hacia nosotros.

—¡Eso es privado!

Gabriel cerró el cuaderno antes de que pudiera tocarlo.

—Ya no.

Mi padre se interpuso.

—General Gu, este asunto debe permanecer dentro de la familia.

—Una falsificación médica y una coacción no son asuntos familiares.

Diana miró a Lucas.

—Di algo.

Él permaneció inmóvil.

—¡Tú prometiste protegerme!

—Te protegí durante dos años.

—Porque me amabas.

Lucas soltó una risa amarga.

—No.

Aquella sola palabra pareció herirla más que cualquier acusación.

—Me casé contigo por culpa.

Diana lo abofeteó.

La madre de Lucas intentó sujetarla, pero ella se soltó.

—¡Mentiroso! Cada noche volvías a mi habitación. Cada vez que enfermaba, abandonabas tus reuniones. Cada aniversario me comprabas regalos.

—Porque temía que volvieras a amenazar con destruirte.

Diana se quedó completamente quieta.

Mi padre cerró los ojos.

Mi madre, que hasta entonces había permanecido en silencio, comenzó a llorar.

—¿Lo sabían? —pregunté.

Ninguno respondió.

—¿Sabían que lo amenazaba?

Mi madre bajó la cabeza.

—Solo queríamos evitar otro escándalo.

Aquella frase fue la última puerta que se cerró dentro de mí.

No habían protegido a Diana por amor.

Habían protegido el apellido.

La boda.

Las alianzas militares.

La apariencia de una familia impecable.

Gabriel tomó mis maletas.

—Nos vamos.

Mi padre bloqueó el paso.

—Victoria no saldrá de aquí con documentos familiares.

—El cuaderno pertenecía a mi abuela —respondí.

—Todo lo que está en esta casa pertenece a la familia Shen.

Lo miré con calma.

—Entonces quédate con la casa.

Me quité la llave antigua que todavía llevaba en la cadena del cuello y la dejé sobre una mesa.

—También puedes quedarte con la habitación, el apellido y todas las explicaciones que inventaron durante dos años.

Mi madre intentó acercarse.

—Hija…

—No me llames así ahora.

Su rostro se quebró.

Pero yo ya había aprendido que las lágrimas de aquella casa siempre aparecían cuando alguien perdía el control, no cuando me perdían a mí.

Salimos hacia el patio.

Lucas nos siguió.

—Victoria.

No me volví.

—Necesito hablar contigo.

Gabriel dejó las maletas junto al vehículo.

—Ella decidirá si quiere escucharte.

Lucas se detuvo a varios pasos.

—En la vida anterior no te pedí que me perdonaras.

Giré lentamente.

—Porque creías que haberme protegido de unos golpes compensaba todo lo demás.

—No.

—Entonces ¿por qué guardaste silencio hasta morir?

Su rostro se llenó de dolor.

—Porque descubrí la verdad demasiado tarde.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué verdad?

Lucas miró hacia la casa.

Diana nos observaba desde una ventana.

—La noche del incendio no fue la primera vez que intentó separarnos.

Sacó un sobre del interior de su uniforme.

—Encontré esto después de tu partida.

Dentro había copias de mensajes, órdenes de transferencia y un informe confidencial.

El nombre de Diana aparecía varias veces.

También el de mi padre.

Y el de un oficial del Estado Mayor.

—¿Qué es esto?

—Pagos realizados para impedir que te asignaran a la capital.

Gabriel tomó uno de los documentos.

Su expresión cambió.

—Este sello pertenece al departamento de inteligencia logística.

Lucas asintió.

—Diana no solo organizó la escena de la clínica. Alguien dentro del ejército la ayudó.

—¿Para qué?

—Para obligarme a casarme con ella y mantenerte lejos de ciertos archivos médicos.

Abrí el informe.

Mi trabajo en la frontera figuraba en la última página.

Había fotografías de convoyes, listas de hospitales y nombres de proveedores.

Uno estaba marcado en rojo.

Fundación Médica Shen.

La organización pertenecía a mi familia.

—¿Qué tiene que ver esto conmigo?

Gabriel siguió leyendo.

—Durante la crisis fronteriza desaparecieron medicamentos y sangre destinados a puestos militares.

Miré a Lucas.

—¿Mi familia estaba involucrada?

—Tu padre controlaba las rutas de distribución.

La puerta de la residencia se abrió detrás de nosotros.

Mi padre salió acompañado por cuatro hombres uniformados.

Ya no fingía indignación familiar.

Su rostro estaba frío.

—Entréguenme el cuaderno y el sobre.

Gabriel se colocó delante de mí.

—No tiene autoridad para ordenar eso.

Mi padre sonrió.

—Aquí no estoy actuando como padre.

Uno de los hombres mostró una orden de detención.

Mi nombre aparecía en la primera línea.

Victoria Shen era acusada de desviar suministros médicos durante la crisis fronteriza.

Sentí que el aire desaparecía.

—Eso es falso.

—Las transferencias llevan tu firma —dijo mi padre—. Los vehículos estaban bajo tu coordinación y los testigos ya declararon.

Lucas dio un paso hacia él.

—Tú falsificaste los documentos.

—Cuidado con lo que afirmas.

Gabriel tomó la orden.

—Está fechada hace seis meses.

Lo miré.

Seis meses antes yo todavía estaba en la frontera, recibiendo reconocimientos nacionales por el mismo trabajo que ahora utilizaban para acusarme.

Mi padre había preparado mi caída mucho antes de que regresara.

Entonces Diana apareció en la puerta.

Ya no lloraba.

Llevaba mi collar de perlas y una sonrisa tranquila.

—Hermana —dijo—, siempre te preguntaste por qué recuperaste tantos recuerdos de la vida anterior.

Sentí un frío profundo.

—¿Qué quieres decir?

Ella levantó el cuaderno clínico idéntico que sostenía entre las manos.

—La abuela no escribió un solo registro.

Abrió la última página.

Había una fotografía de Lucas en su lecho de muerte.

A su lado estaba Diana.

No yo.

—En la vida anterior, fui yo quien escuchó sus últimas palabras completas.

Lucas palideció.

Diana inclinó la cabeza.

—Y antes de morir no pidió que te enviaran mi ubicación para salvarme.

Su sonrisa se hizo más amplia.

—Pidió que te la enviaran porque sabía que yo había organizado tu muerte.

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